CRÍTICA | 'GRUPO 7'

Un inmenso policiaco español

Sevilla es una ciudad de extremos. Profundamente religiosa en su paganismo y extremadamente pagana en su religiosidad, la capital andaluza puede desprender, en apenas unos cuantos pasos, el dulce olor del jazmín o el amargo pestazo del desconsuelo humano, la jarana de la abierta simpatía o el insultante rechazo a voz en cuello. Ser un oasis o ser un infierno. Una tierra excesiva tanto cuando te acoge como cuando te rechaza. Y, aún más, hace 25 años, cuando la ciudad se preparaba para un examen internacional llamado Expo 92 y había que desterrar la basura del centro para esconderla debajo de la alfombra. Una operación política, económica y social que, en su experiencia práctica, debía ser sobre todo policial. Y ahí entra Grupo 7, poderosa, emocionante y genuina película de Alberto Rodríguez alrededor de un comando de la policía sevillana, famoso por la limpieza de yonquis y maleantes a través de métodos semejantes a los de sus enemigos: la crudeza, la mentira y el oportunismo. Una obra tan entretenida como sobrecogedora, que siendo hija adoptiva de Solas y Padre Coraje, monumentos de Benito Zambrano sobre la realidad andaluza, no deja de ser prima hermana de Celda 211 y de No habrá paz para los malvados, al conjugar potencia dramática, verosimilitud y divertimento en un relato de inequívoco sabor patrio. ¿Estará naciendo algo así como el nuevo policiaco español?

GRUPO 7

Dirección: Alberto Rodríguez.

Intérpretes: Mario Casas, Antonio de la Torre, Inma Cuesta, Joaquín Núñez, Julián Villagrán. Género: policiaco. España, 2012.

Duración: 100 minutos.

Grupo 7 lo tiene todo. Unas interpretaciones extraordinarias, comandadas por Antonio de la Torre, mirada de cuchillo, máquina de clavar las frases, y por la dulce sinvergonzonería de Mario Casas, con el apoyo de la naturalísima presencia de un grupo de actores desconocidos que no son sino sus personajes: puro sudor andaluz, sonrisa sincera, mueca dolorosa; ternura o carroña, por separado, o al alimón. Un guion de Rafael Cobos, que repite con Rodríguez tras las notables 7 vírgenes y After, capaz de aunar una extraña poesía de la cotidianidad y un arrasador cachondeo del terruño, sensible o mezquino, demoledor en su comicidad, y de crear un verdadero cúmulo de emociones corales con apenas unas pinceladas (¿recuerdan el grupo humano de Heat, de Michael Mann, más allá de sus atracos?). Y, por último, una cortante puesta en escena de Rodríguez (también coguionista), espectacular en sus secuencias de acción y en sus persecuciones por una Sevilla capillica y juerguista, que parece la Gomorra de Matteo Garrone. La película de Rodríguez es pura autenticidad, en su salvajismo y su fanfarronería, su zalamería y su amargura.

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