Bruce Springsteen nunca se acaba

El Boss y la E Street Band cierran Rock in Rio Lisboa con una exhibición larga y triunfal

El festival pone su mirada en Madrid, donde debutará el 30 de junio

Springsteen (i) y Steven Van Zandt (d). / MANUEL DE ALMEIDA (EFE)

Cuando llevaba poco más de dos horas tocando, el Boss dijo que “one more”. Y el público de Lisboa rugió. Era su manera de decir que lo aceptaba, aunque habría querido 10 o 20 más. Arrancó Dancing in the dark y Springsteen desplegó toda su energía para la despedida. Hasta le dio tiempo a subir a dos señoras al escenario y a bailar con ellas. Acabó cansado, tumbado e inmóvil. Pero Steven Van Zandt, guitarrista y fiel compañero de mil y una batallas, sabía cómo reanimar su amigo Bruce: le echó un jarro de agua a la cara. Springsteen se levantó, pero sacudió la cabeza. No podía más. Sin embargo Van Zandt insistía y 81.000 personas le apoyaban. Demasiado, incluso para el Boss. Así que cedió: “One more”.

Llegó Tenth Avenue Freeze Out, la canción dedicada a la E Street Band que ayer, una vez más, acompañaba la epopeya del músico de Nueva Jersey. Y llegaron estas palabras: “And the Big Man joined the band”. Se hizo silencio. Springsteen levantó el micrófono hacia el cielo. Y todos aplaudieron. Lisboa recordaba así a Clarence Clemons, histórico saxofonista de la banda fallecido el 18 de junio de 2011.

Tan grande ha sido el vacío dejado por the Big Man que han hecho falta una nueva sección de vientos y el saxo de su sobrino para colmarlo. Con ellos sigue adelante la “legendaria E Street Band” que Springsteen celebró al final de la canción. Se encendieron las luces. Apareció el logo de Rock in Rio. Y empezaron a estallar los fuegos artificiales. Era el final. O no.

Hubo one more, esa sí ni incluida en la tracklist. Ante la luna llena y un cielo coloreado de explosiones, el Boss llevó a su terreno rockero una improvisada Twist and Shout. Fue la mejor postal de estos tres días de Rock in Rio Lisboa. El público se metió en el bolsillo un recuerdo inolvidable. Y Springsteen felicitó a cada uno de los miembros de la banda.

Mucho dinero, también publico

El festival se acaba y, en Lisboa, es tiempo de balances. Y, si cabe, de mas sonrisas todavía. Aunque, mas allá de las felicitaciones mutuas y de los abrazos, la rueda de prensa conjunta del fundador de Rock in Rio, Roberto Medina, del alcalde de Lisboa, Antonio Costa, y del jefe de Gobierno de Buenos Aires (allí debutara el festival en 2013), Mauricio Macri, fue la ocasión para hablar de economía. El evento lisboeta ha costado 28 millones de euros que, según la formula típica del festival, se cubren al 50% gracias a los patrocinadores. La otra mitad viene de la venta de las entradas (por cierto, un 20% mas respecto al ano pasado) y de los productos oficiales.

También hay una inversión por parte del Ayuntamiento anfitrión. El de Lisboa por ejemplo se ha dejado un millón de euros, sobre todo para las infraestructuras de Rock in Rio, según cuenta Medina. Pero el evento lisboeta ya lleva anos y un estreno, con todo lo que conlleva, sale bastante mas caro. Medina afirma que el Gobierno de Buenos Aires se gastara unos 20 millones de euros en el recinto que acogerá la primera edición argentina de Rock in Rio. Sera en octubre del ano próximo. Queda tiempo para que Macri y Medina arreglen el único asunto que, según el primero, queda pendiente: “No me quiere dejar cantar”.

En el fondo, terminó como había empezado, con el Boss cuidando de los suyos. We take care of our own abrió las casi tres horas de exhibición de Springsteen y su E Street Band. Siguieron, sin tregua, Wrecking ball y Badlands. El Boss arrancaba con su último álbum, ese donde su folk y su rock vuelven a sonar a cuando todo empezó. Y la primera hora corrió sin una pausa. Springsteen gritaba su indignación contra las ciudades destrozadas por los “buitres avariciosos” en Death to my hometown. Y cualquier portugués (y europeo) la dedicaba en su mente a esos pocos que han arruinado la vida de casi todos.

