OPINIÓN

Fascinante Celestina

Deseo y avaricia, amor y traición, pasión y muerte... Todo está en la obra de Fernando de Rojas. La escritora Soledad Puértolas explica cómo la ha reescrito en español moderno para hacerla comprensible “a la primera lectura”

'Celestina' (Carlota Valdivia), óleo de Pablo Picasso en 1903. / Museo Picasso de París / VEGAP 2012

Después de haberme comprometido a la difícil y rara empresa de reescribir La Celestina en el español moderno, me asaltaron inmensas dudas, flaquearon mis fuerzas, me invadió la inseguridad. ¿Cómo hacer que un texto publicado en el inicio del siglo XVI fuera totalmente comprensible para el lector de hoy, cuando la lengua, en aquel tiempo, aún no se había fijado y faltaba todavía un largo siglo para que Cervantes la consagrara como indiscutible lengua literaria? Por lo demás, en mis tiempos escolares, nunca había conseguido llegar muy lejos en mis intentos de lectura de tan afamada obra y, más tarde, cuando estudié literatura española, pasé muy deprisa por ella, pues había otros textos que desde siempre me habían interesado más y quise dedicarles el máximo de mi tiempo, una vez que, al fin, me había decidido a estudiar lo que de verdad me interesaba.

¿Por qué, entonces, había aceptado enseguida la propuesta? ¿Un mero impulso de responsabilidad, reminiscencias de antiguas obediencias obligatorias? En el fondo, lo sabía. Creo en las revelaciones y en el azar. Esta era la oportunidad de entrar de una vez por todas en La Celestina. No podía dejarla pasar.

En cuanto me puse a trabajar, mis dudas y miedos se vieron mágica y generosamente superados por una especie de entusiasmo febril que no recordaba haber sentido nunca. Bien es verdad que no había vivido una experiencia como aquella, reescribir lo escrito por otro autor. Lo que yo estaba haciendo era traducir, aunque se tratara, en ambos casos, de la misma lengua, el español del siglo XVI y el español moderno. Primero había que entender, lo cual, muchas veces, significaba descifrar, y luego encontrar la expresión más ajustada en el español que hablamos hoy. Tenía algo de juego. Más parecido, me dije, a un sudoku que a un crucigrama. Aunque mucho más libre y abierto que los dos y que cualquier otro juego: el resultado no estaba fijado de antemano, dependía enteramente de mí.

¿Tenía alguna idea de lo que buscaba, de lo que quería?, ¿había una meta que me propusiera alcanzar? Sólo una, muy amplia: hacer de La Celestina una lectura placentera, tanto para quien se acercara a la obra por vez primera, como para el hipotético lector que en otras ocasiones hubiera abandonado el texto, desanimado, porque entendía muy poco, y el esfuerzo que debía realizar parecía excesivo, y, aun sospechando que se privaba del disfrute de una obra clásica, se daba por vencido. No puede leerse todo. Siempre queda algo pendiente. En realidad, me dije, ya con diez folios escritos —como si en lugar de diez fueran cien—, vivo rodeada de esa clase de lectores. Yo misma me identifico con ese lector. Leí en voz alta mis diez folios, asombrada de entenderlo todo. ¿No lo había escrito yo? Sí, pero no: ese texto era La Celestina.

Antes de sentarme delante del ordenador, había leído en las introducciones de algunas adaptaciones teatrales de la obra que, en general, podía decirse que las opciones eran dos: o se traía La Celestina al presente o se llevaba al lector al tiempo de La Celestina. ¿Qué era lo que estaba haciendo yo? Ninguna de las dos cosas, puede que las dos, no lo sé. Yo, simplemente, leía y traducía. Pero a la vez, estaba sucediendo algo importantísimo: asistía a la formación de una lengua que aspiraba a expresar una enorme complejidad de emociones. La lengua estaba haciéndose. Ha sido fascinante palpar ese momento. Aún no se había escrito el Quijote. En La Celestina la lengua es un torrente casi salvaje, lleno de fuerza y de luz y extremadamente ambicioso que busca precisión, matices, juego, belleza, claridad, complejidad, expresividad, comunicación, arte.

