El universo infinito de Moebius

El dibujante francés Jean Giraud, que revolucionó el lenguaje del cómic, muere a los 73 años.

Para el cine creó mundos como los de 'Alien', 'Tron' o 'El quinto elemento'.

El dibujante Moebius, en 2008. / DANIEL MORDZINSKI

En octubre de 2010, la Fundación Cartier inauguró una antológica sobre el más importante dibujante europeo de cómics, Jean Giraud. En el sótano, en un documental filmado para la ocasión, el francés se desdoblaba para poder charlar consigo mismo, para que Gir recriminara a Moebius, su alter ego. Durante décadas, uno ganaba lo que el otro perdía. Y en pantalla, la conversación devenía en bronca. El mismo creador aclaraba en la puerta: “¿Que si Gir paga las locuras de Moebius? Es una realidad histórica. Gir es una profesión; Moebius, un estado del alma. Me es difícil definir a Moebius, porque ahí soy artista. Pero, ¿qué es ser artista en nuestro mundo? Necesitas sobrevivir, y entonces los artistas se convierten en vendedores, debes gustar a los otros o ceder parte de ti para comer. No sé, no sé...”. Si Gir era el increíble dibujante de línea compleja de El teniente Blueberry, un western crepuscular que resucitó el género en los tebeos, Moebius creó mundos increíbles, de línea clara, delirios imaginativos y oníricos como los de El garaje hermético. Ayer todos ellos —la persona Jean Henri Gaston Giraud, los dibujantes Gir y Moebius— fallecieron por la mañana en París a los 73 años. El cáncer contra el que luchaba desde hace lustros pudo finalmente con el cuerpo alto, fibroso, espigado de uno de los más impresionantes talentos del siglo XX: el eco de su obra traspasó las viñetas y llegó al cine y a la filosofía.

Solo con una de sus facetas, Giraud hubiera obtenido la gloria, pero es que una misma figura coincidieron el maestro de la narración Gir y el hechicero de las sensaciones Moebius.

Jodorowski, su amigo durante décadas, creó con él la saga ‘El Incal’

Giraud nunca dejó de trabajar. En esa antológica, un cortometraje animado en 3D, El planeta todavía, prologaba la intención de su autor —aquí Moebius— de realizar un largometraje estereoscópico. Un deseo imposible de cumplir, como el de realizar otro álbum dedicado al teniente Mike Blueberry Donovan. Preguntado por su edad, Giraud respondía: “Mi mayor angustia es morirme ahora mismo y que no haya nada después de la muerte. Porque si existe la vida después de la muerte o me puedo convertir en fantasma, seguiré viendo cine. Me gustan las de acción de Hollywood. También me atrae el cine asiático, porque provoca sensaciones como mi obra… y por sus colores chillones”.

Giraud siempre fue un amante del cine. Llegó a ver de ocho a 10 películas por semana. Él se escudaba en que al no haber ido a la universidad, la gran pantalla le dio una educación. “No tengo una formación bien ordenada. He leído mucho, pero de manera dispersa, tarde, apasionadamente. El cine era mi cultura. Pero eso se acabó. No se trata de que hoy no vaya al cine pero me conformo con una o dos películas al mes. Se trata de que el cine, para mí, para mi uso, ha perdido importancia. De alguna manera, puedo decir que se acabó con la muerte de Sam Peckinpah”, aunque luego confesaba que seguía atento a los estrenos. Como el de Avatar, película de James Cameron que tanto visual como filosóficamente le debía mucho a Giraud: “Son ideas de toda una generación, la de Cameron y la mía, y James ha podido recrearlas. Somos la generación que vivió un cambio positivo; ahora todo es oscuro. Yo en cambio sigo con mi dinámica optimista”, una dinámica que incluso le llevó a trabajar en videojuegos, y que en los dos últimos años le llevaron a la fotografía: “Hago fotos de primerísimos planos de piedras y plantas con cámaras digitales”.

