Filippetti

Los medios norteamericanos volvieron a dejarse sorprender cuando el presidente Hollande visitó oficialmente el país acompañado de la periodista Valerie Trierweiler, con la que no está casado. En materia de relaciones sentimentales parte del mundo todavía mira a Francia entre admirado y sofocado. A nosotros nos sucede algo similar, pero con su política cultural. Fue ejemplar el relevo en la rue Valois, donde está alojado el Ministerio de Cultura, que también se llama de Comunicaciones, porque incluye las normativas mediáticas, que aquí dejamos bajo tutela de Industria porque solo dinero y negocio rigen nuestra política en estos asuntos. Frederic Mitterrand, que pese a ser sobrino del antiguo presidente socialista fue el ministro con Sarkozy, elogió vivamente a su sucesora, que le apoyó públicamente cuando sus memorias, tituladas La mala vida, le ganaron tremendas críticas.

Aurélie Filippetti, la recién nombrada ministra, le regaló una novela de Erri de Lucca, hermosa forma de relevo, con la que además recordaba sus orígenes italianos. Es también escritora y en Los últimos días de la clase obrera narró una saga de mineros inspirada en su abuelo. Además con Xavier Darcos publicó un debate de expresivo título: ¿Aún la escuela forma ciudadanos?

Fillippetti llega decidida a derogar la ley Hadopi , aprobada para frenar las descargas ilegales en Francia. Pero al mismo tiempo es firme defensora del canon por copia privada y la excepción cultural. "Para remunerar a los artistas", ha declarado, "urge hacer contribuir a quienes se lucran del acceso a Internet; grandes buscadores como Google y fabricantes de material y terminales, que a menudo olvidamos que dirigen el negocio sentados en montañas de ingresos. Y en el mercado editorial habrá que reflexionar si empresas como Amazon no crecen con el agravio de librerías y tiendas de discos que soportan fondos de material y mayor presión fiscal". Gustarán unas cosas y otras no, pero habla claro, pese a que la parroquia progresista es hipercrítica y abandona el pragmatismo electoral a la menor decepción en sus intereses. Esto obliga a los representantes a ejercicios de contorsión, que acaban a menudo en fractura cervical. Pero la cultura en Francia no vive vaivenes esenciales, es un valor de Estado ajeno al color del gobierno desde que De Gaulle en 1959 creara el ministerio.

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