REPORTAJE

La verdad y el estilo

La narrativa periodística latinoamericana vive un momento de esplendor.

Dos antologías certifican la vitalidad de un género impulsado por revistas y editoriales

El fotógrafo guatemalteco de tan solo 15 años realizó esta fotografía que pertenece a la ONG Fotokids. / MIGUEL LOARCA

Si darle nombre a un hecho, a una cosa, a un fenómeno, es traer ese hecho, esa cosa, ese fenómeno al mundo, hubo un tiempo en que nada de lo que existe existía. Un tiempo —no tan remoto: 1996, 1997— en el que no existían los llamados “cronistas latinoamericanos” (ni revistas que los publicaran, ni antologías que los antologaran) y en el que la palabra “crónica” se usaba, en los países de América Latina, para mentar las más diversas cosas —los despachos urgentes, las notas policiales, las columnas—, pero en pocos o en ninguno designaba lo que hoy se conoce como tal: historias de no ficción que requieren largos trabajos de campo y que se narran utilizando recursos formales de la literatura de ficción. Hubo un tiempo, no tan remoto, en el que no había cronistas ni crónicas sino periodistas dispersos que, en medios que solo a veces coincidían con aquellos en los que trabajaban para ganarse el pan, escribían artículos —a los que llamaban, precisamente, artículos— que se parecían más a una pieza de nuevo periodismo norteamericano que a una noticia de periódico, inspirados, probablemente, en aquellas formas gringas y en algunos referentes latinoamericanos (Juan Villoro, Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós, por nombrar a los más evidentes) que habían insistido en cultivar ese género multinominado (cuyos orígenes no intentan repasarse aquí) con tozudez y empeño. Después, hace poco más de quince años, algunas cosas empezaron a pasar. A mediados de los noventa, en Cartagena de Indias, bajo la tutela de Gabriel García Márquez, apareció la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que propició talleres bajo la guía de autores como la mexicana Alma Guillermoprieto o el argentino Tomás Eloy Martínez. Siguió, a eso, el surgimiento de revistas —las colombianas Gatopardo, El Malpensante, SoHo, y la peruana Etiqueta Negra—, que comenzaron a publicar a aquellos periodistas dispersos, y a sus referentes tozudos, y dibujaron el mapa aún borroso de un futuro que nadie veía venir. Apenas antes o apenas después, o incluso durante, aparecieron las revistas argentinas Rolling Stone y Latido y las chilenas Fibra y The Clinic, que siguieron el mismo camino. En 2001, la FNPI lanzó la primera edición del Premio Cemex-FNPI para trabajos periodísticos de este tipo. Ya entrado el siglo XXI surgieron Marcapasos en Venezuela, Pie Izquierdo en Bolivia, Lamujerdemivida en Argentina, y revistas más tradicionales como Sábado y Paula, de Chile, y Letras Libres, de México, reforzaron sus contenidos del género. En 2010, la Universidad de Guadalajara y la Escuela de Periodismo Portátil, del chileno Juan Pablo Meneses, lanzaron el Premio Las Nuevas Plumas, destinado a periodistas jóvenes. Y en algún momento la palabra “crónica” aterrizó como el dios nominador de todos esos textos, y “cronistas” fue el nombre que se usó para mentar a quienes los escribían.

Si las casas editoriales de Latinoamérica mostraron, ya a mitad de la década pasada, interés por reflejar esa producción, ahora el género —al que algunos prefieren llamar periodismo narrativo— parece haber despertado el interés de las editoriales españolas: a la colección Crónicas, de Anagrama, se suman La Ficción Real, de Debate; títulos en editoriales independientes como Libros del K.O.; y las apariciones de Antología de crónica latinoamericana actual que, a cargo del colombiano Darío Jaramillo Agudelo, publica Alfaguara y reúne a 48 autores latinoamericanos, y Mejor que ficción que, a cargo del español Jorge Carrión, publica Anagrama y reúne a 21 autores hispanoamericanos. A todas esas cosas que pasaron, que pasan, algunos las llamaron auge, otros las llamaron boom, y otros no quieren ni oír hablar. ¿Qué es lo que pasa, si es que algo pasa, con la crónica en Latinoamérica?