¿Tenía alguna idea de lo que buscaba, de lo que quería? Una, muy amplia: hacer de ‘La Celestina’ una lectura placentera

Habrá amantes de la literatura a quienes este tipo de empresas no les interese, incluso habrá quien crea que el mero intento de verter al español moderno una obra clásica resulta algo improcedente. Pero a quienes, como yo, se asomaron una vez a La Celestina y pensaron que era algo muy difícil de leer, a ellos y a los lectores que se acercan por primera vez, les diré que mi intención ha sido, precisamente, eso: hacer que el conjunto de frases que constituyen la obra resulten comprensibles a la primera lectura. Me he detenido frase tras frase, intentando captar su sentido. Algunas son muy enrevesadas y creo, sinceramente, que su sentido se podría discutir. Pero el contexto de la obra, de cada escena, de cada acto, ayuda.

En la empresa de hacer comprensible el texto he dejado fuera algunas —pocas— frases, y he modificado muchas otras. Casi todas. Por supuesto, las más largas. Pero incluso las cortas me pedían ser adaptadas a un lenguaje más actual. He evitado, en todo caso, caer en un exceso de modernidad. No se trataba de escribir LC como se habla hoy. Sin duda, el argumento de LC está unido a su lenguaje, que corresponde al siglo XVI.

Hay algunas frases que han quedado intactas. Eso me ha producido una gran satisfacción. El aroma de la obra permanece en ellas. Me entusiasman esas frases, son como esas piedras que sobresalen en medio de la corriente de un río y que nos indican un posible aunque arriesgado paso. Fue maravilloso irlas reconociendo. Me han sido extraordinariamente útiles. Aún más que útiles, alentadoras, me han dado ánimos. Ellas eran las encargadas de sostener el entramado de la traducción. Habían permanecido intactas a través de los siglos.

Finalizada la tarea, me alegré de que no se me hubiera encomendado expresamente que acortara la obra. He disfrutado, precisamente, en su extensión, en su magnitud. Que los personajes hablen tanto y tan bien, me maravilla. Me maravilla cada uno de los parlamentos. Me gusta, me entusiasma, me fascina como es, francamente irrepresentable. La he disfrutado como novela, incluso como novela moderna, especialísima, donde lo que cuenta es la intensidad de las emociones de todos y cada uno de sus personajes. La pasión física, el deseo, la codicia, la avaricia, el amor paterno, el amor filial, la amistad, las alianzas, las traiciones, la crueldad, la muerte… Todo está ahí, vivido y sentido. Y llega hasta nosotros. Esto es lo que he sentido y vivido yo mientras volvía a escribir LC y me situaba —osadamente— junto a Fernando de Rojas, lo escuchaba y luego decía sus palabras de otro modo. Me he sentido una intérprete, una intermediaria a quien se le confiaba una misión delicada e importantísima.

He dejado fuera algunas frases, y he modificado muchas otras. He evitado, en todo caso, caer en un exceso de modernidad

Sin duda porque la lengua se está haciendo mientras el autor escribe la obra, he tenido la impresión de que unas veces fluye y otras se detiene y atasca, pero siempre sale adelante. Siempre triunfa. He seguido el ejemplo, he buscado el amparo de su caminar a tientas, porque, si a tientas escribía el autor, aún más a tientas he escrito yo. Queriendo mantener su aroma y su espíritu, buscando su sentido, he sido osada, como en realidad lo son, osados, todos los escritores.

