PREMIOS GOYA 2012 / CANTERA CATÓDICA

De la tele a la gran pantalla

Son actores y actrices, sin adjetivos ni clasificaciones. Ya no hay papel pequeño, ni género desdeñable. Las nominaciones para los Premios Goya de este año confirman que no hay barreras entre televisión y cine. La trayectoria de muchos de estos 26 profesionales lo demuestra

VICENTE MOLINA FOIX 17 FEB 2012 - 15:16 CET

Los actores Adrián Lastra, María León, Marc Clotet, Inma Cuesta y Michelle Jenner. / JORDI SOCÍAS

Hubo un tiempo, aún reciente, en el que a los actores españoles se les clasificaba por especies, como a las aves o a los peces. Ese afán catalogador, más propio de las ciencias naturales que del arte, se dejaba sentir sobre todo entre la gente de cine, y muy en particular entre productores y directores. Así, si alguien citaba, pensando en el reparto ideal de una película en preparación, el nombre de una eximia actriz reconocida internacionalmente (una Nuria Espert, por ejemplo) o de un actor de sólido prestigio, formado en las mejores escuelas extranjeras (del tipo de José Luis Gómez), lo más frecuente era oír como respuesta única esta frase: “Grandes actores, sí, pero de teatro. El cine es otra cosa”. Tampoco los poderes fácticos de las tablas se cortaban un pelo en sus juicios si, por el contrario, algún entusiasta de Javier Bardem o Maribel Verdú exponía no ya la intención, sino el mero deseo de poder verlos sobre un escenario. “Esos son de cine. El teatro no está hecho para ellos”.

Es posible que queden todavía, escondidos en algún despacho de las productoras teatrales o las agencias de casting, practicantes de esa zoología fantástica, desconocida en cualquier otro país civilizado, que encasilla al actor por géneros estancos; pero si quedan, la realidad, felizmente, los ha vencido. ¿Y qué ha llevado a tan notable cambio? ¿La consolidación de la democracia? ¿Viajar más? ¿El poder de Internet? Tal vez dichas razones hayan ayudado, pero yo diría que el principal causante de la caída de tales estereotipos ha sido el enemigo, el que se tenía por mayor enemigo del cine y el teatro hasta hace no mucho. La televisión. Y en concreto, el fenómeno relativamente contemporáneo del auge de las series de ficción españolas, que fue creando una gran y fiel audiencia, un volumen de producción mayor, una mejora de contenidos y formas y, con todo ello, la necesidad de nuevas caras y la búsqueda y encuentro de los mejores actores, a los que se tentaba con el dinero y el tirón popular, dos muletas muy nobles en las que se sostiene, no seamos hipócritas, el antiguo tinglado del espectáculo escénico y fílmico.

Como era lógico, esa evolución también tuvo que vencer la resistencia interna de no pocos miembros de las propias especies, acostumbrados, por comprensibles reflejos de defensa, a sacralizar las normas de la separación por castas o reinos. He sabido de primera mano, y en más de una ocasión, de la negativa de algún joven galán purista o gran dama madura a aceptar un papel importante en un culebrón de sobremesa, no solo porque en ese medio se suele trabajar con más prisa y menos dirección, sino fundamentalmente porque se sentían, y con toda legitimidad, parte de una oligarquía artística incompatible con el lumpen de base que alimenta el prime time. Hoy la mezcolanza de clases y rangos es total, y beneficiosa. Ídolos juveniles de la canción y la tele (Fran Perea) se atreven en el teatro con Séneca; el sex symbol de Los hombres de Paco, Hugo Silva, con Shakespeare; la exuberante heroína de Sin tetas no hay paraíso, Amaia Salamanca, con Von Kleist, mientras que a gente de la talla de Marisa Paredes o Mercedes Sampietro no se les caen los laureles por trabajar, sin bajar el listón de su calidad, en TV-movies o sagas de poder interminables.

Como amante del cine, pero también del teatro, solo lamento que esta transformación no llegara antes, a tiempo –por ejemplo– de que Berta Riaza, hoy retirada, o María Jesús Valdés, ya fallecida, saltaran sin sobresalto, como lo hacen los grandes actores británicos o franceses, de uno a otro formato, en un constante y fructífero viaje de ida y vuelta ininterrumpido por los prejuicios.

Quienes más aprovechan la nueva situación son los actores jóvenes de nuestro país, que fueron en muchos casos los motores del cambio y ahora protagonizan en buena medida ese trasvase de la pequeña pantalla a la grande, del cortometraje artesanal a la producción de una comedia burra o un filme de autor. Quizá en ningún otro momento de la historia de España, y pese a las crisis, se haya podido contar, como hoy, con un elenco juvenil tan amplio, que llega a la interpretación entregado y preparado, algo que desgraciadamente en otros campos de la actividad profesional no garantiza el trabajo que ellos, o una parte de ellos, consiguen.

