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“Querido Juan, es preciso que vuelvas a reír...”

Una carta y un poema simbolizan la pasión de la pareja

Lorca, en la Huerta de San Vicente, 1935.
Lorca, en la Huerta de San Vicente, 1935.

Los recuerdos no curan las heridas pero ayudan a mitigar la nostalgia. Tras confirmarse el fusilamiento de Federico García Lorca, Juan Ramírez de Lucas guardó como oro en paño los restos en papel de aquel amor de juventud que le habían arrebatado. La última noticia del poeta llegó en forma de carta a la casa de los Ramírez de Lucas, en Albacete, cuatro días después del alzamiento nacional.

Datada el 18 de julio de 1936 en Granada, la misiva salió en el correo antes de que se interrumpieran las comunicaciones. Lorca la escribió el día de San Federico, una fecha señalada para su familia, acostumbrada, como en casi toda Andalucía, a festejar los santos más que los cumpleaños. Impregnada del olor que había dejado una flor del jazmín de la Huerta de San Vicente, oculto entre los folios, el mensaje de Lorca incidía en que Juan Ramírez de Lucas debía ser fuerte y tratar de convencer a sus padres para que respetaran sus ideas. Se trataba de su familia, las personas más importantes de su vida junto con los amigos. “Conmigo cuentas siempre. Yo soy tu mejor amigo y te pido que seas político y no dejes que el río te lleve. Juan: es preciso que vuelvas a reír. A mí me han pasado también cosas gordas, por no decir terribles, y las he toreado con gracia”, se lee en uno de los párrafos. Precisamente como “amigo”, Federico le aseguraba que siempre estaría a su lado. Se despedía deseando que todo acabara felizmente sin hacer ninguna referencia a la situación política.

La carta pasó a formar parte de los recuerdos que guardaba Juan Ramírez junto a otros documentos del poeta. Entre ellos el poema que le dedicó cuando ambos viajaban hacia Córdoba. Según los testimonios reflejados en su diario, Lorca lo escribió sobre la marcha, en el único papel que llevaban encima, un recibo de la Academia Orad, situada en el número 3 de la madrileña Carrera de San Jerónimo, donde estudiaba Ramírez de Lucas. Se trata del pago del mes de mayo de 1935, por valor de 10 pesetas. El escritor Manuel Francisco Reina tiene clara la enorme importancia del documento, dedicado a su “rubio de Albacete”, porque desvelaría finalmente a quién iban dedicados sus Sonetos del amor oscuro. “Lorca, que corregía hasta la extenuación como muchos de los poetas, empezó a redactarlos en Valencia en 1935, un poco en paralelo a los avances de su nueva relación sentimental con Juan Ramírez. Los escribió como un homenaje a San Juan de la Cruz pero también como un símbolo del sufrimiento silencioso hasta encontrar el verdadero amor. Seguramente había muchos restos de otras pasiones, fruto de la experiencia dejada por cada uno de sus amores en esos versos, pero siempre el último amor, como pasa también con los amigos, es el que más pesa”.

Reverso del recibo de la academia Orad, donde Lorca escribió el romance. ampliar foto
Reverso del recibo de la academia Orad, donde Lorca escribió el romance.

En el terreno de las hipótesis en que nos movemos, otros estudiosos de la obra de Lorca, incluido el biógrafo Ian Gibson, señalan como protagonista de esos encendidos versos en los que se desnudaba sentimentalmente al futbolista Rafael Rodríguez Rapún, con el que Lorca tuvo un idilio anterior. El autor de la novela Los amores oscuros resta importancia a esa suposición. “La relación de ambos se rompió antes del viaje de Federico a Nueva York y Uruguay”, apunta Gibson. De entre el mucho material que maneja en su novela, el escritor destaca que Luis Rosales le entregó a Ramírez de Lucas, años después de la muerte del poeta, una carpeta con todos los sonetos mecanografiados que habían encontrado en la buhardilla de su familia. “Pensaban que esos documentos debían quedar en su poder”.

El poema, escrito a mano por Federico García Lorca, ha sido auditado por el reconocido calígrafo Luis Alamancos Pampín. “Del análisis pericial caligráfico al que se ha sometido el cuerpo de escritura estampado en este documento, podemos determinar que no se aprecian rasgos de falsificación por imitación de la grafía, añadidos directos o superposición de trazos”, añade en el informe que concluye: “El texto tiene las mismas características morfológicas que otros escritos autentificados del poeta”.

'Romance'

Aquel rubio de Albacete
vino, madre, y me miró.
¡No lo puedo mirar yo!
Aquel rubio de los trigos
hijo de la verde aurora,
alto, sólo y sin amigos
pisó mi calle a deshora.
La noche se tiñe y dora
de un delicado fulgor
¡No lo puedo mirar yo!
Aquel lindo de cintura
sentí galán sin...
sembró por mi noche obscura
su amarillo jazminero
tanto me quiere y le quiero
que mis ojos se llevó.
¡No lo puedo mirar yo!
Aquel joven de la Mancha
vino, madre, y me miró.
¡No lo puedo mirar yo!