Una crónica es una historia de no ficción que requiere trabajo de campo y se narra usando recursos de la ficción

—A fines de los ochenta había muy poco espacio, por no decir ninguno, para publicar, dice el argentino Martín Caparrós, cuyo trabajo sostenido dentro del género y su libro de crónicas seminal, llamado Larga distancia (Planeta, 1992), inspiraron a muchos periodistas de la generación siguiente. Ahora es más fácil, gracias a ese succès d’estime, ese éxito de un fracaso, de la crónica. Es un éxito que no incluye el que los editores, que deberían buscar este tipo de textos para sus medios, lo hagan. En los medios sigue siendo difícil publicar crónicas. Ese éxito de corrillo hace que se haya vuelto un género prestigioso, y que haya editores que quieran tenerlo en sus colecciones. La FNPI se las arregló para producir una generación de periodistas que sabían que lo que hacían no era muy atractivo, pero sospechaban que había una especie de más allá que sí lo era. Los talleres de la fundación mostraban la posibilidad de ese más allá. Ese trabajo se complementó con el de las revistas. Y entre todo esto se armó el mito de la crónica. Eso, para los que la escriben. Habría que ver si cumplen alguna función para los que la leen, si es que alguien las lee.

Jaime Abello, director general y cofundador de la FNPI, dice que cree que, si hubo alguien que fue asertivo en señalar que había que trabajar propiciando la crónica, fue García Márquez.

—La fundación nació con ese mandato. Empezó en abril de 1995 con un taller que se llamó Taller de Crónica, con Alma Guillermoprieto. En los últimos 15 años se han creado revistas, no se ha parado de producir crónica, y empezaron a publicarse más libros. Pero aunque la crónica ha ganado más mercado, sigue siendo de nicho. ¿Eso significa que no pasa nada? No. Aquí hay algo. Pero es producto de un trabajo sostenido. Ahora estas editoriales españolas hacen antologías y cuando se hacen antologías es porque hay un campo y un reconocimiento.

"Puede que el nuevo 'boom' latinoamericano se esté dando en forma de periodismo", dice el director de 'El Malpensante'

Margarita García Robayo es colombiana y fue coordinadora de proyectos de la FNPI. Ahora vive en Buenos Aires, donde es directora ejecutiva de la Fundación Tomás Eloy Martínez, creada por voluntad del escritor y periodista argentino con el fin de apoyar la obra de ficción y no ficción de autores de Latinoamérica.

—La FNPI, dice, instaló referentes contemporáneos y latinoamericanos, y además dijo: “Esto se llama crónica, y la hacen estos tipos y se puede hacer así”. Al nombrarlo, le dio un estatus. Pero creo que si hay un boom se restringe a gente que escribe periodismo, y que los buenos siguen siendo los de siempre. No hay mucho recambio.

En 1999 surgió en Colombia, con alcance continental, la revista Gatopardo, fundada por Miguel Silva y Rafael Molano, que mezcló firmas de fuste con las de quienes formarían la nueva generación de cronistas latinoamericanos.

—Nuestra obsesión por crear una revista dedicada a la crónica, dice Molano, que hoy reside en México, donde dirige la revista GQ, nació, sobre todo, al ver el desolador panorama que existía en nuestra región, con grandes excepciones personales. Ante la ausencia, que yo sepa, de otros medios interesados en el asunto, fuimos pioneros en emocionar a lectores y periodistas ante la idea de leer y escribir buenas historias. Ahora la crónica tiene sentido para muchas más revistas.

Mario Jursich es director de El Malpensante, una revista que tanto puede publicar un perfil sobre el compositor de vallenatos Emiliano Zuleta como dedicar una edición entera al diario de una joven médica colombiana en Afganistán.

