CRÍTICA | 'TAKE SHELTER'

El diluvio que viene

Desde su mismo título, Take shelter escoge un registro de lenguaje en el que resuenan, como truenos de una tormenta acercándose, los ecos de las figuras proféticas, de todos aquellos elegidos (casi siempre a su pesar) por el Dios colérico del Antiguo Testamento. Como hiciera Michael Tolkin en la radical y provocadora The rapture (1991), Jeff Nichols —que debutó con la celebrada y aquí inédita Shotgun stories (2007)— asume el desafío de conjugar uno de esos relatos fundacionales en un presente que se percibe como preapocalíptico. Pronto queda claro que lo que le interesa a Nichols no es tanto lo divino, sino lo estrictamente humano. La película permite establecer otras relaciones de parentesco: podría formar un poderoso programa doble con Melancholia, de Lars von Trier, y completar un triángulo de paterfamilias abducidos por la obsesión con Encuentros en la tercera fase y La costa de los mosquitos, pero lo más justo sería considerar que Take shelter es única, un islote enigmático a la espera de ser descifrado en todas sus desafiantes lecturas.

TAKE SHELTER

Dirección: Jeff Nichols.

Intérpretes: Michael Shannon, Jessica Chastain, Shea Wigham,

Katy Mixon, Tova Stewart.

Género: drama. Estados Unidos, 2011.

Duración: 120 minutos.

"Necesito hacer algo normal", dice la esposa encarnada por Jessica Chastain poco antes de que se desencadene el clímax de esta película, donde, de hecho, la normalidad —la de todos— ha entrado en cuarentena en un contexto de inestabilidad laboral, vaciado de esperanzas de futuro y miedo como mínimo común denominador. En la pequeña comunidad de Ohio en la que se desarrolla Take shelter solo Curtis (un sobresaliente Michael Shannon) parece cobrar conciencia de ese palpable cese de toda normalidad. Lo suyo puede ser torturada lucidez o absorbente locura y la película describe ese pulso del personaje consigo mismo desde dentro, con verosimilitud y gran capacidad para transmitir y representar la angustia.

La matizada y sutil interpretación de Shannon y la decisión de contar el Apocalipsis como experiencia subjetiva no son los únicos elementos remarcables de una película que, también, habla de los efectos de la catástrofe en la economía doméstica: la posibilidad de desintegración familiar que se esboza con la dramática sucesión de la solicitud de un crédito, un despido laboral y la caducidad de un seguro médico en el umbral de la operación de una hija sordomuda colocan la película en un contexto de palpable cotidianidad. Curtis, un Noé que podría vivir en un relato de Raymond Carver, es el reflejo de ficción de cualquiera de nosotros, situados en ese territorio inestable en el que se palpa la amenaza de perderlo todo.

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