Tribuna:

La segunda muerte de Jorge Semprún

JAVIER PRADERA 8 JUN 2011 - 01:30 CET

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Aunque frecuente contador de historias relacionadas con su etapa de clandestinidad comunista en el Madrid de los cincuenta y su expulsión -junto a Fernando Claudín- de la dirección del Partido Comunista a mediados de los sesenta, Jorge Semprún rara vez rememoraba ante los amigos su estancia en el campo de Buchenwald. Los motivos que le obligaron a elegir durante muchos años para seguir viviendo la renuncia a la recreación literaria de su estancia como interno 44.904 del lager próximo a Weimar eran probablemente los mismos que protegían en la vida cotidiana la intimidad de esos recuerdos, transfigurados mas tarde en una obra lúcida, veraz y conmovedora.

Por esa razón me resultó desconcertante escuchar la respuesta de Semprún, designado ministro de Cultura por Felipe González en julio de 1988, a una pregunta más bien trivial que le hice en su despacho oficial acerca de su reciente nombramiento, dirigida a rememorar medio serio medio en broma el contraste los tiempos de la clandestinidad y los actuales. No podría entecomillar sus palabras pero sí recuerdo el argumento de su soliloquio sobre la sensacíon, nunca desvanecida desde su salida de Buchenwald, pero todavía más presente en esos días, de tener la muerte a sus espaldas como permanente compañía. El dramatismo de fondo de Semprún no estaba reñido con el sentido del humor ni con el gusto por las bromas del que era un genial cultivador Domingo Dominguín, el mejor amigo imaginable en su estancia madrileña. En cambio, resultaba incompatible con la insoportable concepción de la política como instrumento para el enriquecimiento personal, la satisfacción de la vanidad o el medro social, propios de la transformación en simple profesión de la vocación pública.

Semprún nunca llegó a recibir en España el reconocimiento que hubiera sido exigible en términos políticos y literarios. Si el origen dolorido y las metas transformadoras de una pasión política forjada en la lucha contra el fascismo internacional y contra el franquismo le hicieron un extraño en un planeta de técnicos secularizados en ingeniería social, la extraterritorialidad de su condición ciudadana -a caballo entre España y Francia- tampoco permite su encaje en el esterotipo admirado exigido por los aduladores de la caspa carpetovetónica. Vivió en París desde la primera juventud hasta la muerte y se hizo universalmente famoso con una obra escrita en francés; sin embargo, nunca renunció a la ciudadanía española, ni siquiera cuando se lo exigieron para ingresar en la Academia francesa. El prólogo de Jorge Semprún al documentado libro de Evelyn Mesquida sobre La Nueve (Ediciones B, 2008), esto es, la compañía de la División Leclerc formada por antiguos combatientes republicanos que entró en París a la cabeza de las fuerzas aliadas no sólo reivindica el papel desempeñado durante la Segunda Guerra Mundial por decenas de miles de españoles que combatieron al nazismo en la resistencia y como guerrilleros sino que además ve en su lucha antifascista "uno de los primeros elementos de la actual comunidad europea"

Jorge Semprún solía citar la frase de Scott Fitgerald según la cual la señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas al mismo tiempo y, a pesar de ello, ser capaz de seguir funcionando. En su caso las contradicciones atravesaron su existencia diacrónicamente pero también de forma sincrónica para potenciar su creatividad. Nacido en el seno de una familia de la alta burguesía (su abuelo materno, Antonio Maura, fue ennoblecido por Alfonso XIII) que se comprometió con la Segunda República, hijo del embajador en La Haya durante la guerra, estudiante refugiado en París desde 1939, joven maquisard bajo la ocupación nazi, torturado por la Gestapo e internado en el campo de Buchenwald, militante del PCE desde la liberación, miembro del Comité Central desde 1954 y del Buró político desde 1956, expulsado oficialmente del partido en 1965, ministro de Cultura de Felipe González en la monarquía parlamentaria... La reflexión teórica, la vocación literaria y la militancia política se disputaron a lo largo de su vida la pugna por constituirse en su seña de identidad principal, sin lograr ninguna de ellas desplazar nunca enteramente a las demás. A partir de los treinta años, las relaciones entre el revolucionario y el escritor adoptaron la compleja estructura que articula a un autor con sus homónimos: aunque en ese juego de espejos Federico Sánchez fue durante su etapa de clandestinidad comunista una proyección de Jorge Semprún, muchos compañeros de la militancia comunista siguieron considerando años después a Jorge Semprún como una invención de Federico Sánchez.

En Adiós, luz de veranos (Tusquets, 1998), Jorge Semprún lanzó un emocionante mensaje que aclara en la medida de lo posible la cuestión de su identidad . Después de mencionar el cementerio de Biriatou, que sirvió de referencia a un bellísimo poema del Unamuno exiliado por la dictadura de Primo de Rivera titulado Orhoitz Gutaz (Acordaros de nosotros), Semprún evoca el pequeño pueblo fronterizo sobre el Bidasoa, como "patria posible de los apátridas" y como lugar para perpetuar su ausencia. Estoy convencido -afirma- de que la monarquía parlamentaria, vistas las circunstacias históricas, es hoy día el mejor sistema posible para garantizar la democracia, "la mejor forma de desarrollo de la res pública". Sin embargo, concluye Federico Sánchez, esa convicción es compatible con el deseo de ser enterrado en el pequeño cementerio de Biriatou "con mi cuerpo envuelto en la bandera tricolor -rojo, gualda, morado- de la República" que simbolizaría "la fidelidad al exilio" y a su dolor.

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FOTOGALERIA: Retrato de Jorge Semprún

Imagen del escritor realizada en 2008. / DANIEL MORDZINSKI

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