Imagen de la ciudad de Tijuana, México, tomada en 1991. / ALEX WEBB (MAGNUM)

—Hacia 2003 había conciencia de que la crónica estaba pasando por un momento de auge, pero la teníamos quienes hacíamos revistas, los practicantes del género y un grupo de lectores pequeño. Es solo ahora que el público general empieza a darse cuenta de que la crónica está viviendo una época de oro. Aunque algunos diarios nunca han dejado de publicar crónicas, lo cierto es que el periodismo narrativo es un género de revistas. En contraste, los grandes medios le han dado la espalda, lo cual revela hasta qué punto ha llegado la desconexión de las majors con el rumbo de su oficio.

El colombiano Alberto Salcedo Ramos es autor de El oro y la oscuridad (Debate, 2005), y La eterna parranda (Aguilar, Colombia, 2011). Él, como otros de su generación, aprendió el oficio de forma casi cerril.

—Quería contar historias, pero no tenía maestros. En aquellos años el cronista era visto como alguien perezoso, mientras los demás miembros de la familia sudaban la gota gorda para cumplir la cuota informativa diaria. Yo no estoy seguro de que esa percepción haya cambiado. Pero muchos creemos en el valor literario del género y no pensamos que sea un oficio menor, un trampolín para después volar hacia instancias más altas.

Gabriela Wiener es peruana, autora de dos libros —Sexografías (Melusina) y Nueve Lunas (Mondadori)—, y vive en Madrid donde trabaja como editora de Marie Claire.

Etiqueta Negra fue mi escuela. Allí ponían tu nombre junto al de Villoro y Jon Lee Anderson en la portada e intuías que eso tendría consecuencias. Fue como una inversión a futuro, porque colaboramos por amistad y por fe, gratis. Este puede ser un momento dulce, en el que aparecen estas antologías, pero hay menos espacios y menos dinero. Yo vivo de mi trabajo en Marie Claire y gracias a eso de vez en cuando puedo permitirme escribir una crónica.

Elfaro.net es un periódico digital que se hace desde El Salvador. Allí, coordinando un equipo de investigación que tiene el auspicio de The Open Society Foundations y Catholic Organisation for Relief and Development Aid, trabaja Óscar Martínez, autor de una serie de historias —sobre inmigrantes indocumentados centroamericanos en México— que, en 2008, formaron el proyecto En el camino.

—Los medios pagan tarde, y suelen creer que te hacen un favor publicando tu sueño de escribir mucho. Pero en Elfaro encontré un medio al que solo le interesa la calidad del periodismo y pedimos dinero a organismos que empiezan a creer que la información vale tanto como la alimentación de campos de refugiados.

Daniel Samper Ospina, director de la colombiana SoHo, ha propiciado proyectos de largo aliento (como el perfil del cantante de vallenatos Diomedes Díaz, que le tomó años a Alberto Salcedo Ramos), y no dudó en dedicarles 40 páginas cuando hizo falta.

—Hay más jóvenes escritores que ya no piensan en escribir una novela sino en hacer grandes crónicas, porque han surgido espacios. Pero los vicios de los jóvenes escritores de periodismo literario son, a veces, querer engendrar textos que tengan más de literario que de periodismo y la fácil confusión, que advierte muy bien Caparrós, de hacer textos no en primera persona sino sobre la primera persona.

El mexicano Guillermo Osorno tomó la dirección de Gatopardo en 2006 y, en 2008, debió renunciar a su distribución continental, pero, como parte de los avances y retrocesos que forman parte del periodismo latinoamericano, la revista tendrá, desde febrero, una edición ecuatoriana.

