Necrológica:

Pradera

JUAN LUIS CEBRIÁN 20 NOV 2011 - 15:04 CET

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Al borde del abismo, último artículo de Javier Pradera

Conocí a Javier Pradera un día de invierno a comienzos de los años sesenta. Era todavía responsable del clandestino Partido Comunista para la Universidad y mi amigo Julio Rodríguez Aramberri, que militaba conmigo en una confusa facción progresista demócrata cristiana, había enlazado con él para ver de colaborar con su grupo. Quedamos citados a mediodía en una terraza de las que entonces proliferaban en la Castellana. Fue una entrevista difícil. Javier parecía desconfiar de nuestras intenciones y durante largo tiempo nos sometió a un preciso interrogatorio sobre las mismas. Cuando se levantó para despedirse nos dijo: "Volveremos a vernos, pero tened en cuenta que os causaré problemas". Pasaron 15 años antes de que nos volviéramos a encontrar en los albores fundacionales de EL PAÍS. Nunca me causó problemas y sí, en cambio, me ayudó a resolver muchos.

Javier abandonó el partido poco después de aquel encuentro, en compañía de Jorge Semprún y Fernando Claudín, como consecuencia de sus diferencias con Santiago Carrillo. Años antes había pedido la baja en el Ejército, después de los sucesos de 1956, cuando una operación de la policía desarticuló gran parte del aparato comunista en la clandestinidad. Él era teniente jurídico, y portaba un apellido resonante en los círculos del franquismo. Su padre había sido un "mártir de la Cruzada", su tío era un diplomático considerado, su suegro Rafael Sanchez Mazas, falangista e intelectual orgánico del régimen. Los militares encontraron engorroso que un personaje así fuera a la cárcel por comunista. Cuando fue detenido exhibió su condición profesional y se negó a declarar ante la policía política, pidiendo hacerlo a sus superiores castrenses. Escapó así de la tortura. Durante años fue uno de los enlaces en Madrid de Federico Sánchez, el alias de Jorge Semprún como enviado especial de Carrillo. Se veían en los más variados lugares. No pocas veces en casa del sacerdote Jesús Aguirre, que acabaría sus días como Duque de Alba, y otras muchas en el Estadio Bernabeu, donde combinaban la conspiración con la hinchada. Javier fue por esa época una leyenda entre los jóvenes estudiantes descontentos con la dictadura.

A EL PAÍS llegó de la mano de Jesús Polanco y Pancho Pérez González. Desde el primer día mostró un entusiasmo indescriptible por colaborar en los trabajos del periódico. Era uno de los intelectuales más sólidos que nunca he conocido, hombre de vastísima cultura y con una formación jurídica de una solidez incomparable. Tras su abandono de la clandestinidad política se había dedicado a Alianza Editorial, de cuya mítica colección de bolsillo fue el genuino creador. Desde allí se dedicó a proporcionar a una España provinciana y aislada su visión cosmopolita y moderna de la cultura mundial. Llegaba al periódico con un bagaje de conocimientos y de contactos personales que casi ningún otro podía aportar. Su solo nombre era además una especie de sello de identidad de las posiciones progresistas del diario. Con su ayuda organizamos diversos grupos de reflexión que me ayudaran en la tarea de edificar la opinión del periódico. Enrique Fuentes, Luis Ángel Rojo, Jesús Aguirre, Alfredo Deaño, Clemente Auger, y tantos otros, ayudaron así a configurar el diario de la Transición. Javier escribía los editoriales, no todos, claro está, pero muchos de ellos. Logró establecer un estilo peculiar y riguroso, construyéndolos como piezas a un tiempo didácticas y polémicas. Pasábamos interminables horas discutiendo, más sobre la oportunidad o la forma que sobre el contenido en sí de los artículos, respecto al que rara vez discrepamos. Solo una vez lo hicimos seriamente, cuando encabezó un escrito pidiendo el para el referéndum de la OTAN convocado por Felipe González. Muchos lectores protestaron porque creían que aquello empañaba la independencia del diario. Yo procuré defender su postura cuando el Defensor del Lector me preguntó sobre ella, explicando que al fin y a la postre quien marcaba la línea editorial era el director del diario, y no él. Lo interpretó como una descalificación y se fue. Estuvo un año alejado de EL PAÍS y creo que ambos vivimos aquello con enorme tristeza y dolor. En realidad su relación conmigo era la que tiene un maestro con su discípulo, y yo no cesaba de aprender. Amigos comunes lograron convencerle para que volviera y desde entonces no ha dejado un solo día de contribuir a marcar la postura de EL PAÍS. En sus manos la pluma era como un bisturí. Diseccionaba la realidad y ordenaba sus despojos sobre la mesa, como un forense que realiza una autopsia.

La historia de nuestro periódico no hubiera podido escribirse sin él, y yo no hubiera podido ejercer de director sin su ayuda. No tenía la experiencia ni el saber político que él derrochaba. Era una persona de una lealtad hacia sus amigos inquebrantable, poseedor de una inmensa bondad, que ejercía de forma severa, y de la mente más lúcida de cuantas he conocido en mi vida. La democracia y la cultura españolas han perdido con su muerte a uno de sus mejores valedores.

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