La lidia

Talavante, por la puerta grande

Del Cuvillo/Morante, Manzanares, Talavante. La verdad es que esta puerta madrileña se ha puesto demasiado fácil; bueno, la verdad es que se ha perdido la exigencia, que ha sido siempre consustancial al toreo extraordinario

Talavante sale a hombros de la Plaza de las Ventas tras cortar una oreja a cada uno de sus toros. / CLAUDIO ÁLVAREZ

Al final, triunfó quien más ganas mostró; y ese no fue otro que Alejandro Talavante, que no alcanzó, ni mucho menos, un triunfo apoteósico, pero estuvo más animoso y entregado que sus compañeros, se sintió a gusto en algunos pasajes de sus faenas, encandiló por momentos al respetable, y, ahí lo tienen, triunfador de la tarde y a hombros por la puerta grande.

La verdad es que esta puerta madrileña se ha puesto demasiado fácil; bueno, la verdad es que se ha perdido la exigencia, que ha sido siempre consustancial al toreo extraordinario. Hoy, enjaretas cuatro -muchos son- muletazos con cierta gracia, rematas con el de pecho y la gente se vuelve loca.

DEL CUVILLO/MORANTE, MANZANARES, TALAVANTE

Cuatro toros de Núñez del Cuvillo y dos -tercero y cuarto- de Victoriano del Río, mal presentados, mansos, descastados y nobles; destacaron tercero y sexto.

Morante de la Puebla: casi entera atravesada y un descabello (silencio); pinchazo y casi entera (bronca).

José María Manzanares: estocada tendida y caída (silencio); estocada caída (silencio).

Alejandro Talavante: estocada caída y un descabello (oreja); estocada caída (oreja). Salió a hombros por la puerta grande.

Plaza de las Ventas. 6 de junio. Corrida de Beneficencia. Lleno. Presidió la Infanta Elena desde el palco real, y estuvo acompañada por la presidenta de la Comunidad y la alcaldesa de Madrid.

No es cuestión, sin embargo, de restarle méritos a Talavante, sino de afirmar sin miedo que su labor tuvo destellos de calidad, momentos de hondura, pero ninguna de las dos faenas desgranó la esencia de una obra mayor. En absoluto.

Un quite por chicuelinas en su primero fue lo único que se puede anotar en su toreo de capote. Inició el muleteo en ese toro con un pase cambiado por la espalda y una buena tanda con la mano izquierda, firme y ligada. Sorpresivamente, citó en la siguiente con la derecha, y el toreo consiguiente perdió profundidad. Y volvió a la zurda, y todo perdió fuelle. Al final, brilló más el toro, encastado y noble, que el torero, que solo lo hizo en detalles puntuales y en la forma de tirarse encima del morrillo de su oponente y agarrar una estocada algo caída. A pesar de que el animal tardó en morir, se le concedió la oreja por la insistencia de un público arrastrado por una euforia extraña y, a todas luces, sin base firme.

También fue bueno para la muleta el sexto, al que recibió con unos estatuarios en los medios de poca enjundia. Destacó Talavante en un par de tandas con la derecha, que pecaron de prisas, un natural, un cambio de manos y un largo de pecho. Tampoco hubo faena grande, y, de nuevo, la generosidad de los tendidos.

Quizá por eso, lo más bonito de la tarde fue la expectación creada, la plaza llena, la ilusión generalizada y ese triunfo imaginado. La realidad fue muy distinta; de momento, a las figuras acompaña siempre el baile en los corrales. (No olviden que estaba Curro Vázquez, apoderado de Morante, lo que es plena garantía de que se intentará colar gato por liebre). No se aprobó completa la corrida anunciada y lo que salió por chiqueros superaba en muy poco el cuerpo de los gatos, animales, por otra parte, que las figuras lidian y matan por todas las plazas de este país y del resto del mundo.

Pero es que, además, hizo viento. ¡Oh…! Y afectó de lleno a Morante ¡Oh…! Y Manzanares no tuvo su día… ¡Vaya hombre…! En fin, un desastre.

Mientras Talavante paseaba su segunda oreja, Morante esperaba sentado en el estribo con el capote sobre las piernas. Fue, quizá, la imagen más torera de la tarde. Un símbolo taurómaco en sí mismo. Lo miras y era el espejo de la portada de un libro de estampas taurinas

Además, no se puede decir que Morante de la Puebla no venía con ilusión porque no sería verdad; pero es que necesita un toro tan especial, que lo normal es que no lo encuentre. Recibía, muleta en mano, por bajo a su reservón primero, cuando se levantó una ráfaga de viento -también es mala suerte- y lo estropeó todo. Frunció el ceño el torero, encogió el cuerpo todo, enseñó los dientes, se batió en retirada y no ocultó sus precauciones. Hubo después dos derechazos limpios, y otros tres un poco más tarde, y un natural allá al final. Total, que no hubo lucimiento.

Se esmeró en el cuarto en un quite por chicuelinas un poco forzadas, que destilaron la gracia propia que lleva encima este hombre. Lo recibió, después, por ayudados, pero otra vez apareció el viento y se acabó la presente historia. El toro, muy reservón, tampoco era una joya; lo macheteó por la cara y abrevió acertadamente, aunque la gente se lo reprochara.

Peor estuvo quien más desconocido, banal y superficial se mostró, que fue Manzanares. Mató el lote peor presentado y una parte del público lo molestó de forma reiterada. Pero el torero no estuvo a la altura de las circunstancias; siempre mal colocado, descaradamente al hilo del pitón, toreando hacia fuera, y así es imposible emocionar. Lo suyo fue un recital de pegapasismo moderno.

Talavante, a hombros. El día que triunfe alguien de verdad, ¿cómo lo van a sacar?

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