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CRÍTICA: 'LOS JUEGOS DEL HAMBRE'

Famélica ficción

Los primeros minutos del segundo episodio de Black mirror, serie de inminente estreno en nuestro país, construyen, con una elocuencia que no precisa del diálogo, la última palabra en distopías para la era de la Pantalla Global: una pesadilla hipermediática, donde el éxito consiste en convertirse en un triunfito, el fracaso tiene forma de concurso cruel y la normalidad es un juego de la Wii mutado en pesadilla de consumo compulsivo. Lo que cuenta Black Mirror no es necesariamente nuevo —en el fondo de ese episodio, 15 millones de méritos, late una relectura de Network, un mundo implacable (1976)—, pero su potencial para el trastorno es irreprochable: al espectador le queda claro que no le están contando ningún cuento futurista, sino desvelando la estructura profunda de su presente.

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

Dirección: Gary Ross.

Intérpretes: Jennifer Lawrence, Josh Hatcherson, Stanley Tucci, Wes Bentley, Elizabeth Banks, Liam Hemsworth.

Género: ciencia-ficción. EE UU, 2012.

Duración: 142 minutos.

El problema de Los juegos del hambre —la saga escrita por Suzanne Collins que ahora se transforma en franquicia cinematográfica— no es que su premisa suene a melodía reiterada, sino que el conjunto se revele incapaz de dotarla de espesor y pertinencia. No es una distopía concienciada a la medida del público adolescente, sino, simplemente, la intención de eso, su simple esbozo o su desangelado esqueleto. Es temerario invocar el recuerdo de Battle Royale (2000), película saludablemente perturbadora, y luego no enfrentar a tus protagonistas con ningún dilema moral, con ningún claroscuro.

En un futuro donde lo más sorprendente (y espantoso) es cuestión de estilismo y guardarropa —el uso de carnaza adolescente para nutrir la telerrealidad ya forma parte de nuestro universo cotidiano—, la ensimismada heroína de Los juegos del hambre atraviesa la trama como quien recorre las pantallas de un videojuego rutinario: tan sólo una imagen —los vestidos en llamas— y una idea narrativa —el romance como simulacro dentro de la estrategia espectacular— logran sobreponerse a una realización agresivamente inepta.