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Lo quieren todo y lo quieren ya

La inclinación por el pastiche y la apuesta por lo infantil marcan la estética de las nuevas bandas del festival barcelonés Primavera Sound

Al comienzo del nuevo disco de Gang Gang Dance, una voz metálica entre grave y guasona exclama que "este es el tiempo de todo". Lo que sigue es una delirante suma de afluentes musicales que mueren en el mar del pastiche. Vaya por delante que la banda neoyorquina, que actuará hoy en el San Miguel Primavera Sound, es una de esas agrupaciones adoradas por la crítica a las que se supone la capacidad para definir el momento. La sentencia de Gang Gang Dance suena a premonición tras dos jornadas del festival. La segunda transcurrió ayer sin más incidencias que la aglomeración continua y en el terreno de las plusmarcas. "Más lejos, más rápido, más fuerte" parece ser el olímpico lema de la cita.

Abundan las nuevas bandas aquí convocadas que apuestan por mucho abarcar a riesgo de nada apretar. ¿Trasnochada aplicación de las enseñanzas de la posmodernidad o un modo un tanto infantil de enfrentarse al hecho artístico? Lo único claro parece ser que lo quieren todo y lo quieren ya.

De niñería sin duda se pudo calificar en las primeras horas del viernes la propuesta de Salem, una de las bandas más esperadas del día. Se trata de un trío de electrónica (witch house, dicen) compuesto por amateurs llegados de la parte baja de la rueda de la fortuna cuya reputación se sustenta en hacer una música muy desgraciada y narcótica con muy pocos elementos y muy lentamente presentados. Los chicos, incapaces de mirar más allá de la punta de la nariz, parecían ignorar las más sencillas máximas del entretenimiento.

Esa preadolescente manera de encarar las responsabilidades va más allá de la inexperiencia; es toda una elección estética que propugna la abolición de los géneros. Lo llaman patchwork y hasta pop hipnagógico. Y parece emparentar a muchas de las bandas jóvenes del cartel. Por emplear un símil generacional y cinematográfico, se comportan como aquel chico que se convertía en hombre (Tom Hanks, en Big) por arte de un fútil hechizo.

El recital anoche de Ariel Pink's Haunted Graffiti también estuvo marcado por la inconcreción de la mezcla psicodélica. Y si Das Racist no trascendieron de la broma de patio de colegio sobre las convenciones del rap en la jornada inaugural, el célebre dj Girl Talk armó una sesión que parecía una metáfora de la clase de déficits de atención que acarrea la revolución tecnológica y la vida vivida a través de la pantalla de un teléfono inteligente. Ahora un éxito de heavy, ahora un himno hip-hop, ahora una irrelevante canción de los ochenta... Todo a intervalos cortos, mezclado con ansiedad. Pero de eso trata va el Primavera y, por extensión, los macrofestivales, ¿no? Un atracón músicas, un nervioso zapping de centenares de bandas.

Pese a que su edad (23 años) y circunstancias (un éxito fulminante) hacían prever otra celebración de inexperiencia, James Blake pasó ayer con notable su examen ante la exigente audiencia del certamen. Una muchedumbre (predominantemente inglesa) abarrotó un espacio al borde del mar que se quedó pequeño.

Su recital, el de los eficaces The National, una banda que se viste (de negro) por los pies, y el de Low aliviaron la espera ayer ante el gran advenimiento de Pulp, banda británica de pop que marcó cuasi cualquier adolescencia aquí. Ofrecían de madrugada el primer concierto de su gira de reunión tras casi una década en el limbo de los Bartlebys del rock. Podrían haber seguido su camino, pero prefirieron no hacerlo. Anoche continuaban entre los fans las elucubraciones y los anhelos en torno a un repertorio que se ha mantenido secreto. Y ya se sabe que los fans son en ocasiones como los niños: lo quieren todo y lo quieren ya.