El cine pierde aliento poético

Con la muerte de Theo Angelopoulos, atropellado por una motocicleta en Atenas, se extingue una de las miradas más particulares de la filmografía occidental

Una imagen de Theo Angelopoulos en Berlín en 2009. / Sean Gallup (Getty Images)

Como los antiguos poetas trágicos griegos, Theo Angelopoulos trabajaba en trilogías. Lo hacía no solo por la necesidad de abarcar todo lo que quería contar sino (y esto era lo importante) por la necesidad que tenía de entender lo que contaba. Comprender una dictadura le llevó a la Trilogía Histórica e intentar aprehender el sentido de la vida le condujo a la Trilogía del Silencio: Viaje a Citera (1983), El apicultor (1986) y Paisaje en la niebla (1988).

Un aliento épico, lírico y trágico empujaba el cine de Angelopoulos, fallecido el martes en su país, Grecia, donde la noticia estremeció a un pueblo vapuleado. Angelopoulos, de 77 años, el más profundo e inteligente embajador vivo de su cultura, había sufrido un accidente mortal cuando decidió cruzar de forma imprudente un túnel de circunvalación del barrio de Drapetsona, cerca de Atenas. Allí iba a filmar algunos planos de su última película, El otro mar, que venía a completar su última trilogía, iniciada en 2004 con El prado en llanto y, en 2008, con El polvo del tiempo. Un motociclista (policía fuera de servicio) le arrolló cuando atravesaba la carretera por un túnel prohibido para los peatones. El golpe no solo dejaba inacabada su última reflexión sobre la crisis y el estrepitoso fracaso de nuestra sociedad, sino que cerraba de forma abrupta la puerta de esperanza que siempre abría su cine.

Ante la inesperada noticia, el ministro de Cultura, Pávlos Yerulános, proclamaba la “extraordinaria” importancia para la cultura griega de un director que creía en el cine como una forma absoluta de arte. “Es un punto de referencia para quienes aman el cine en el mundo entero y para cada persona que busca en el arte estímulos para pensar y sentir”, declaró.

Tonino Guerra, guionista de Amarcord, de Fellini, y de El eclipse y Blow up!, entre otras muchas de Antonioni, trabajó durante años al lado de Angelopoulos. Ayer, a sus 92 años, se confesaba destruido por la noticia. Para él escribió La mirada de Ulises, Paisaje en la niebla o La eternidad y un día (con la que el cineasta logró la Palma de Oro en Cannes en 1998). “Theo era un gran poeta de la historia, un griego antiguo”, señalaba desde su casa en Pennabilli, en la provincia de Pesaro.

Angelopoulos era un cineasta comprometido y obsesionado con la búsqueda de sus orígenes, ya fuera en la curtida piel de un cineasta que recorre los Balcanes con la esperanza de recobrar la inocencia de su primera mirada (Harvey Keitel en La mirada de Ulises) o en la de dos hermanos (una adolescente y un niño) embarcados en la búsqueda de un padre (Paisaje en la niebla) que por supuesto no encuentran. Un padre que para él era el principio y el final de todo, un árbol en medio de la nada al que los niños abrazan en uno de los planos más estremecedores de la historia del cine o un misterioso fotograma vacío al que el niño se aferra obsesivo como si escondiera la única respuesta posible. En el fondo, Angelopoulos, como tantos grandes cineastas, solo hablaba de sí mismo, y en busca de un padre, o si se quiere, de un Dios, encontró el cine.

“Sí, yo soy de esos cineastas que siempre hace la misma película”, reconocía en los noventa a este periódico. Una idea que llevó más lejos en otro encuentro, de 2009, con la revista mexicana Tempestad y en la que explicaba por qué en sus películas los personajes siempre viajan: “Los griegos siempre han sido un pueblo en movimiento. El primer texto escrito de Occidente es La odisea de Homero, un largo viaje de vuelta. Todos los periplos de mis películas provienen de una raíz común. En un punto de La mirada de Ulises se hace referencia a un verso de un gran poeta griego, Seferis: ‘Al principio fue el viaje’. Mis imágenes nacen de esos viajes. Es como si fuera un itinerario hacia la imagen, pero también lo es de la imagen a la realidad y la historia. Este flujo bidireccional es lo que suele alumbrar el material de mis películas. Son movimientos de emigración sucesiva en un contexto poético. En el camino te pierdes y terminas solo, atraviesas todas las versiones, de la más literal a la más metafórica, del viaje de vuelta al viaje utópico, hacia un ‘allí’, hacia ‘otro lado’ o hacia ‘ningún lado”.

Seguir los pasos de Angelopoulos en ese viaje no siempre era sencillo. Ni para los espectadores ni tampoco para sus colaboradores. El cineasta recordaba con sabor agridulce su trabajo con Harvey Keitel, cuya filiación al Método provocó fuertes choques durante el largo y engorroso rodaje por Rumanía y los Balcanes de La mirada de Ulises. Pasado el tiempo, Keitel le llamó y a su lacónico modo se disculpó a sí mismo, y de paso, dio un nuevo argumento a todos los que han encontrado en la obra de este infatigable cineasta griego una forma de resistencia frente al intratable mundo que nos acecha: “Theo no siempre te entiendo, pero siempre te siento”.

 

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