LOS PREMIOS DE LA ACADEMIA, EL DÍA DESPUÉS

Mi Oscar con mando a distancia

Meryl Streep posa con su Oscar por 'La mujer de hierro'. / JOEL RYAN (AP)

Con los años he aprendido muchas cosas, y una de ellas es crear las condiciones adecuadas para disfrutar de la ceremonia de los Oscar. Lo más importante es sobreponerse a ese absurdo de ver, en directo, a las dos de la mañana, a gente vestida de diez de la noche que llegan a un teatro a las cinco de la tarde. Importa grabar, pues. Así que le dije a mi iPlus: anda, grábame esto.

Al día siguiente, después de dormir las horas reglamentarias y de haber hecho gimnasia en una de las piscinas de mi ciudad, y con el mando a distancia —gran amigo— en la mano, me ovillé en mi sofá y me dispuse a ser lo que siempre he sido, lo que siempre he querido seguir siendo, lo que siempre seré: “Una niña de los programas dobles de cine”. Como tal, quiero gozar del espectáculo, intentando no hacer porras, ni dejarme llevar por las tonterías sobre vestuario con que, a falta de mejor información, se asaetea a los artistas cuando pisan la alfombra roja.

Fue la mencionada frase —pero en masculino— lo primero inteligente y entrañable que se dijo, después de la aparición de Billy Crystal, con su dominio de la escena y su encantadora introducción. La pronunció el maquillador J. Roy Helland cuando recibió la estatuilla por su trabajo en La dama de hierro. Mucho más adelante, al hacerse Meryl Streep con la suya por el papel de la señora Thatcher, recordó que trabaja con este hombre desde hace 30 años, desde que hicieron La decisión de Sophie. La espectadora de tarde de sábado y de domingo, en la esquina de su sala, aplaudió. Aplaudí: porque hace tres décadas, cuando se estrenó La decisión..., entrevisté a Streep en Londres, y estas cosas, asomada a los Oscar, hacen que una se sienta como de la familia.

Si alguna vez ponen en práctica mi consejo —grabar y mirar reposadamente, con el Comandante Distancias a mano—, comprenderán que el preámbulo de trajecitos y paseos es mejor pasarlo a velocidad rápida, para detenerse —e incluso repetir— cuando merece la pena. A mí me conquistaron dos damas, Milla Jovovich y Penélope Cruz. La primera porque posee una belleza que no se parece a nadie ni a nada. Es humana, vegetal y mineral. La segunda, porque por fin se ha cortado el pelo, y le queda divinamente, como el vestido. Eché a faltar más alfombra roja de mi adorada Angelina Jolie —sabe andar, sabe estar, sabe ponerse en jarras, y sabe salir con la melena recién cepillada—, y tuve que congelar de repente una imagen porque, demonios, por la parte de atrás transitaba Tony Bennet y ni Dios le tenía en cuenta. A una de las presentadoras, sin embargo, se le hizo el escaparate mantequilla cuando —oh, my godness— se materializó ante sus hechuras nada menos que un príncipe, el de Mónaco.

Estar en familia, ser hija del cine, de los programas dobles. No tener que hacer porras, ni soportar a comentaristas que no distinguen entre Claude Berri y una ciruela claudia, llegar a lo concreto y disfrutar. A mí me gusta detener la imagen cuando la cámara nos muestra la platea. Maldición, cada año van quedando menos, se va metiendo uno a uno y más deprisa de lo que quisiéramos en la sección In memoriam, que terminó este año con una Elizabeth Taylor gloriosamente cleopátrica, y guiñando un ojo, que era lo suyo. Lagrimitas tiernas se sueltan en estas ocasiones, que de bien nacidos es ser agradecidos a quienes alegraron nuestras vidas con su inventiva y su talento.

Produce placer, al menos a mí me lo causa, contemplar la mirada admirativa de Kenneth Brannagh cuando recibe los elogios del colega y presentador del Oscar al que ha sido nominado, y que no ganará. Y ver a Martin Scorsese con su mujer y su hija, sentados los tres como si estuvieran en el cine. Y a Meryl Streep moverse en el escenario como si fuera su cocina. Hasta el Cirque du Soleil estuvo menos trascendental que de costumbre porque el material del que se nutría era solo cine: aquel del que también están hechos los sueños, pero con menor pedantería que en otras artes.

De acuerdo con el tono vintage impuesto por la arrasadora The artist —y otras películas que este año regresan a la infancia, del cine o de los hombres—, el teatro ofreció una decoración de sala antigua recargada, de aquellas que, en el viejo Los Ángeles —en donde está el hotel Roosevelt, escenario de las primeras entregas de tío Oscar—, fantaseaban con el cartón piedra tanto como los héroes mudos lo hacían en la pantalla.

La frase de la noche, en mi opinión, se la debemos a Christopher Plummer, espectacular y brillante: “Si me quedara un ápice de decencia”, dijo, en relación con la aceptación de su Oscar por Beginners. “Pero ya no me queda”. Así es como hablan los grandes personajes en las mejores películas. Una línea de diálogo y una presencia por la que mereció la pena darle al rewind.

Dos últimas anotaciones. Siempre me resulta emocionante cuando la platea se pone en pie a aplaudir a uno de los nuestros. Y la otra, mucho más frívola: ¿alguien más está de acuerdo conmigo en que Alexander Payne era el hombre más atractivo de la gala? Sé de qué hablo. Revisé su intervención más de una vez.

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