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Al otro lado del mapa del tiempo

Pocas veces se ha dado, como con Joaquín Vidal, una conjunción tal entre lectores, espectadores y un periodista

Una imagen de 2002 que muestra a un aficionado depositando unas flores en el asiento del tendido diez de Las Ventas que ocupaba Joaquín Vidal. Ampliar foto
Una imagen de 2002 que muestra a un aficionado depositando unas flores en el asiento del tendido diez de Las Ventas que ocupaba Joaquín Vidal.

Desde el primer domingo de marzo al último de octubre había toros en Las Ventas. Cada lunes repetía el mismo ritual. Tomaba el periódico y lo empezaba por el final, buscando la crónica al otro lado del mapa del tiempo.

El grupito de amigos de la andanada del 7 nos fijábamos en sus movimientos como si fuese una parte más de la corrida. Que tomaba el cuaderno, “eso es que mañana se pone técnico”, soltaba el más enterado. “La que le va a caer a este”, decía otro cuando un torero dudaba. Lo que al principio parecía una quiniela, un puro azar, se convirtió en un vínculo entre un grupo de chavales y el cronista de EL PAÍS, Joaquín Vidal. Tan temido por el oficialismo taurino como amado por los profesionales de pasar por taquilla.

Diez años después de dar el último adiós a Vidal, la afición se siente huérfana tras la pérdida de un crítico, su crítico, que supo tomar el pulso de la plaza más exigente y caprichosa del mundo, la que da y quita, la que roba el sueño y ayuda a alcanzarlos. Pocas veces se ha dado una conjunción tal entre lectores, espectadores y un periodista al que se le dio el trato de maestro en vida, de guardián de la pureza y la integridad en tiempos de pegapases y ventajistas.

Se fue su pluma, pero queda el recuerdo en forma de crónicas, colmadas con un humor y una manera de ejercer la crítica que no se repetirá. Nadie ha sido capaz de traspasar la frontera del aficionado, de conseguir que todos, hasta los antis, lo leyeran con devoción. Nunca los círculos concéntricos del ruedo darán tanto de sí.

Han pasado dos lustros y nadie olvida que tras la previsión del tiempo, con sus soles y sus paraguas, se encontraba esa delicia que empezaba con una ficha detallada, con sus avisos y pinchazos. A partir de ahí comenzaba el mejor momento del día. Se podía encontrar desde un análisis certero de la colocación del torero, de los terrenos del toros, a una disección de la bravura pasando por las aventuras de un don Mariano que cuando veía torear subía desde la plaza hasta Manuel Becerra dando pases de pecho al personal. O las ocurrencias del Ronquillo. O la masacre contra la acorazada de picar. O las desventuras de la tumbacristos. Porque, si no pasaba nada destacado en lo estrictamente taurino, siempre había algún cabestro rijoso cuyas andanzas daban para una crónica de principio a fin.

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