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ENTREVISTA

Norman Manea: “El exilio es una experiencia pedagógica”

El escritor rumano regresa en 'La guarida' —su novela 'americana'— a un territorio autobiográfico: “La memoria de los libros es más resistente”

Con un paseo por las inmediaciones de su apartamento en el Upper West Side de Manhattan el mismo día en que se cumplían nueve años de su llegada a Nueva York arrancaba Norman Manea (Bucovina, Rumanía, 1936) sus memorias, El regreso del Húligan (Tusquets). El escritor acudía entonces a una comida con su amigo el novelista Philip Roth y meditaba sobre si debía aceptar la invitación que había recibido para regresar de visita a su Rumanía natal. La inquietud y las dudas que la posibilidad del viaje le generaban sirvieron de punto de partida para reflexionar sobre la nostalgia y la inmunidad que aún tiempo después ofrece el exilio; para rechazar el victimismo; para hablar honestamente sobre cómo blindarse ante la tentación de caer en sospechas narcisistas o en un patético masoquismo cuando uno se siente sitiado; y repasar más de sesenta años de la historia reciente de su país de origen.

Deportado a los cinco años junto a su familia a un campo de trabajo en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial, en 1986, a los 50 años, Manea tuvo que abandonar la Rumanía comunista por su oposición al régimen y empezar de nuevo. En Berlín pasó los dos primeros años y si hubiera podido se habría quedado, pero una beca Fulbright le animó a cruzar el Atlántico. “América me daba miedo, pensaba que aquí me sentiría más perdido que en ningún otro lugar. Creía que este caos loco y tan dinámico, y el optimismo un poco infantil no encajaban con mi sensibilidad”, recuerda sentado en su salón, vestido con vaqueros y zapatillas deportivas. Su esposa, Cella, que le acompañó en su exilio, prepara café con galletas. “Es extraño, pero algunas experiencias amargas resultan ser más importantes que cosas que en principio parecen buenas y estimulantes. El exilio es una experiencia pedagógica crucial”. Aclamado ensayista, cuentista y novelista, a sus 76 años, tras más de dos décadas en Estados Unidos, Manea encaja perfectamente con las palabras que el poeta Mihail Sebastian —el húligan del título de su libro— anotó en su diario: “No soy un partisano, siempre soy un disidente. Sólo puedo confiar en el individuo, pero mi confianza en él es total”.

Su nueva novela, La guarida (Tusquets), también arranca con un paseo por Nueva York. Esta vez se trata de un delirante trayecto en taxi con el profesor Gora, un exiliado rumano, como pasajero, y Leova, un ucraniano, al volante. La solidaridad entre extranjeros acaba por suavizar el atribulado viaje. “Empecé así para marcar el carácter cosmopolita de esta ciudad, que yo llamo la capital dadá de los exiliados”, explica. Su estilo narrativo le ayuda a esconder al narrador de la novela e intercalar sueños. Uno de los personajes, Peter, dice que la incoherencia es subversiva. “El avant garde quiso subvertir los hábitos y poner en tela de juicio lo establecido, algo que estaba caduco y oxidado”, apunta. “La incoherencia de Estados Unidos procede de la diversidad, de la libertad y de la búsqueda de la felicidad. Es un laboratorio humano apasionante”, apunta, celoso aún de su sana distancia crítica con su país de adopción. En Manea resuena un optimismo nada ingenuo. Al hablar de la irrelevancia de los escritores como figuras públicas respetadas, frente a los actores, no hay resentimiento sino humor; y al comentar su formación universitaria y trabajo en Rumanía como ingeniero hidráulico recuerda su trabajo a pie de obra con prisioneros como algo intenso, pero formativo. “No promuevo los errores, pero siempre aportan algo importante y ayudan a repensar”. Con este nuevo libro Manea regresa a un territorio próximo al de sus memorias, pero desde otro punto de partida: si entonces se sirvió mayormente de la no ficción para construir el relato de su vida y reconstruir la historia de su familia, esta vez invierte la medida usando parte de aquel material para fabular. “Al tratarse de una novela quería darle más complejidad, porque en un ensayo, incluso político, la simplificación es inevitable, da igual lo complicado que sea el tema y los delicados matices que se hagan. Sin embargo, la ficción permite retratar la vida y sus ambigüedades, al otorgarte más libertad”, afirma. ¿Qué género plantea un reto mayor? “Con la no ficción si quieres ser sincero hay que ceñirse a los hechos y comentar de forma inteligente. El reto creativo es mucho mayor con la ficción, y la creatividad no es predecible”, señala, antes de referirse burlonamente a las memorias que algunos escritores han fabulado y la necesidad de propiciar un escándalo para llamar la atención —“Warhol decía aquello de los cinco minutos de fama pero creo que ahora mismo la medida temporal no pasa de los 30 segundos”—. En un ensayo publicado en el Partisan Review en los noventa Manea desenmascaró el pasado fascista de Mircea Eliade, respetado intelectual y catedrático especializado en historia de las religiones. La sombra de aquella polémica cala también en las páginas del nuevo libro, un episodio que transforma en ficción. “Este caso fue importante para mí, me llevé muchos palos. La historia me impresionó porque en 1989 el péndulo de la vida política en Rumanía se movió a la extrema derecha y no lo podía soportar”, explica. “Eliade se volvió uno de los nuevos iconos porque era un importante intelectual, porque tenía fama en el extranjero y porque era anticomunista”. En su nueva novela ha querido tratar el tema de la ambigua figura de un intelectual que tiene manchas en su historia sobre las que no quiere hablar, ni discutir. “No está claro si se ha curado de ese pasado”, señala Manea. Pero ¿cómo curarse? “Yo no fuerzo a nadie a que lo haga. Pero, a pesar de no ser católico, pienso que el primer paso es la confesión, el reconocimiento que puede conducir al análisis y la reflexión”, apunta.

