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Tras los pasos de Buñuel en Toledo

El escritor y guionista Jean-Claude Carrière recuerda los lugares de la ciudad que tanto amó el cineasta

Horas y horas, en silencio, pasaban Lorca, Dalí y Buñuel delante de la escultura yacente del cardenal de Tavera, en Toledo. En cada viaje que realizaron a la ciudad castellana, y fueron muchos, los tres amigos no se perdían nunca esta visita. Esta mañana lo ha rememorado el guionista y escritor Jean-Claude Carrière delante de la escultura en mármol, obra de Berruguete. "Esto es la victoria de la muerte sobre la vida, el mármol y el cuerpo", ha asegurado el estrecho colaborador y guionista de Buñuel de sus últimas películas. Aquí se rodó también la escena de Catherine Deneuve sobre el cuerpo del cardenal en la película Tristana, rodada íntegramente en Toledo. Son muchos los recuerdos y los fantasmas que atenazan a Carrière por las estrechas calles de esta ciudad, que visitó diecisiete veces en compañía de Buñuel, y que ha narrado en su última obra Para matar al recuerdo, publicada por Lumen.

A sus 80 años, Carrière hace gala de una enorme fortaleza subiendo y bajando las empinadas calles de Toledo. Por algo, dice que esta ciudad es "un lugar propicio para alumbrar mis sueños". También los que alumbraron a Lorca, Buñuel y Dalí que a finales de los años 50 y principios de los 60 realizaban visitas continuas a este lugar. Carrière todavía no se explica el porqué de esta pasión. "Desde su época de estudiantes, cuando coincidieron en la Residencia de Estudiantes, venían mucho a Toledo. Hoy no solo me acuerdo de Buñuel, también de Lorca y Dalí. Son como fantasmas por las calles, las tapas en los bares y en este hospital de Tavera. Siempre vengo con ellos a Toledo. Para ellos era un lugar de peregrinaje sagrado, pero no de manera religiosa. Las razones de esa pasión por Toledo no las he llegado a entender del todo. Quizás fue la mezcla de pueblos, culturas e imágenes que uno se encontraba aquí. Esa debió de ser la razón más profunda de su amor".

Un amor que ha seguido cultivando este escritor y dramaturgo que mañana recibirá en Madrid de manos de la ministra de Cultura, Ángeles González Sinde, la Orden de las Artes y las Letras. Guionista predilecto de Buñuel -realizó seis guiones con él, de los que seis se convirtieron en películas (Belle de jour, Diario de una camarera, Ese oscuro objeto del deseo y El discreto encanto de la burguesía, entre otros), Carrière visitó Toledo por primera vez en 1963 al día siguiente de su llegada a España. Lo hizo con el director de cine al volante de un Peugeot que realizó el viaje por una estrecha carretera llena de baches y polvo. Hasta diecisiete veces, según cuenta en Para matar el recuerdo.

Hoy la llegada es a través de una lujosa autopista pero el rostro de Carrière se sigue iluminando de la misma manera en cuanto se atisba la bellísima vista de la ciudad. Es la vuelta al pasado y a la memoria. El título, Para matar el recuerdo, viene de Buñuel. "Hay que volver a los lugares en los que uno ha vivido para matar los recuerdos", decía esta mañana el guionista francés que le recomendaba Buñuel. "Hay que volver a los lugares donde hemos sido felices para ver cómo hemos cambiado. Hay que volver no para olvidar, sino para ver cómo va el mundo. Hay una gran confusión entre lo que es el pasado y lo que es la memoria. El pasado son hechos que realmente han sucedido, pero la memoria es un acto de hoy que siempre transforma ese pasado. La memoria está llena de mentiras y equivocaciones. No hay que matar el pasado sino los recuerdos de ese pasado. La confusión entre pasado y memoria es constante y peligrosa".

Hoy Carrière no ha querido perderse al cardenal de Tavera, su primera parada en Toledo, pero tampoco un paseo por el monasterio de San Juan de los Reyes, la catedral y, por supuesto, la contemplación del cuadro de El Greco El entierro del conde de Orgaz, en ell que todavía sigue descubriendo cosas nuevas y emociones, matices. "Los sentimientos hoy caminando por las calles son casi los mismos que cuando realizaba mis visitas con Don Luis. El entierro del conde de Orgaz sigue siendo el mismo, solo que la contemplación se realiza en medio de excursiones de japoneses". Y así es efectivamente, entre los japoneses admiradores de El Greco y los estudiantes de secundaria que se manifiestan en masa pero ordenados por las calles de la ciudad en protesta por los recortes en educación transcurre esta visita de Jean-Claude Carrière.

La amistad y el trabajo

Han sido muchas las reflexiones y recuerdos que hoy han pasado por la cabeza de Carrièrre. La amistad y el trabajo al lado de un hombre que le cambió la vida desde el día de 1963 que le conoció en Cannes, donde Buñuel buscaba un guionista para escribir Diario de una camarera. Carrièrre un jovencísimo guionista y Buñuel ya todo un realizador de prestigio. Desde entonces su relación no se detuvo nunca. ¿Cómo fueron esos años al lado de un genio como Buñuel? "La decisión más importante de mi vida fue la de no querer hacer películas cojo directo. Consciente de vivir en el siglo donde han sido inventados nuevos lenguajes, yo quería tratar de experimentar cada lenguaje, en el cine, la televisión sin olvidar el libro y el teatro. Por eso me olvidé de la dirección. Para ser guionista de cine hay que tener cierta humildad, pero también ser conscientes de que es fascinante conocer el mundo a través de la ficción".

Se sigue dirigiendo a él como Don Luis y dice que era complicado y sencillo al mismo tiempo. "Era la contradicción en persona, un hombre de origen burgués pero totalmente subversivo, un ateo que vivía bien en un ambiente católico y le gustaba. Ese es el gran misterio de Don Luis, su complejidad y sencillez convivían en armonía. De su cine, lo más grande que se puede decir de él es que era libre, un director que nunca ejerció la autocensura". "Todo lo que veía lo dirigía, lo enseñaba. Como Goya".