Yo, escritor

Ha tomado la pista una generación de escritores que rondan los veinte años. Fogueados en las batallas y en los pelotones de linchamiento de las redes sociales, con la erudición desacomplejada de los que hacen buen uso del océano de información en Internet y de las horas libres del no-primer trabajo

Antonio J. Rodríguez

Uno. They Came from Outer (Cyber)Space.

No está tintado en rojo en el calendario; no te avisarán como lo notifican días antes de expirar los programas de ordenador de prueba descargados de forma gratuita; ningún contador te marcará el tanto por ciento de energía restante como lo hace el móvil, ni escucharás la fanfarria del carrillón que acompañará a la bola previa a los cuartos y antes de las campanadas de la Nochevieja de tu adolescencia.

No. Ese día puede ser hoy. Esa sensación te puede asaltar leyendo este artículo. Como un ninja envuelto en sombras que blande la katana que rebana la pubertad. Entonces, apurarás el gintonic aromatizado y llamarás “guarra” a cualquier jovencita linda, porque, como en la fábula de la zorra y la uva, no puedas coger (también en la acepción argentina del término, sí); entonces te percatarás de que ningún jugador de tu equipo tiene tu edad e iniciarás la búsqueda de algún profesional del balompié más viejo que tú con la obstinación ciega del Capitán Ahab (quizás un portero de la liga holandesa, quizás aquel delantero centro de la selección de Uganda); entonces mirarás sus labios no cuarteados que vocalizan incomprensibles fonemas y palabras inventadas y pensarás que una pesadilla te ha conducido a los Urales y que todos esos chavales hablan en kazajo; entonces, te convertirás en el protagonista de aquella devastadora canción de la banda Los Directivos: “Las chicas más guapas, me llaman de usted / Me he convertido en un puto treinteañero de esos que tanto odiaba / planeo un viaje a Praga este fin de semana”. Entonces emitirás un bufido nervioso, apretarás los puños y mirarás de reojo a los viajeros más lozanos del vagón de metro, temeroso de que alguno de ellos decida cederte su asiento con una sonrisa de amable condescendencia.

Si todos estos síntomas se presentan en la vida real, son todavía más arteros, sibilinos y a la vez definitivos en eso tan solipsista, neurótico y egomaníaco que es la literatura. En ese caso, como dice el dentista que te apunta con la motosierra portátil: “Relájate, no te dolerá”.

Relájate, y sobre todo disfruta, porque ha tomado la pista una generación de escritores que rondan los veinte años. Y si bien en literatura uno puede empalmar felizmente la etiqueta de joven promesa primero con las virtudes de la borrachera a la hora del vermú y luego con las prestaciones del Imserso, siempre hay una banda de jovenzuelos que atizan el fuego y se plantan en escena autosuficientes, desafiantes y lúcidos como el coro de querubines alienígenas pluscuamperfectos de El pueblo de los malditos. Además, proyectan su mejor (la más apetecible, la más terrorífica, la más provocadora, la más dulce, la más elevada, la más cafre) versión en las redes, del mismo modo en que se escoge un autorretrato afortunado para colocarlo como foto de perfil de Facebook o de Twitter. Conjugan la conciencia moral con el ideal de ellos mismos: muestran un superyó, la imagen ideal no exenta de autocrítica.

Luna Miguel

Fogueados en las batallas y en los pelotones de linchamiento de las redes sociales, con la erudición desacomplejada de los que hacen buen uso del océano de información en Internet y de las horas libres del no-primer trabajo, con un humor duro pero inteligente de comentario en foro, sin el lastre de superar el malditismo de la anterior generación, con las ganas de volver a sublimar el maridaje cultura, drogas, sexo y cervezas, con una tendencia a tomarse a uno mismo no sólo como personaje sino como materia literaturizable, con ganas de validar la frase de Billy Childish: “No tengo héroes, yo soy mi héroe”.

Analizar la literatura de un grupo de escritores sólo por su edad es una táctica tan cenutria y deleznable como apostar por la eugenesia. Pero no lo es buscar rasgos comunes en esta cara lavada de los nuevos autores. El británico Ben Brooks, la italiana Viola di Grado o los españoles Antonio J. Rodríguez, Pablo Muñoz y Luna Miguel no necesariamente estarían dispuestos a compartir una litrona o un chat a varias bandas, pero todos ellos, y algunos más, apuestan de una forma articulada, imprevisible y valiente por la primera persona en sus libros.

Hablar de uno mismo en tercera persona es un rasgo de psicopatía presente tanto en los futbolistas, como en Julio César, que murió tras una confiada resaca, o en Aída Nízar, que probablemente acabe presentando un call tv en el soportal de una plaza mayor con una gorra de Caja Rural a sus pies, pero ofrece maravillosas posibilidades si se sabe hacer bien. Y nadie mejor que ellos para explicarse. Nadie mejor que ellos para narrar las diversiones, escrúpulos o miedos de su generación. Para mirarse en el espejo.

