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Análisis:

Un depredador llamado James Ellroy

2006, Venecia, La Mostra. La Dalia negra, adaptación a cargo del realizador Brian de Palma de la novela de James Ellroy, inaugura el festival de cine. La crítica recibe la película con una furibunda ración de palos de la que no se salva nadie. Al día siguiente el equipo del filme, encabezado por De Palma, Scarlett Johansson y Aaron Eckhart se enfrenta a la tradicional ronda de entrevistas con la prensa internacional. De Palma parece haberse caído de un guindo; Johansson luce gafas de palmo y medio en un día nublado y no parece muy contenta de estar allí; Eckhart huye después de 20 minutos tras pelearse con la diva. Aun así, para la prensa especializada lo peor está por llegar: Ellroy acaba de aparecer por allí.

James Ellroy, zancudo, de rasgos comprimidos y aspecto de cazador furtivo está cabreado con la película. De hecho, tal y como se acerca a los periodistas muchos de ellos empiezan seriamente a pensar en la posibilidad de coger la grabadora, la bolsa y la botella de agua y largarse a toda prisa de allí. Todo el mundo sabe que el escritor de obras maestras como LA Confidential es un mal bicho, de hecho él mismo es el primero en decirlo.

Se acerca, zarandeando brazos y piernas como si cada apéndice fuera por su cuenta y ninguno de ellos tuviera ninguna intención de cambiar de actitud, olfatea el ambiente (o quizás sea un tic) , finalmente se sienta y mira a sus interlocutores como si quisiera imitar al tipo de Scanners, ese que consigue que la cabeza de su oponente acabe explotando tan solo con la fuerza de su mente. Afortunadamente ninguna cabeza explotará aquella tarde aunque no será porque las cosas no se pongan al rojo vivo.

-Sr. Ellroy, parece que...

-Sé por donde vas, no sigas por ahí...

-Pero sr.Ellroy, aún no he preguntado nada.

-(Señalando al periodista con el dedo) No voy a decírtelo de nuevo. No me hagas levantarme.

Naturalmente, nadie osa preguntar nada más hasta que un periodista inglés, haciendo acopio de valor, cuestiona al escritor sobre la presidencia de George Bush.

"Os lo diré claramente, habría que colgar a todos esos traidores hijos de puta que se oponen a la guerra. Colgarlos a todos... malditos traidores".

Ellroy seguirá el resto de la entrevista desmembrando -verbalmente- a Brian de Palma, el mundo del cine, las adaptaciones literarias ("lo único que me interesa es la pasta") o cualquier otro sujeto que se le arroje. Al final se levantará y mirará a todos los participantes a modo de "si se te ocurre escribir ni una sola palabra que no haya salido de mi boca iré un día de estos a tu casa y te mataré".

Así se acababa para aquellos infelices la experiencia Ellroy, algo para lo que habría que hacer una camiseta conmemorativa que pudieran lucir los supervivientes: pocos hombres imponen tanto miedo como él ni arrastran una leyenda tan oscura a sus espaldas. Cuando tenía diez años (en 1959) su madre, enfermera, fue asesinada y nunca se cogió al culpable. Su padre, un charlatán de poca monta con poco cerebro y menos dinero moriría años después. El resultado de la ecuación socio-temporal fue que el joven Ellroy se convirtió en un chiflado con pasión por las drogas (ya fueran anfetaminas, pastillas caducadas o jarabe para la tos en cantidades industriales), una patología que combinaba el impulso sexual incontrolado con la cleptomanía y el voyerismo y una notable obsesión por la escritura, a la postre su ángel redentor.

Él mismo lo cuenta, sin ambages, en A la caza de la mujer, una novela a bocajarro, de sinceridad sangrienta, donde el escritor ajusta cuentas consigo mismo, cansado de perseguir a un fantasma que corre mucho más rápido que él. En el libro, publicado en nuestro país por la editorial Mondadori y crudo como el sushi, el autor se pasea, furioso, por una vida llena de antros, celdas, pasotes de alcohol y otras sustancias y llena de ausencias: madres, novias, prostitutas o -simplemente- mujeres que vislumbró durante dos segundos en la barra de un bar pero que residieron treinta años en su cabeza.

Ellroy le echa la culpa a una memoria implacable, que le permite recordar rostros, botellas y adoquines. Un sendero de baldosas amarillas que sigue hasta darse de cabeza con un muro de féminas (algunas de las cuales parecen surgidas de una novela de James Hadley Chase, padre de las femme fatale) a las que acechó hasta perder la cabeza, buscando en ellas a la madre que perdió. Si los escritores tienden a ser generosos consigo mismos cuando rememoran sus circunstancias (ese momento en que la tiranía del "yo" pesa más que cualquier otra cosa) de Ellroy solo se puede decir que se odia incondicionalmente y que presume de ello. Su maldad le sirve de excusa para repasarse de la A a la Z y no dejar letra del alfabeto sin despellejar.

El escritor siempre ha afirmado que en su casa no hay televisor, ni conexión a Internet, ni nada que le conecte al "hoy". Seguramente tampoco quede en su hogar ningún espejo entero ni agujero en el que hurgar. "Dios siempre tuvo una misión para mi" dice Ellroy en A la caza de la mujer. Por si acaso, no aclara cual.