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65º FESTIVAL DE CANNES

Talentos sombríos en paralelo

"Salgo de las atractivas películas de Vinterberg y Haneke con el ánimo por el suelo, golpeado por sensaciones ingratas"

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El actor Mads Mikkelsen y el director Thomas Vinterberg Getty

Imagino que obedece a la casualidad que en algunas ediciones de los festivales un notable grupo de películas reincidan en la misma temática. Y esta no está precisamente dedicada a la alegría de vivir o a situaciones de comedia, sino más bien a alterados y pavorosos territorios psíquicos que provocan zozobra y miedo. Recuerdo algún festival en el que se repetía incansablemente el temible argumento de la pedofilia, en otro se multiplicaban los suicidios y las violaciones. Me llega esa asociación a mi deprimido espíritu después de una jornada demoledora, protagonizada por el director danés Thomas Vinterberg y por el austriaco Michael Haneke, este, una verdadera autoridad retratando psicopatías e infiernos íntimos en ambientes presuntamente civilizados. Salgo de ambas, y atractivas, películas con el ánimo por los suelos, golpeado por sensaciones ingratas, deseando que no se perpetúe la sobredosis de desasosiego en lo que resta del festival.

Thomas Vinterberg, autor entre otras de la excelente Celebración, fue uno de los directores más inteligentes y originales de aquel vacuo movimiento que lideró Lars von Trier y que se llamaba Dogma. En La caza, que acaba de presentar en Cannes, ya no hay la mínima sombra de los formalismos de estilo que le exigía Dogma. También ha realizado la mejor película que he visto hasta el momento en la sección oficial.

Este año el festival no está dedicado a la alegría de vivir ni a la comedia

Siempre he sospechado de la veracidad de ese dicho popular que asegura que la verdad está en boca de los niños, los borrachos y los locos. El cine alguna vez ha contradicho esa sentencia maximalista contando que los niños también pueden mentir, como en la tenebrosa Viento en las velas. El protagonista de La caza es un señor aparentemente cálido y honrado que intenta reconstruir su vida después de un divorcio a través de un nuevo trabajo en un colegio, una mujer con la que presiente que puede tener futuro, los amigos de toda la vida y un hijo adolescente con el que pretende tener una relación cercana a pesar de su separación de la madre. Todo ello se va a derrumbar salvajemente por la declaración de una niña con la que tenía un trato entrañable, hija de su mejor amigo, en la que afirma que su cuidador le ha mostrado su órgano viril. Lo que comienza como una sospecha atroz evoluciona hacia la marginación del supuesto pedófilo en su comunidad, el acorralamiento absoluto que sufre acaudillado por la histeria colectiva, la defensa desesperada de su dignidad por parte de alguien que la ley ha absuelto.

Vinterberg describe admirablemente el acoso que sufre un hombre que ha sido acusado del más repugnante de los delitos, la deserción de la racionalidad cuando todos necesitan cebarse en el falso culpable, la certidumbre de que siempre habrá alguien que mantendrá su condena moral sobre el que ha sido víctima de una calumnia. El director, ayudado por el tormento y la autenticidad que transmite el actor Mads Mikkelsen, te contagia la pesadumbre ante la injusticia que siente el protagonista, su amargo desarraigo de todas las personas en las que había creído. También la perturbadora sensación de que cualquiera de nosotros podemos formar parte de una horda linchadora contra el adecuado chivo expiatorio y en nombre de las engañosas apariencias.

Vinterberg describe la persecución a un hombre acusado del más repugnante delito

El arranque de Amor, firmada por Michael Haneke, es mosqueante para cualquier espectador que esté familiarizado con el siniestro mundo de su inteligente autor. Haneke nos presenta a un matrimonio anciano que parece estar muy de acuerdo con su vida. Fueron profesores de música, regresan a su casa después de oír el concierto de piano de un antiguo alumno que siente veneración por ellos, son cultos y disfrutan de esa cultura, se respetan y se quieren, tienen una hija a la que no le va demasiado bien su matrimonio aunque ello no desequilibre gravemente el refugio o el paraíso que se han construido. Y te preguntas viendo esta relación feliz en qué momento van a aparecer los habituales monstruos de Haneke. El demonio se llamará enfermedad, acelerada descomposición del cuerpo y de la mente, incontinencia, alucinación, desesperanza, dependencia absoluta del otro, dolor permanente y lacerante.

La cámara de Haneke se mantiene durante dos horas en el mismo escenario, en esa casa de techos altos, parqué impecable, llena de libros, discos y pinturas, en la que durante muchos años se respiraba paz y plenitud. Siguiendo a un hombre que cuida con ternura, impotencia y progresiva desolación a la mujer de su vida, que comparte con ella recuerdos felices, sabiendo en el fondo y transmitiéndonos a los espectadores que su último acto de amor será irremediablemente trágico. Ser testigo de esa tensión y ese sufrimiento te deja abrumado, con el cuerpo y el espíritu revueltos, deseando que se acabe y volver a respirar en la calle. O sea, Haneke ha vuelto a lograr lo que se propone con su cine sombrío, retorcido y perverso.

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