Dos. Me miro en el espejo y soy feliz

Esto lo cantaban Parálisis Permanente. Y su visión de la autosuficiencia está también en esta nueva camada de autores, que, como escribe J. Rodríguez en su recién editada (y titánica y premeditadamente excesiva) Fresy Cool (Mondadori), “baila entre una microsociedad pop y otra sectarista, y busca desesperadamente espacios intersticiales”.

Es complicado hablar de una generación. Es tan difícil que alguien (inteligente) se reconozca en una como que admita que es: 1) pijo, o 2) moderno (siempre dirán que otro es más pijo o más moderno, en una cadena de pase de pelota que nos haría llegar a un überpijo o a un ültramoderno que encarnaría un serio problema para la humanidad).

Aun así, la apuesta por el yo es el anillo que aúna a todos estos escritores. Del mismo modo que la revista Time dedicaba su personaje en 1966 a los babyboomers menores de 25 años, reflejando así la forja de la nueva clase adolescente a través de la masificación de la contracultura, en 2006 eligió como personaje del año al TÚ. La publicación colocó en la portada una pantalla de ordenador que era un espejo. El veredicto escondía una ironía casi visionaria con algo de tributo no exento de guasa. El premio se había fallado a nuestro favor “por trabajar a cambio de nada y ganar a los profesionales en su propio juego”. Así, los nuevos jóvenes nos imponíamos en la votación a personajes con tanta miga como Ahmadineyad o Kim Jong-Il. De hecho, en 1938 se alzó con esta distinción Hitler. “Hitler pensaba todo eso porque nunca tuvo la oportunidad de escuchar a Wu-Tan Clan”, escribe Brooks en su Crezco (Blackie Books). La apuesta de Time tenía, sin embargo, un problema de base: probablemente muy pocos jóvenes se vieron reflejados en esa portada especular porque a muy pocos jóvenes les atravesaría la peregrina idea de comprar una revista en un quiosco.

Ben Brooks

Muñoz explica con mimo, contención y sabiduría sus memorias como comprador de tebeos en Padres Ausentes (Alpha Decay), una especie de versión en tiempo real del ensayo sentimental sobre Peanuts de Jonathan Franzen; Luna Miguel compagina su hiperactividad en la red, donde hace de su carne píxel y de sus letras blanco de envidias y de fans entregados e hiperventilantes, con la escritura de sus aplaudidos libros y con la edición de poemarios colectivos y generacionales como Tenían 20 años y estaban locos (La Bella Varsovia); Brooks casa sin esfuerzo aparente el cine obrero kitchen sink de la primera generación juvenil de la posguerra inglesa con series actuales como Skins, pero también con la oscura ternura fantástica de Harry Potter (“En la television dan la primera película de Harry Potter. He visto esta película más veces de las que he follado. Es una estadística que tengo que invertir. Empezaré por no verla otra vez”) y con la intensidad de un temazo de The Streets; el ilicitano Pablo Poveda se autoedita Sangre de Peperoni para explicar sus escarceos sexuales y su forja etilicosentimental, y J. Rodríguez parodia al hombre de letras de su generación, en una mezcla arriesgadísima y con un estilo felizmente resuelto de la erudición del Herzog de Bellow, el desafío cómico fálico-literario de Foster Wallace, el fraseo hip hop (una especie de F5 al jazz bebop de la Generación Beat) que marca el ritmo de toda la novela, el romance rabioso de bandoleros a la carrera a lo The Honeymoon Killers o a lo Bonnie & Clyde y la vocación de elevación plasmada por aquello de “que se joda el espectador medio” (en un párrafo bromea, con gracia innegable: “Yo sólo me comunico con gente cuyo coeficiente intelectual se aproxima a la velocidad a la que conduzco en autopista”).

Y, aquí, otro rasgo, si la generación anterior era Beck subvirtiendo los mecanismos del hip hop para cantarle a su chica en la cama que era un perdedor, ésta, nacida para perder por la crisis, sabe que ellos no han perdido nada, que sólo heredan pérdidas y que, por tanto, no tienen nada que perder en la convicción de ser ellos mismos (con sus mecanismos).

Tres. Dejemos que se expliquen

Viola Di Grado

Todo esto ya lo apuntaba hace años el preclaro Xavi Sancho en Yo soy la estrella, un artículo publicado en EP3. Allí esbozaba unos rasgos, un paso del nihilismo a cierto narcisismo, una vigorexia tecnológica y referencial, que no ha hecho si no marcarse todavía más y acceder a los lanzamientos editoriales.

