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Imágenes que cazó Diego Lara

La Casa Encendida recuerda el inspirado eclecticismo del influyente artista y diseñador gráfico

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Una pieza de Diego Lara realizada en 1987

"Le he visto pintar un cómic de fútbol mientras recitaba a César Vallejo y sus ojos tarareaban Backstreet girl". La definición de su malogrado amigo Rafael Feo encaja como un guante en la estela que Diego Lara dejó tras de sí: la de un creador voraz y romántico capaz de beberse sin vértigo ni prejuicios la sangre de universos contrarios. Lara fue un revolucionario en el diseño gráfico español (de sus catálogos de arte, a sus cubiertas para libros o las míticas revistas Poesía, junto a Gonzalo Armero, y Buades, ésta última creada con Chiqui Abril y Mercedes Buades) y también fue un pintor que, a través de sus collages y dibujos, dio cuenta de su original y fértil talento.

Dos días después de su prematura muerte, el 24 de enero de 1990, Francisco Calvo Serraller escribía en este periódico: "Diego Lara merece ser considerado como uno de los más destacados creadores españoles de los últimos 20 años. Cáustico, seductor, ingenioso y bohemio, todo ello con la potencia que les es propia a los artistas, desplegaba una energía, disfrazada de desorden, que le llevaba a ser uno de esos Hércules sin empleo que certeramente describió Baudelaire". Más de 20 años después de aquella crónica de urgencia el legado de Lara (Madrid, 1946) no ha dejado de crecer, multiplicado por mil gracias a los libros, revistas o catálogos que han bebido directamente de su trabajo.

Diego Lara. Be a comercial artist es la exposición que reúne desde hoy en La Casa Encendida de Madrid una selección de su obra. 370 piezas de su trabajo publicado (cubiertas de libros y catálogos, logotipos...) y 107 de su obra más privada: esos collages, dibujos, objetos y libros de artista que nacían en paralelo a su labor gráfica. El cuidado catálogo, diseñado por su hijo Bruno Lara, traza ese doble recorrido en el que florece un cóctel de referencias e influencias que, según la comisaria, Amaranta Ariño, no ha perdido un ápice de "frescura".

Seis meses después de su muerte, se le dedicó la mayor retrospectiva de su obra hasta la fecha. Aquella vez se sacó a la luz su entonces desconocida obra plástica. En esta ocasión, sin embargo, se ha intento vertebrar un recorrido cronológico que muestra cómo las caras A y B de su obra son indisociables. "Lo público y lo privado", insiste Ariño, quien define al autor como un "cazador de imágenes" que supo "mezclar lo inmezclable y sintetizarlo todo en una estética muy personal". "Un castizo muy cool", lo define el ensayista Valentín Roma para quien la obra de Lara posee "un ritmo muy cinematográfico".

El propio Lara, en un texto para su proyecto Chocolate, da pistas de ese agitado collage mental que, pese a tener las cualidades cristalinas del agua era "oscuro como un buen chocolate a la taza". Solo así se puede entender una imaginación que procesaba estos juegos de parejas: "Agustín García Calvo y Nik Cohn, Gonzalo Torrente Ballester y Lilian Gish, Casto Fernández Shaw y Emily Brontë, Sonny Boy y Tàpies". "En Chocolate", prosigue el texto, "hay entrevistas. Recuerdos de la Wolf y de Dylan Thomas. Viejas fotografías de gasolineras, de gabardinas ajadas y zapatos de punta. De Broderick Cradford a Leslie Howard".

Más allá de ahondar en la influencia norteamericana y del pop art, de Warhol, Beuys, Picabia y Duchamp, el historiador Ángel González se pregunta por el enigma de su dualidad o desdoblamiento entre diseñador-pintor. "Su dura pelea entre pulcritud y suciedad", la describe González, quien introduce dos citas para guiarse dentro de ese enigma. Una de ellas (Harry Allis, 1874) dice: "Seamos intensos; seamos modernos". La otra, de Paul Valéry ("El artista pone su cuerpo"), sirve para añadir: "Y el artista moderno pone sus nervios".

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