—Hay una nueva generación de periodistas que se formaron leyendo estas revistas, y de editores que inventaron un oficio que no existía, dice. A su vez, esos cronistas se han volcado de lleno al periodismo narrativo, no escriben crónica entre novela y novela. Pero ¿sabes para mí qué sería el signo inequívoco del boom? Sentarme con las patas encima de mi escritorio a esperar a que lleguen a mi cuenta de correo textos arrebatadores, después de que los autores estuvieron con toda calma investigando sus temas, y poder pagar lo justo por esos textos. Y no. Pero sí veo una confluencia de voluntades por hacer periodismo narrativo. Es probable que el gran catalizador haya sido la FNPI y las revistas.

—El espacio para publicar se ha reducido a tal grado que ya solo queda ese interés repentino por la crónica en España, dice el mexicano Fabrizio Mejía Madrid, autor de, entre otros libros, Días contados (Debate, 2012). Lo que nosotros hacemos —ir al lugar, hablar con los entrevistados— parece un oficio inútil en el periodismo virtual. Somos los epiloguistas del contacto sin mediaciones. Hoy “contactar” es escribir un correo. El hecho de que hayamos pasado de los periódicos a los libros no sólo señala un repentino prestigio, sino una angustia por preservar la historia del instante que ya nos ha pasado.

—Escucho que ya no hay lectores para este tipo de textos, dice Patricio de la Paz, editor del suplemento El Semanal, que empezó a salir en 2011 con el periódico chileno La Tercera. Pero si no hacemos un periodismo que enseñe a la gente a reencantarse con leer textos de largo aliento, nunca tendremos ese público. Hay que invertir en narración hasta crear el hábito.

—Creo, en todo caso, que hoy gozamos de cierto prestigio, dice Salcedo Ramos, pero la idea de pertenecer a una corriente que quizás fue transgresora y que se ha convertido en una fiebre generalizada no me resulta estimulante. Me preocupa que quienes se arriman hoy al género tengan la actitud de quien practica un deporte de moda.

—Sí veo un interés mayor por ser autores de crónica, pero me da miedo la endogamia, que nos estemos leyendo entre nosotros, dice Cristian Alarcón, periodista chileno que vive en la Argentina, autor de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia (Norma, 2003) y Si me querés, quereme transa (Norma, 2010). A veces pienso si esa hiperinflación sentimental de la crónica produce una moda. La crónica aparece como lo que hay que hacer para tener prestigio.

—En el Premio Las Nuevas Plumas hemos recibido más de trescientas crónicas inéditas, dice el chileno Juan Pablo Meneses, fundador de la Escuela de Periodismo Portátil y autor de Hotel España (Iberoamericana). Ahí está el auge. El financiamiento, el sitio donde publicarlas, el pago, puede ser un fracaso, pero no tiene que ver con la esencia de contar una historia real, sino con la parte administrativa.

Sin embargo, esa parte administrativa es, para muchos, no una entelequia fantasmal sino la respuesta esquiva a la pregunta insoluble de por qué deben ocuparse en trabajos que detestan para poder hacer, cada tanto, lo que les gusta, ya que, aunque hay revistas que pagan bien, los cronistas latinoamericanos suelen llevar a cabo sus proyectos personales gracias a los malabares del multiempleo.

—La precariedad siempre ha sido la forma en la que hemos trabajado los latinoamericanos, dice Caparrós. Siempre tuve claro que si uno quería hacer eso se lo tenía que buscar por su cuenta, que nunca era aquello para lo cual te contrataba un medio grande.

El título de la antología de Anagrama, Mejor que ficción, y la frase de contraportada de la de Alfaguara —“la crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy día en Latinoamérica”— recogen un postulado que se repite: que la no ficción hispanoamericana produce, ahora, formas y relatos más interesantes que la ficción.

—La industria editorial, dice Mario Jursich, está atravesada por la esperanza de que surja un grupo de autores que reemplace a los del boom. Y no advierten que es posible que el segundo boom esté frente a ellos, pero en forma de periodismo. El periodismo narrativo ha traído unos ritmos, un punto de vista y unos tonos que pueden causar el mismo asombro maravillado que se tuvo en los años sesenta con aquellas novelas.