La apuesta por el yo de la Generación Potter (los imagino bromeando con que son la Generación Cipóter), de la Generación Facebook, de la Generación Red, de la Generación Superyó, es quizás la nota dominante de la sintonía de sus obras. Werner Herzog escribió en sus diarios que su obra estaba destinada a “los que han viajado a pie, han mantenido el orden en un prostíbulo o han sido celadores en un asilo mental; en resumen, para los que tienen un sentido poético. Para los que pueden contar un cuento a un niño de cuatro años y mantener su atención, para los que sienten un fuego en su interior”. Bien, quizás estos zagales no hayan hecho todo eso (tampoco nosotros), pero sí sienten esto último. Y para ellos las farras de MDMA, los intentos de escribir una novela de 1.000 páginas, sus duelos de cimitarra retórica en el chat de Gmail, su (solo) aparente asepsia sentimental o sus obsesiones son suficientes. Para sus lectores, también.

Una selección de equipazo sub 25 explica a Tentaciones cómo ven esto de ponerse un espejo, a veces convexo como los de los parques de atracciones, a veces con la luz que acetrina el gesto del lavabo de un club, a veces con el del espejito de maquillaje con el que se empolvan la nariz, a veces con un espejo con marco de caoba, con madera de mueble clásico, a veces un espejo que refleja a otro espejo y a otro creando la ilusión de repetición que lleva a pensar que lo que refleja es a toda una generación.

- Ben Brooks (Gloucesterhire, 1992): “No creo que tanta gente intente escribir sobre un protagonista sin camuflar. La gente dice que Internet y las redes sociales conducen a la honestidad. Pero no es una honestidad ciega. Ayer me acosté con una chica que no podía deletrear “patata” y posteé eso en Twitter, pero luego lo quité por si lo veía y lloraba. La gente aún se guarda cosas. Es un mito extraño eso de que Internet te despoja de tu intimidad. No es cierto. Quizás de algunos detalles aburridos. Internet te permite mostrarte tal y como quieres que se te vea. Te permite ser tanto o tan poco como tú quieras, tanto física, como intelectual y emocionalmente. De veras, Internet es el perfecto camuflaje porque te puedes poner cualquier constitución, talla o color. Lo mismo en los libros. Todo es camuflaje”.

- Luna Miguel (Madrid, 1990): “Tanto en la poesía como en la narrativa de los autores que rondan mi edad hay una presencia del Yo que es casi una declaración de intenciones. Desde pequeños nos han enseñado a diferenciar nuestros egos de los de los demás con páginas y perfiles y blogs y sube tus fotos y tú tú tú tú eres único… Y, efectivamente, la poesía y narrativa que he podido conocer de entre lo que se viene haciendo ahora es una literatura muy Yoísta o muy basada en el Yo. Pero esto no es necesariamente malo, pues al igual que la finalidad de un perfil en una red social es la de “Compartir”, la de esta literatura también tiene ese carácter. No es un egoísmo solitario y pretencioso tanto como universal”.

- Antonio J. Rodríguez (Madrid, 1987): “El yo jamás ha desaparecido de la literatura. Y mis experiencias personales, como observador o como sujeto al que le ocurren cosas, son una herramienta literaria más, que yo elaboro o distorsiono según mis objetivos. Se me ocurre que una crítica habitual a este tipo de formas de hacer literatura suele ser: “Eh, ¿tan importante te crees como para soltarnos tus movidas?”. Y bueno, lo cierto es que a mí sí me interesa escuchar “las movidas” de otra gente y de ciertos libros, que por lo común suelen ser asuntos que me resultan familiares. Recuerdo que hace tiempo hablaba de esto con Eloy Fernández Porta y, si mal no recuerdo, su hipótesis es que las redes sociales no son exactamente una hemorragia incontenida del yo, sino de superyó, es decir: el material que se expone tiene unos límites muy calculados. Si alguien piensa que puede conocerme al dedillo en función de lo que posteo, sin duda alguna se equivoca. Igual ocurre con la literatura. Aunque me da a mí que la literatura sigue siendo mucho más codificadamente pornográfica y confesional que las redes sociales…

Pablo Muñoz

- Pablo Muñoz (Mataró, 1988): En su imprescindible manifiesto Reality Hunger, David Shields da una pista interesante del signo de los tiempos. ¿Cuál? Afirma, con un salero indudable, que el ensayo es la libertad: el formato del yo. La razón por la que escribí Padres ausentes es puramente estética o higiénica. La ficción es terrorífica. La primera persona no lo es. Los efectismos narrativos desde algo que conocía bien me parecían más cómodos. Y también el ensayo. Lejos de ser libertad, no lo era, era sencillamente asegurar el tiro, escribir sobre algo que me interesaba con cuidado. Es cierto que el yo se ha convertido en el centro atómico de muchas ficciones, también de la música pop. Los dos últimos discos de Bon Iver, casi confesionales. Todo eso ocurre. Y bien está. Pero la primera persona es, fundamentalmente, una garantía de control.

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