Crónica:

Apabullando, que es gerundio

Rihanna despliega un espectáculo dinámico aunque poco imaginativo en un Palau Sant Jordi de Barcelona que claudica ante la diva

LUIS HIDALGO Barcelona 15 DIC 2011 - 00:13 CET

La cantante Rihanna, en un momento de su concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona. / KAREL LANDA

Sólo con apagarse las luces bastó para que el griterío estallase como en el final de un concierto. Eran las 21:39h y en dos segundos las 18.000 personas que en la noche del miércoles llenaban el Palau Sant Jordi barcelonés olvidaron la media hora larga de retraso. O si no lo querían hacer, el enorme estruendo que brotó del escenario provocó que no escucharan ni sus propias ideas. Un retumbar de tráiler de película de tortas y tiros apagó el griterío del público mientras cuatro enormes esferas que dominaban la escena comenzaron a vomitar escenas de la diva, despeinada como marcan los cánones de tigresa al acecho. El sonido iba en aumento hasta que de la parte trasera de la escena emergió una estructura en la que viajaba la estrella. Sí, era Rihanna y el show se iniciaba. Cegador.

Tras demoler los tímpanos del Sant Jordi en pleno con su primera canción, Only girl (In the world), Rihanna ya estaba en una especie de bikini multicolor étnico-carioca, pongamos por caso, rematado con unos zapatos también multicolores y de pronunciado tacón. Sus bailarines, vestidos con los colores del parchís, daban saltitos como fascinados por lo que protagonizaban, mientras el personal le daba al disparador de las cámaras intentando encerrar en una pantalla la enormidad de lo que veían y sentían.

Con los bailarines ya desaparecidos, el público reparó en que los músicos, con aire de estar castigados, ocupaban un anónimo rincón del enorme y diáfano escenario. Había tantas cosas que mirar que la ausencia de ejecutores musicales apenas tenía relevancia. Sólo en el lastimoso, por rockero, solo de guitarra de Shut up and drive, tercer tema tras otro ensordecedor Disturbia, se evidenció la presencia de músicos.

Sorpresas

Y la cosa no paraba. Tras acabar el tercer tema Rihanna, aún aupada en sus zapatos, ocupó la boca del escenario para contonearse con el inicio dancehall de Man down, haciendo de paso que, nobleza obliga, el bajista y el guitarrista saliesen del oscurantismo de su posición en el rincón. Rihanna, todo maquillaje y cabello ondulado como esculpido en mármol, atacó el tema de raíces reggae con convicción vocal aunque con cierto estatismo, restando poderío a una canción que lo suda. Como final, desaparición de la estrella en un boquete situado en el mismo centro del escenario. ¿Cuál sería la siguiente sorpresa?

Pues fue una versión de Prince, Darling Nikki, cantada con Rihanna vestida con traje chaqueta de aire masculino y franqueada por un grupo de bailarines surgidos de las mismas tripas del escenario. Sin solución de continuidad ya sonaba S&M con Rihanna de nuevo en paños menores y un cierto tono sadomaso evidenciado por las cadenas que ceñían un pie y una de sus muñecas. Si la cosa era no dar respiro, desde luego Rihanna consiguió su propósito. Nadie apartaba los ojos del escenario, dominado por las cuatro pantallas con forma de lámpara de quirófano y por las otras cuatro que vomitaban imágenes cuyo efecto era conseguido más por acumulación de estímulos que por calidad en el diseño visual. Rendir por apabullamiento pareció la consigna de la noche.

El primer remanso llegó con Skin, una balada idónea para que Rihanna se sentara en el escenario y luego, aún en paños menores, simulase poseer a uno de sus bailarines, que, claro está, se dejó. Otro solo de guitarra, que Rihanna se perdió engullida por una de las múltiples trampillas del escenario y se entró en compás de espera. El solo duró tanto que la estrella podría haber salido vestida de Pompaduor, peluca espolvoreada incluida, pero en Raining men compareció con un vestido metálico y sentada sobre un cañón...rosa. Monísimo. Ya se entraba en la zona rhythm and blues del concierto, de forma que el ritmo aumentó su protagonismo en medio de un sonido poco definido, a esas alturas ya se podía pensar un poco, y una idea de espectáculo que entonces comenzó a parecer no especialmente imaginativo. Todo bien hecho, sí, pero también transmitiendo la sensación de que nadie se había exprimido la imaginación para lograr algo más que plataformas móviles, bailarines de goma, vestuario chocante, sexualidad de franquicia molona y un sinfín de efectos para aturdir.

Lo que sí resultó ejemplar en comparación de muchas otras divas del pop y del rhythm and blues, fue que el ritmo del concierto no se resintió en casi ningún momento, y los temibles momentos de remanso para que Rihanna se pusiese nuevos trapitos apenas se dejaron sentir. Ahí sí que la cantante de Barbados dio un ejemplo de cómo estructurar un espectáculo. Ni la incorporación de baladas como Unfaithful, cantada con vestido de noche, quebraban una progresión que enlazó éste tema con la resultona Hate that I love you. Hasta el final del concierto se sucedieron los temas más populares de la estrella, no especialmente dotada para el baile pero dueña de una garganta francamente robusta. Así, entre el delirio de un público de corte muy juvenil cayeron entre otras, California king, Pon de replay, Cheers, Don't stop the music, Love the way you lie o la incombustible Umbrella. Entretuvo.

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