Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
EN PORTADA / FERIA DEL LIBRO DE MADRID

La mesa de novedades aprende italiano

No hace falta remontarse a Garcilaso para demostrar la buena estrella que la literatura italiana ha tenido en español. Tampoco recordar que entre sus traductores hay nombres como los de José Agustín Goytisolo, Ángel Crespo, Esther Benítez, Aurora Bernárdez, Tomás Segovia, Antonio Colinas, Luis A. de Villena, Pilar Gómez Bedate, Fabio Morábito, Carlos Gumpert, J. Á. González Sainz o José María Micó. Bastaría señalar que, en los tiempos que corren, acaba de aparecer una nueva edición de Michelangelo Buonarroti, y no el catálogo de su pintura sino sus rimas (Pre-Textos), versos que añadir a sus sonetos (Cátedra) o a sus epitafios (DVD).

Clásicos al día. Para demostrar lo fino que hila a veces el catálogo italiano de las editoriales españolas, serviría también con recordar que a finales del año pasado Nórdica publicó en tres tomos (2.300 páginas) los Cuentos para un año de Luigi Pirandello, del que, además, la editorial Traspiés acaba de publicar Su marido, la única novela que quedaba por traducir al castellano del premio Nobel de Literatura de 1934. Junto a Verga, Svevo o D’Annunzio —son todavía recientes sus Crónicas literarias (Fórcola) y la recuperación de El triunfo de la muerte (Alfabia)—, Pirandello es uno de los antologados en Cuentos italianos. La selección la publica estos días Gadir, uno de los sellos más italianófilos del puzle editorial hispánico. A ese puzle le faltan pocas piezas y una de ellas era una joya: Luigi Pintor, resistente antifascista y cofundador de Il Manifesto. La revista Debats publicó Servabo hace 20 años y El Aleph acaba de lanzar en un volumen esa mezcla de reflexión y memoria que son La señora Kirchgessner, El níspero y Los lugares del delito.

Hijos del siglo XX. En lo que va de año, España no ha perdido de vista ni a los clásicos periféricos —Giani Stuparich, Guerra del 15 (Minúscula); Luciano Bianciardi, La vida agria (Errata Naturae)— ni a escritores de cierta edad como la florentina Dacia Maraini —El tren de la última noche (Galaxia Gutenberg)—, la muy siciliana Simonetta Agnello Hornby —La monja y el capitán (Tusquets)— o el pisano Antonio Tabucchi —fallecido en marzo pasado, al poco de que Anagrama publicara Viajes y otros viajes—, pero no han dejado de apostar por los nacidos a partir de los años sesenta —con permiso del superventas Federico Moccia (Planeta)—: del dibujante Davide Toffolo recreando a Pasolini (451) a Edoardo Nesi, que el año pasado ganó el Premio Strega sintetizando memoria y denuncia en La historia de mi gente (Salamandra), pasando por el excaníbal Niccolò Ammaniti (Anagrama), Silvia Avallone (Alfaguara), Giorgio Vasta (Mondadori), Michela Murgia (Salamandra), Alessandro Mari o Chiara Gamberale (ambos en Seix Barral).

Pensarlo todo. Otro termómetro para medir la fe de los sellos hispanos en las letras italianas es la aparición de la poesía y la prosa de Andrea Zanzotto o la de Gesta Romanorun, de Giovanni Raboni (ambos en Vaso Roto), pero si la poesía siempre ha encontrado quien la traduzca, el ensayo transalpino es casi un capítulo particular de la filosofía española, ampliado este curso en todos los ámbitos del pensamiento: la teoría literaria —Pietro Citati, Kafka (Acantilado)—, la hermenéutica —Gianni Vattimo, Vocación y responsabilidad del filósofo y Dios: la posibilidad buena (ambos en Herder)—, el materialismo —Antonio Negri, Commonwealth (Akal) y Elogio de lo común (Paidós)—, la filosofía política —Roberto Esposito, El dispositivo de la persona (Amorrortu); Raffaele Simone, El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas? (Taurus)— o la filosofía del Derecho, un campo en el que la universidad italiana es una potencia —Trotta tiene entre sus novedades a eminencias como Ermanno Vitale, Gerardo Pisarello, Gustavo Zagrebelsky o Luigi Ferrajoli—. A veces Italia empieza en los Pirineos.