Jamás se cerró a ninguna posibilidad artística, pero nunca apreció el manga

De su casa taller en Montrouge, en los alrededores de París, surgieron los diseños de las películas Tron, Willow o Alien, de Ridley Scott, El quinto elemento, de Luc Besson, y Abyss, de Cameron, entre otras. Sin rodar se quedó la adaptación de Dune que realizó con Alejandro Jodorowsky, el intelectual más cercano a su manera de ver el mundo, su amigo durante décadas, y el cocreador de la saga de El Incal. Entre ellos se hablaban en español y francés, porque cuando su madre se casó con un mexicano —en 1955, cuando Giraud tenía 16 años, y tras haber empezado en la Escuela de Artes Aplicadas de París, donde ya demostraba su amor por la historieta—, los tres se mudaron a México. “Allí conocí el jazz, perdí la virginidad, disfruté del peyote, aprendí castellano, probé todo tipo de productos lisérgicos… y reconozco que hay meses de los que no tengo ningún recuerdo”, decía entre risas. Obligado a retornar a Europa para realizar el servicio militar de dos años, Giraud colabora con el maestro belga Jijé en la realización de un álbum de Jerry Spring, pero se hace popular cuando empieza a publicar en la revista Pilote las aventuras del teniente Blueberry, con guiones de Jean-Michel Charlier (juntos editaron 26 álbumes; con la muerte de Charlier en 1989, Giraud siguió en solitario), que se convirtió en una de las grandes sagas del cómic europeo y desde luego, la obra cumbre del western en el noveno arte.

En paralelo al éxito de Blueberry, Giraud se dedica a leer ciencia-ficción, así nace Moebius, en homenaje al astrónomo alemán Möbius. Una nueva metamorfosis en su creación: “La metamorfosis corre por toda mi obra. No es la metamorfosis clásica, la de Ovidio, que habla de la vida donde todo cambia siempre en una misma dirección, del nacimiento a la muerte... Va, cuentos para niños. Lo que hago es distinto: muestro el pánico de ver las cosas que se van, la dificultad de dar identidad a los actos". Jodorowsky le mostró la obra de Carlos Castaneda, y Moebius explota: lo infinito y lo terrenal, lo inmortal y lo perecedero, lo fantástico y la imaginería del pasado se plasman en Arzach, El garaje hermético, la serie Los Mundos de Edena y la ya mencionada saga de El Incal.

Jamás se cerró a ninguna posibilidad artística, aunque nunca apreció el manga japonés. Con Stan Lee coescribió e ilustró una aventura de Estela Plateada, el personaje de cómic estadounidense más cercano a sus disquisiciones filosóficas, y en los últimos años estaba inmerso en la saga Inside Moebius, en la que se burlaba abiertamente de sí mismo, y cuyos ochos volúmenes ha ido editando poco a poco, a pesar de haber rematado hace tiempo. Quedan dos por aparecer, que se convertirán en su regalo póstumo para los fans.

Una trayectoria en cuatro portadas

G. BELINCHÓN

El teniente Blueberry. Millones de ejemplares vendidos, y la sensación de que será imposible ver mejor reflejado el western en el tebeo. Mike Donovan es un sudista que acaba en el Norte de EE UU justo cuando comienza la Guerra de Secesión. Tan íntegro como pendenciero, tan leal como amante de las mujeres. Con Blueberry el lector ha recorrido años del mejor y más real salvaje Oeste, incluida su amada decadencia. Durante décadas, el personaje mantuvo económicamente a Giraud. La serie original estuvo guionizada por el belga Jean-Michel Charlier, y a su muerte Giraud siguió en solitario; ambos también crearon La juventud de Blueberry, que se ha prolongado hasta 2010 con otros creadores; finalmente también existe Marshall Blueberry, tres álbumes escritos por Giraud pero dibujados por otros. El último blueberry en aparecer fue Apaches, perteneciente a la serie original, en 2007.

El garaje hermético. La eclosión de Moebius, la aparición de un nuevo modo de narrar y dibujar que trastoca todos los géneros. La acción se desarrolla en un asteroide que contiene varios mundos superpuestos, creado por el mayor Grubert, que sigue su evolución desde una nave espacial. Publicado de 1976 a 1980 en la revista Métal hurlant, la ciencia-ficción no ha conocido cómic igual de rico en matices, en detalles que Moebius sencillamente asoma y no desarrolla, de niveles lisérgicos de imaginación. En 2008, se publicó un nuevo álbum del mayor Grubert: Le chasseur déprimé.

Los ojos del gato. Para expertos como Álvaro Pons, el mejor legado de Moebius. Escrito por Alejandro Jodorosky, con quien creará la saga de El Incal, cada viñeta ocupa una página – apareció en Francia en 1978 y nunca se ha publicado en España en su formato original-. La pareja trasgrede cualquier norma del tebeo y juega con lo binario, con la estructura repetitiva… Arte que supera su formato.

Inside Moebius. El giro final de un viejo creador que vuelve a explorar en su interior y que disfruta de la autoironía. A falta de que se editen los dos últimos de la serie de ocho que arrancaron en 2004 (que sí están creados) el francés exprime sus últimas ideas y la sensación de que el hombre y el artista viven en mundos paralelos, que a veces se cruzan y a veces ni se conocen.

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