—Yo no creo que sea así, dice Martín Caparrós, pero si hubiera novelas con mucho peso circulando no se podría siquiera decir eso. La enunciación de esa idea tiene que ver con que no hay grandes novelas dando vueltas.

Si hay varias revistas latinoamericanas dedicadas al periodismo narrativo hubo, también, proyectos con suerte diversa. Pie Izquierdo, que dirigía Álex Ayala en Bolivia, se sostuvo por ocho meses hasta que sus fundadores se quedaron sin un peso. La venezolana Marcapasos nació en 2007, y tuvo 10 ediciones antes de retirarse al espacio digital por falta de anunciantes.

—Ese llamado de la FNPI a mejorar el periodismo latinoamericano, dice una de sus fundadoras, Sandra Lafuente, ha recibido una contestación que continúa en la testarudez por sacar nuevas publicaciones con pocos recursos, como bien sabemos hacer las cosas en Latinoamérica, donde eso que ahora en Europa llaman crisis ha vivido con nosotros durante generaciones.

En 2011, el argentino residente en España Hernán Casciari lanzó la revista Orsai; el periódico mexicano El Universal comenzó a editar el suplemento Domingo; el chileno La Tercera, El Semanal, y en abril verá la luz Anfibia, una publicación digital que dirige Cristian Alarcón, todos proyectos dedicados al periodismo narrativo, a los que se suma Radio Ambulante, que lleva, al formato de la radio, la estética de la crónica. Pero en España no parece haber muchas iniciativas de este tipo, más allá de excepciones como las redes Periodismo Humano y FronteraD y algunos medios tradicionales que siguen haciendo lugar al género cada tanto.

—Es probable, dice Martín Caparrós, que la crónica sea un recurso de sociedades que se ven más en formación que una sociedad como la española, que en los últimos años se creyó tan hecha, tan completada. Quizás por eso los españoles no hagan mucha crónica. La crónica es un intento de entender una cosa muy turbulenta, en el sentido de que los rápidos de un río te dan la sensación de que hay mucho más que mirar que cuando un río discurre plácido.

Quizás esa misma sobreabundancia de conflicto incida en la que muchos señalan como una de las mayores falencias del periodismo narrativo latinoamericano: su habilidad para abordar temas relacionados con la violencia y lo freak que contrasta con su casi absoluta indiferencia por temas relacionados con el poder o cualquier forma de felicidad.

—La crónica de los últimos años se ha convertido en un bestiario poblado por criaturas exotizadas, dice Boris Muñoz Boris, venezolano, autor de Despachos del imperio (Mondadori). Es sorprendente que una generación que ha tratado de sacudirse los lugares comunes del realismo mágico y el boom termine sucumbiendo ante ellos.

—Lo que debe alucinarlos es que escribimos como si escribiéramos desde Marte: las revistas europeas nos pedían textos de Etiqueta Negra, y siempre eran sobre los personajes más freaks, dice Daniel Titinger.

Titinger es peruano, autor de Dios es peruano (Planeta, 2005) y del incipiente Cholos contra el mundo (Planeta, 2012). Ahora dirige el periódico deportivo Depor pero fue, durante dos años, editor de Etiqueta Negra, donde complementaba un sueldo de 300 dólares con trabajos varios.

—No hay nuevos autores y los más jóvenes creen que se trata de conseguirte al tipo más loco del mundo y escribir sobre él de la forma más parecida a un poema posible. Y si hablamos de lo económico, bueno… Pero lo extraño es que queremos seguir haciéndolo. Yo tengo un trabajo que implica 12 horas al día, y aun así quiero seguir contando historias. Escribir una crónica te provoca estrés, no duermes, te obsesionas, pero es lo que te hace feliz. Y no escribes por dinero ni por fama. Escribes para no estar triste. 

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