Al viejo e inacabable debate sobre si la obra es teatro o novela, sólo podría añadir que en mi opinión su novedad radica en esa duda. Si quien la lee es novelista —como es mi caso— la obra es, fundamentalmente, novela. Y, por cierto, muy moderna, muy actual. No se trata de una novela decimonónica, poblada de descripciones. Precisamente por eso resulta tan moderna. Es el lector quien imagina, quien crea el contexto, a partir de los poquísimos datos que se le ofrecen. ¿En qué ciudad o villa se desarrollan los hechos?, ¿en qué estación del año? En un tiempo cálido, que se presta a las citas amorosas al aire libre. No es invierno. En el decimocuarto acto, dice Calisto: “Y vosotros, meses invernales, que ahora estáis ocultos, cambiad vuestras noches oscuras por estos días tan lentos”. No encontramos muchas más referencias al clima ni a las estaciones. Sabemos que Celestina vive allá donde la cuesta del río —se nos dice en varias ocasiones— y que la casa de Melibea está cerca de la ribera, a donde Pleberio, su padre, la invita a pasear en el vigésimo acto. Sabemos que el mar está próximo porque Melibea, en su escena final, atisba los navíos que navegan por él. No mucho más. Hay huertos y hay caminos, hay calles estrechas, casas señoriales, tabernas, viejas casas de pueblo, curtidurías, un río y ese vago mar. Se nos describen los oficios, se enumeran los bienes materiales, se hacen alusiones al linaje, a las relaciones entre los señores y sus siervos… Es cierto, aunque breves, hay muchas, innumerables señales para los estudiosos. Pero está perfectamente claro que la acción y los personajes son lo que cuenta, y lo que maravilla a un novelista o a un lector de novelas de hoy.

Ciertamente, es mucho lo que dicen los personajes, pero es mucho, también, lo que callan y lo que se calla el autor, Fernando de Rojas. Este silencio es parte esencial del drama. Los estudiosos han comentado extensamente el gran enigma: ¿Por qué el amor entre Calisto y Melibea es un amor prohibido?, ¿qué impide que se casen y disfruten de él durante toda su vida? Pero este es el punto de partida y queda definido desde el primer acto de la comedia, desde la primera escena, desde el primer parlamento de Melibea.

El amor entre Calisto y Melibea es ilícito. Para decirlo en otras palabras: es un amor imposible. ¿Es el concepto de amor imposible fácil de entender para un lector de hoy? Evidentemente, aunque las cosas hayan cambiado mucho, aún existen los amores imposibles. Pero lo fundamental es que el lector sabe que la obra que tiene en las manos fue publicada en la España del siglo XVI, cuya sociedad refleja. Aunque haya muchos silencios en la obra, hay, también, las suficientes señales como para que el lector comprenda que se trataba de una sociedad llena de prejuicios, estamentos, categorías, no sólo sociales, sino religiosas. En aquella sociedad, convivían judíos, moros y cristianos y en todos los grupos se daban muchos matices y todos se regían por sus propias categorías. El lector sabe que en esa sociedad —como, sin duda, en otras que no conoce de primera mano, pero de las que oye hablar en los noticieros— podían darse los amores imposibles.

La visión del mundo que subyace en la obra es pesimista, terriblemente fatalista, y no cuenta con el consuelo de la religión. Melibea se da muerte a sí misma y Pleberio, al llorarla, no la acusa de desobedecer ningún mandato divino. Más bien alega, para justificar su dolor, razones muy humanas. El lamento de Pleberio nace del dolor del padre, no corresponde en absoluto a un guardián del orden social ni mucho menos religioso.

¿Qué consuelo puede proporcionar una obra que finaliza con esta pregunta, puesta en boca de Pleberio, padre de Melibea: “¿Por qué me dejaste triste y solo en este valle de lágrimas?”. No es un reproche a Melibea, sino al mundo, que está poblado de dolor, de malos amores, de crueldad, de continuas y terribles mudanzas, vaivenes, y caídas desde lo más alto, de una angustiosa y permanente fugacidad, de la constante amenaza de la muerte.

Creo que al lector actual le parecerá que La Celestina está mucho más cerca de una novela moderna que de una obra de teatro del siglo XVI. Así, al menos, me lo ha parecido a mí. Si alguien, después de leer el texto que le ofrezco ahora, desea ir al original, será mi mejor recompensa.

La Celestina. Fernando de Rojas. Versión y prólogo de Soledad Puértolas. Castalia. Madrid, 2012. 320 páginas. 9,90 euros.

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