Recorrido por la geografía de Gabo

Un recorrido por los ambientes más íntimos y personales de la Colombia natal del premio Nobel, que hoy celebra su 85 cumpleaños

García Márquez (en el centro) camina hoy junto a su nieto Mateo (izquierda) y su asistente Genovevo Quirós (derecha) en México / Mario Guzmán

En Aracataca. Hay a la altura de la ruina en la que se adivina lo que fue la habitación de Gabito de niño en la casa donde nació, cerca del patio de los grandes árboles, al lado de la orilla donde están las piedras enormes que son vecinas de la fábrica en la que él muchacho vio por primera vez el hielo, la sombra de una mujer que pasa; ella se llama Soledad Noches. Va despeinada y parece ausente y prehistórica, como un personaje de Cien años de soledad, precisamente. Viene de ninguna parte, y va a cualquier sitio más allá de la arboleda que ahora no le da sombra a nadie. Cuando pasa a nuestro lado Soledad deja la electricidad de los espectros, y además abandona la impresión de que su paseo jamás existió. La cuna no existe, el cuarto no existe, pero es como si Gabito se estuviera vengando del tiempo haciendo que todo parezca intacto. El milagro lo ha hecho Soledad Noches, de cuyo nombre luego me cuentan.

Gabo vino anoche. En medio de la calle polvorienta por la que de crío corrió Gabito hacia la fábrica del hielo hay un hombre en camisilla que se balancea en una vieja silla de enea. Fuma un puro, es mediodía y por el aire viejo y limpio de Aracataca circulan los olores que fueron, más de ochenta años antes, los mismos olores que alimentaron a esta hora a los habitantes felices o perplejos de este pueblo de cañabrava que al hijo del telegrafista le sirvió de soporte para crear Macondo, aunque Macondo está un rato más allá, es una finca. Ese hombre que descansa ahí es el hermano de Soledad y se llama Nelson Noches. Fue alcalde de Aracataca y tiene el aire de los Buendía, la misma certidumbre recia en la mirada desconfiada, el mismo aire soñoliento con el que recibe mis preguntas. Está despeinado, es como si fuera un Onetti de este lugar que se parece a la vez a Santa María, a Macondo y a Yoknapataupha, y algo de Rulfo hay también en su silencio que parece un páramo. Le pregunto por Gabo, su amigo de la juventud; el escritor está en Cartagena de Indias, de allí no se ha movido en meses, y desde hace años tampoco va a Aracataca. Pero Nelson me dice, adelantando un palmo su cabeza como si me dijera un secreto que está esperando por mi desde que él despertó en el silencio de la madrugada:

Una imagen del escritor en su casa de México en 2003

--Gabo vino anoche a jugar a las cartas. Gabo viene todas las noches.

“Era el mejor de todos nosotros”. Es el atardecer en la casa que le construyó Salmona al borde del mar Caribe, y alguien abre la puerta sigilosa que da entrada a esta mansión que yo recuerdo roja y blanca, como un atardecer. Arriba está Mercedes Barcha, la mujer de Gabo, y anda perturbada por una noticia que temíamos todos y que ella nos da nada más entrar en la parte alta del domicilio de los García Márquez:

--Ha muerto Tomás Eloy.

Hay un aire de perplejidad en la casa. Gabo atiende algunas ocupaciones que Mercedes le encarga, él quiere hacer algo, distraer la tarde de esos nubarrones que acaban de aparecer. Ella busca en Internet más noticias del amigo muerto; nos sentamos en los sillones blancos, Gabo pide agua, en realidad hacemos tiempo para olvidarnos del tiempo. Tomás Eloy Martínez fue siempre un amigo leal, un lector fervoroso de los primeros textos, un impulsor del mejor periodismo, y por tanto un atento seguidor del Gabo más querido, el más silencioso, el que desde la frontera de los géneros tuvo esa deferencia con el oficio que practicó Tomás con tanta imaginación como eficacia.

De eso hablamos con Mercedes, pero Gabo estaba todo ese rato ocupado en otras cosas; él, que hizo del teléfono uno de sus demonios menos habitables, llamaba a veces desde un teléfono grande, para reclamar algo. Como si estuviera barruntando la gravedad del suceso para hallar, al fin, alguna expresión que le diera sentido al caos que siempre producen la memoria y la muerte. Hasta que al fin, en medio del silencio que sucede al temporal, me dijo al oído:

--Era el mejor de todos nosotros.

Thomas Mann dijo algo parecido de su hijo muerto. Lo recordé más tarde, cuando lo supe.

Que no pare esa música. En uno de aquellos días de Cartagena, a Mercedes le apeteció ir con todos a escuchar música por uno de los barrios de este pueblo de Indias. Y Gabo fue, cómo no. Tenía a su lado a multitud de admiradores que le preguntaban por los más infinitos sucesos que hubiera vivido; se quisieron hacer fotos, conversar con él, y él atendió a unos y a otros con la maravilla en la cara, como si ese estado de perplejidad ahuyentara la necesidad de hablar. Siempre fue un hombre silencioso, que hablaba cuando quería; más bien, preguntaba, lanzaba un tema, y ya se disponía a escuchar. Hay una antigua foto en la que él está, vestido con su mono azul, ante Onetti. Callados. Como Onetti y Rulfo. Como Beckett y Joyce. Callados. Así le gusta estar, callado; de modo que en ese bar ruidoso de melodías caribeñas no dijo ni una palabra a todos los que le preguntaban, por ejemplo, por el origen remoto de sus palabras, que seguramente está en aquel pasillo por el que caminaba, lunática, Soledad Noches. Y Gabo habló tan solo cuando la música se interrumpió un instante. Dijo:

--Que no se pare esa música.

Eso le oí, pero seguramente tampoco dijo nada. Tan solo su mirada decía eso, que no se pare esa música. También, la música que escuchaba por dentro.

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