62ª Berlinale

Excelente cine de época en la danesa ‘Un asunto real’

El crítico de EL PAÍS analiza un filme del cineasta danés Nikolaj Arcel

Considera que la historia está narrada con "con inteligencia, complejidad y sutileza"

Un fotograma de 'Un asunto real'

El creador más puro e impresionante que tuvo el cine danés, un tal Carl Theodor Dreyer, no dejó discípulos en su universo y lenguaje intransferibles, aunque es probable que el sueco Bergman viera muchas veces sus películas. Lars von Trier no se ha limitado a imponer su transparente sello en sus insólitas y provocadoras películas, independientemente de que a veces me provoque admiración y en otras el ataque de nervios, sino que también se inventó el movimiento Dogma, que a pesar de la fe perruna que imponen las iglesias, descubrió algún director heterodoxo y con talento. Y existe una realizadora danesa, Susanne Bier, dotada de un notable poder de comunicación para expresar con complejidad los sentimientos en historias de gente herida, constatable en Después de la boda, Brothers, Cosas que perdimos en el fuego y En un mundo mejor.

Del director danés Nikolaj Arcel no tenía referencias y tampoco creo haber visto su nombre entre la parroquia del gurú Trier. A estas extenuantes alturas de la grisácea Berlinale que anuncien una película danesa ambientada en el siglo XVIII y que relata intrigas palaciegas, inicialmente no te anima a dar saltos de alegría. Sin embargo la sorpresa es importante. En Un asunto real te resulta imposible desentenderte de lo que ves y escuchas en la pantalla, pasa muy deprisa a pesar de su larga duración, tiene el aroma del mejor cine de época, es junto a la alemana Bárbara lo más estético, duro y emotivo que me ha ofrecido la olvidable sección oficial.

Nicolaj Arcel rueda con el pulso de un clásico una terible historia

Nikolaj Arcel rueda con el pulso de un clásico la terrible historia de una arruinada noble inglesa que acepta casarse con el rey de Dinamarca, individuo violento, desquiciado y patético al que una corte corrupta maneja políticamente mientras que le ríe sus salvajes excentricidades. La aparición de un médico prusiano, que no solo cura al monarca sus males físicos y atenúa los psicológicos, sino que gana su confianza y su amistad hasta el extremo de que este le imponga como jefe de gobierno, supondrá una peligrosa revolución para los intereses de los aristócratas. Ese presunto advenedizo resulta que es un exponente modélico de las aspiraciones del siglo de las Luces, comprende y ama la Ilustración, sus autores de cabecera son Voltaire, Rousseau y Diderot, va a prohibir la censura, pretende que el pueblo también pueda acceder a las vacunas contra las muchas modalidades de la peste y a la sanidad gratuita, restringirá los brutales impuestos que los campesinos deben de pagar a la corona, abolirá la institucionalizada tortura, recortará los privilegios de los nobles, se convertirá en la bestia negra del oscurantismo, las tradiciones más injustas y el inmovilismo egoísta. Su autoridad será plena mientras que el ciclotímico rey siga enamorado de su humanista Rasputín. El problema insalvable radica en que este político idealista y pragmático se enamora de la reina y es correspondido por ella. Todo está dispuesto para la conjura y la venganza de los ricos contra el audaz e ilustrado forastero que pretendía alborotar el sagrado estado de las cosas. Los asuntos del corazón van a hacer vulnerable a la revolución, habrá una sucesión de tragedias en las que los humillados villanos utilizarán la mezquindad y la estratégica manipulación de la plebe.

POR EL PUEBLO SAHARAUI. Hijos de las nubes, el documental dirigido por Álvaro Longoria y producido por Javier Bardem, se presentó ayer en la Berlinale. Bardem, que también conduce el filme, dijo: “Vemos el Sáhara como la llama que encendió la primavera árabe”, e insistió en el sufrimiento de este pueblo olvidado. / ANGELIKA WARMUTH (AFP)

Esta triste historia está narrada con inteligencia, complejidad y sutileza, sin recurrir al melodrama ni al maniqueísmo facilón, con fuerza visual y expresiva. No sabemos si el guión se permite demasiadas licencias sobre la verosimilitud histórica, pero su desarrollo de esta batalla perdida entre el poder absolutista y la razón, entre la conservadora oscuridad y la sed de justicia es apasionante.

La calidad de Un asunto real es la milagrosa excepción en otra jornada muy pobre. La película alemana Mercy, dirigida por Mathias Glasner, empieza con la huida existencial de un matrimonio en crisis a la larga noche polar de Noruega. Esa oscuridad ambiental que dura meses no creo que sea la geografía más adecuada para salir de la depresión, pero lo peor es que el tenebroso estado de ánimo de esa pareja no provoca la menor empatía en el espectador. Los personajes son tan agobiantes y antipáticos como la negrura permanente del paisaje que les rodea. Y cuando pasan los meses y comienza a aparecer la luz, tampoco sirve para que se ilumine tu anterior modorra. Otra película tan espesa como inútil, pero preferible en cualquier caso a la inenarrable pesadez y confusión que acompaña a la húngara Just the wind.

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