Una de las paredes de su salón la ocupa una librería atestada de libros, esos viejos amigos en los que encuentra refugio el protagonista de su novela. “No sólo la biografía, también la bibliografía nos forma y nos deforma”, dice Manea. “La memoria de los libros es a veces más resistente”. Así, en la novela, el profesor Gora, al recibir una inesperada llamada de Peter, un primo de su mujer que al final acabó robándosela, recuerda un pasaje de La montaña mágica, de Thomas Mann, y más adelante recurre a Rilke para explicar su estado. “El lector se esconde del caos en un libro, es una buena guarida y en las baldas uno se encuentra con una población nueva. Aunque sea ficción, lo que se traduce en letra escrita es parte de la realidad”. Por eso, dice el escritor, uno de sus personajes clama contra los terroristas que atacaron las Torres Gemelas: si querían destruir este mundo se equivocaron de objetivo, debían haberse estrellado contra la biblioteca pública. La lectura y la relectura con sus distintos contextos sacuden al protagonista de La guarida. En el centro de la trama de esta novela, sobre exiliados rumanos en Nueva York, están sus conexiones en la vida anterior y las nuevas que establecen en la nueva vida, se cruza una misteriosa carta, un pasaje de Borges, un amor fallido y un intelectual con un oscuro pasado fascista. Se habla de la lectura de libros prohibidos en la Rumanía comunista, de las reuniones clandestinas donde se comentaban y nadie sabía quién informaba sobre quién, en aquella sociedad atenazada y vigilada; de supervivientes del Holocausto que imponen un férreo silencio sobre su historia y tiran para adelante, cogiendo el ritmo de lo que está por llegar y que no les pillará con el pie cambiado. Esta es la primera novela que Manea —traducido a más de veinte idiomas y ganador de premios como la beca MacArthur o el Médicis— sitúa enteramente en EE UU. “Me han insistido mucho para que escribiera sobre América, pero siempre he creído que hay escritores muy buenos estadounidenses que conocen mejor la materia. Además durante mis primeros años aquí no llevé un diario, y era entonces cuando estaba más alerta y mi mirada era más fresca ante la estupidez y las tonterías que pasaban a mi alrededor”, asegura. Aunque dice haber perdido parte de la sorpresa que en un primer momento su ciudad adoptiva le causó, el escritor mantiene intacta su lucidez crítica y su sentido del humor al hablar de América como del mejor hotel del mundo. En La guarida Manea describe varias posturas arquetípicas del exiliado, ese huésped de excepción: desde la indiferencia por el mundo nuevo hasta el rechazo absoluto del pasado. Peter clama que lo que busca en América es ¡irresponsabilidad! “Este país ofrece infinitas posibilidades de cambio: de cara, de personalidad, de casa, de marido hasta seis veces. Esta sociedad tiene una dinámica centrífuga, no hay un centro y sin embargo la gente lo busca con denuedo en la religión o el sexo o el béisbol. Otros aman los libros”.

Impostura era el título original que Manea tenía pensado para esta novela, que acabó bautizando como La guarida. “El exilio tiene algo de teatralidad, llegas a un mundo nuevo y te ves reducido a ser un menor, porque no conoces los códigos y en mi caso tampoco el idioma. De pronto tienes que pasar por pruebas que en tu lugar de origen ya pasaste, la gente no sabe si eres un mentiroso, un hipócrita o un bobo. Todo esto implica cierta puesta en escena, cierta impostura”. Cuenta que él cuando llegó a Estados Unidos, a diferencia de muchos de sus compatriotas, no quiso reunirse ni buscar a senadores para contarles su historia. Él intentaba encontrar amigos con los que le uniera su pasión por la literatura, y encontró entre otros a Roth y a Bellow —con este último mantuvo una larga correspondencia en parte recopilada en un volumen de las cartas del autor de Herzog—. Manea rechaza, ha cargado y carga contra la postura victimista. “No puedo soportarlo, especialmente hoy en día con gente quejándose de su madre o de un novio que tuvo a los 14 años. ¿Cuándo en la historia del mundo la gente no ha tenido problemas?”, dice. Al exhibicionismo se une la tecnología que impone una velocidad con la que se siente aún más confundido. El escritor habla de la dificultad que existe no solo en resistirse al papel de víctima, sino en impedir que los demás te coloquen en esa categoría. “Es una tendencia del mundo moderno, especialmente en EE UU donde es más barato y vulgar”. Ante las diferencias abismales de poder adquisitivo y educación que ha visto en estas décadas en el nuevo continente no se llama a engaño: “He visto lo que se hacen las personas en un régimen totalitario y también lo que se hacen aquí. Ha sido algo muy instructivo”.

 

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