CRITICA / 'ELBULLI: COOKING IN PROGRESS'

El ejército de Adrià

Una imagen de Adrià con su equipo

De El sol del membrillo a La danza pasando por El cuaderno de barro, los documentales que se introducen en la vorágine del proceso artístico nos sirven no solo para entender de una forma más diáfana dicho estado de inventiva, sino para vislumbrar de un modo más o menos eficaz la personalidad, normalmente arrebatadora, del genio que lleva a cabo la tarea. elBulli: cooking in progress, documental alemán sobre el trabajo de Ferran Adrià y su equipo en su restaurante, recientemente cerrado, se adentra en esa sistemática logrando, al mismo tiempo, una creación artística (la película), gracias a un certero concepto unitario entre fondo y forma, y el espectacular retrato de otra obra de arte (los platos de elBulli). ¿Arte la cocina? Adrià lo niega: “Aquí hay más investigación que creatividad”. Pero Picasso, a su modo, lo corroboraba: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”.

'ELBULLI: COOKING IN PROGRESS'

Dirección: Gereon Wetzel.

Intervienen: Ferran Adrià, Oriol Castro, Eduard Xatruch.

Género: documental. Alemania, 2011. Duración: 108 minutos.

En realidad, aunque haya arte en la cocina de elBulli, también hay matemáticas, diseño artístico, física, química, ingeniería informática y hasta alta costura. Y uno, inevitablemente, acaba preguntándose qué ocurriría si comiera todos los días así: ¿se convertiría en una persona distinta, defecaría igual, tendría un aliento artístico, sería un personaje de ciencia-ficción? Porque eso es lo que parece en ciertos pasajes el documental de Gereon Wetzel, un relato de ciencia-ficción, punteado por una extraordinaria banda sonora de aire japonés, en el que la cámara siempre está en el sitio justo y donde el público, salvo un precioso plano en contrapicado, apenas existe. Ver a sus ayudantes comerse las uñas mientras Adrià prueba los platos es una joya sociológico-laboral, quizá lo mejor de una estupenda película. Y la prueba de que, salvo algún esporádico apunte emocional, la maquinaria humana se mueve en tal estado de tensión que no parece haber hueco para disfrutar del trabajo.

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