Aceptada la premisa de que no hay papel pequeño ni género o contenedor desdeñable, podríamos hablar de otro prejuicio, asociado a los anteriores, al que también hemos sido proclives. Las categorías. Aún recuerdo la gran sorpresa (y de esto hace más de cuarenta años) que José Luis López Vázquez produjo en Mi querida señorita, la memorable película de Jaime de Armiñán, creando con sutileza un complejo papel de mujer transexual, acostumbrado como estaba el público a ver a López Vázquez de español bajito y calentón en las comedias del primer destape. Lo mismo sucedió con Alfredo Landa cuando, tras una fértil carrera en la astracanada cinematográfica, obtuvo el premio al mejor actor en el Festival de Cannes por su papel dramático de El Bajo en Los santos inocentes, de Mario Camus, y lo mismo pudo suceder para muchos espectadores con Rosa María Sardá, que parecía tener solo una irresistible vis cómica hasta que se la vio haciendo conmovedoramente en los escenarios de la Madre Coraje de Bertolt Brecht. Y no se trata aquí de señalar una excepción cultural española. Los grandes actores de todos los países y seguramente de todos los tiempos son capaces de combinar el registro sublime y el humorístico, del mismo modo que grandes pintores (Botticelli o Picasso) o grandes escritores de novela (Cervantes o Nabokov) cultivan la parodia y saben ser procaces sin perder la gravedad de su arte. Por eso se me ocurren estas preguntas: ¿hago bien en reírme ante el televisor con Carmen Machi, sabiendo cómo se le da la tragedia? ¿Es José Mota un caricato solo? ¿Y qué son Julieta Serrano y Paco León, Eusebio Poncela, Alberto Sanjuán, Emma Vilarasau y Susi Gómez, o todos esos chicos, cuyos nombres querría citar uno por uno, que le dan su gracia y su osadía a Física o química? La palabra cómicos, que no todas las lenguas utilizan en el registro que lo hace la nuestra, es el mejor eufemismo para tomarse en serio a estos artistas.

Hay momentos precisos que tienen nombre y fecha y hasta lugar de nacimiento en la pequeña historia de lo que la televisión ha aportado al renacimiento de una cultura más plural y menos arbitraria de la interpretación. Yo solo he visto alguno de sus capítulos retrospectivamente, pero conviene señalar que hace más de catorce años, cuando aún no había empezado ni Cuéntame, la televisión catalana inició con Nissaga de poder un estilo de ficción dramática popular que, al cuidado de un dramaturgo de probada calidad como Josep Maria Benet i Jornet, y con actores como Jordi Dauder, Muntsa Alcañiz, Jordi Bosch o Rosa Novell, es decir, la crema de la escuela teatral barcelonesa, sentó un precedente en la pequeña pantalla. Su éxito, sin embargo, no fue comparable al de otros dos culebrones posteriores, también creados por Benet i Jornet, El cor de la ciutat (2000-2009) y Ventdelplà (2005-2010), con los que TV-3 ha alcanzado altas cotas de audiencia y ha dado a conocer, junto a los monstruos sagrados que en ellas actuaban, a actores jóvenes, casi niños alguno, que iban creciendo capítulo a capítulo, como Michelle Jenner, Nao Albet, Oriol Vila o Nausicaa Bonnín.

El mismo crecimiento que se les ofrece a quienes siguieron, día a día o semana a semana, y hasta hace relativamente poco, los grandes clásicos teenagers de Antena 3, El internado y la ya citada Física o química, o mucho antes (a partir de 1997) la más clásica de esas series, Al salir de clase, de Telecinco, con sus 1.200 capítulos repartidos en cinco años que cambiaron el mundo del paisaje audiovisual. Una generación (o dos) de intérpretes adolescentes hoy plenamente consagrados nos contempla desde Al salir de clase, como lo siguen haciendo los actores fijos o episódicos de los dos blockbusters de TVE, Cuéntame y Amar en tiempos revueltos (ahí empezó la estupenda Inma Cuesta), y los de la serie estrella de Canal Sur, Arrayán, un longevo thriller ambientado en la hostelería en el que destacan las recientes incorporaciones de jóvenes veteranos como Liberto Rabal, Fernando Ramallo y Enrique Alcides, o de una histórica, María Garralón, que procede (como el merecidamente nominado a mejor actor secundario en los Goya 2012 Juan José Artero) de la lejana Verano azul, sobre la que hoy se escriben tesis sesudas en las universidades anglosajonas.

Unos meros apuntes acerca de los premios del cine que se dan hoy, hechos por tanto sin ánimo de influir. ¿Ignoran los que afirman que Antonio Banderas se ha convertido, solo, en una estrella de Hollywood, que el actor malagueño (a mi juicio, muy descollante en su turbio y contenido rol de La piel que habito) fue un extraordinario actor de teatro en montajes de Marlowe y García Lorca que no olvidan quienes los vieron en el María Guerrero? Y del teatro de calidad proceden otros nominados como Ana Wagener o Lluís Homar, estupendo como robot arlequinado en la logradísima Eva. Y no es caprichoso señalar que en la primera película española que vi en lo que llevamos de año, Sangre en la nieve, de Gerardo Herrero, sus magníficos actores, desde Carmelo Gómez y Juan Diego Botto hasta Andrés Gertrudix, Sergi Calleja y Víctor Clavijo, que componen con notable vigor sus más breves papeles de carácter, son, indistintamente, del teatro, del cine y de la tele.

No es verdad, como algunos maliciosos sostienen, que el actor de renombre hace televisión cuando llega a viejo, o teatro, si es una estrella, cuando el cine se olvida de su nombre. No ha sido así fuera de España, sobre todo desde que la televisión por cable norteamericana empezó a atraer, con sus series serias, a las grandes figuras de Broadway y Hollywood, y tampoco es así ahora en España, donde actuar en tiempos revueltos se ha convertido no ya en una forma de supervivencia, sino en una afirmación del ilimitado campo de la excelencia.

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