“Give me an elevator. I’m fucking sixty [Dadme un ascensor. Tengo 60 malditos años]”, bromeó Springsteen en un concierto en Londres en 2009. Pero con 62 sigue hecho un toro. El Boss estaba para todo. Para dejarse abrazar por su público, para correr (o caminar) de un lado a otro o para bajar entre la gente a recoger carteles y satisfacer sus peticiones. Querían She’s the one, I’m on fire y Hungry hearth. Y él las tocó. Entre solos y voces rotas, entre soul y coros góspel, la E Street Band invitaba Lisboa a la grande fiesta de la música.

De Born in the USA a The river, de Thunder road a Born to run, tanto el fan de toda la vida como el seguidor casual encontraron una carta apropiada a sus gustos. Y se lo hacían saber al chef del rock a base de gritos y manos levantadas. Los más antiguos encendían su mechero; los más modernos, su iPhone. Y, todos juntos, simplemente disfrutaban. De un concierto auténtico, una lección para esas bandas de jóvenes que tan solo tocan una hora y algo y se retiran tan contentos.

Entrantes agridules

Los caprichos de las estrellas

Ingrid Berger lleva 25 anos transformando en un si la lista de pedidos de los artistas y aguantando los saltos humorales de las estrellas. La coordinadora de camerinos de Rock in Rio Lisboa lo hizo, una vez mas, ayer. Encontró las licuadoras que pedían las 130 personas del equipo de Bruce Springsteen, evidentemente sedientas de zumos, y disfruto de lo fácil que se lo puso James.

Por la tarde, en el backstage del festival, se le notaba algo cansada pero serena. Desde luego que tuvo días peores. “Los mas complicados de esta edición han sido Linkin Park porque no querían que nadie fumara o bebiera alcohol cerca de ellos”, explica Berger. Aunque volviendo atrás con la memoria Berger no tiene dudas en identificar a las estrellas mas caprichosas: “Britney Spears y N’Sinc tienen muchas peticiones y no dejan que nadie les mire ni se dirija tanto a ellos como a su equipo”.

“Obrigado Lisboa”. El adiós en portugués de Springsteen despertó al público del hechizo. Se acababa un día que, a la espera de la comida de lujo, había tenido entrantes agridulces. Antes del Boss, el histórico grupo portugués Xutos e Pontapés había regalado una certeza y una pregunta. Sin duda, y el ruido del público lo dejaba claro, por estas tierras son unos ídolos. Lo que no queda muy claro es por qué. Su rock es, ni más ni menos, lo que se solía escuchar por radio en los noventa. Pero no lo digan en Portugal. Como mucho, susúrrenlo.

Antes, los británicos James, liderados por Tim Booth, ofrecieron una exhibición que supo a rock y a folk y, a ratos, sonó a U2. Y a Springsteen, que Booth vio en un concierto en Birmingham con 17 años, como contó desde el escenario. Luego hubo música y bailes. Poseído por una suerte de epilepsia musical, el líder de James temblaba y cantaba, cantaba y temblaba. Por lo menos, lucía pasión.

Nadie entre los que estuvieron ayer en Rock in Rio puede reprocharles tampoco a Kaiser Chiefs su falta de compromiso. La banda británica cargaba con la condena de inaugurar un día en el que todos los focos eran para el ídolo mundial y el local. Pero luchó a saltos y gritos contra el destino y consiguió dejar huellas. Más que por su rock con guiños al punk, más que por I predict a riot y Ruby, fue por el valor de su líder, Ricky Wilson. En medio su actuación el cantante se subío a la tirolina que sobrevuela el escenario principal y se lanzó al vacío, a la vez que seguía cantando, como si nada fuera. Aterrizó sano y ovacionado.

Así las cosas, Rock in Rio Lisboa ha echado el cierre. Y Springsteen ya se ha ido. Aunque ambos aparecerán pronto por Madrid. El Boss actuará el 17 de junio en el Santiago Bernabeu. El festival, en cambio, reabrirá sus puertas el 30 de junio, justo en la capital española. Aunque al leer el cartel de la primera jornada (Maná, El Pescao, Maldita Nerea, La oreja de Van Gogh y Lenny Kravitz, entre otros), sinceramente, y dicho sea con el recuerdo de Springsteen aun fresco, dan ganas de pedirle al Boss: Please, one more.

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