El segundo descubrimiento de América

Tercera entrega del Debate cultural latinoamericano con Juan Villoro, Laura Restrepo, Pablo Casacuberta, Guillermo Arriaga y Lucrecia Martel. Hoy sobre la manera uniforme como el resto del mundo tiende a ver al continente

WINSTON MANRRIQUE SABOGAL Madrid 3 DIC 2010 - 13:06 CET

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América Latina lucha contra los tópicos y Las trampas de la identidad han sido las dos primeras entregas de este Debate cultural latinoamericano que busca trazar un panorama de la realidad cultural del continente. Por eso hoy el tema se centra en la verdad de esos 19 países hispanohablantes que son a su vez 19 realidades y dentro de cada uno de esos países diferentes situaciones. Sin embargo el mundo tiende a ver al continente de manera homogénea como un todo. Ignoran su pluralidad y diversidad social y creativa.

En este debate, dentro de la cobertura especial de la 24ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara participan cinco de los creadores latinoamericanos más internacionales y con más proyección. Su mirada autocrítica y visión internacional queda patente en la entrega de hoy.

19 países, 19 realidades

Winston Manrique Sabogal. ¿Qué opinan sobre esa mirada uniforme que tiene el mundo sobre América Latina, una pieza clave sobre los tópicos que envuelven al continente, no?

GUILLERMO ARRIAGA. Personalmente, yo me he opuesto a que en Estados Unidos digan que yo soy un escritor latino.

JUAN VILLORO. Pero imagino que es latino referido a hispano...

G. ARRIAGA. Es que es como si fuéramos todos lo mismo. Cuando los españoles llegaron a América destruyeron todas las culturas diciéndoles indios a todos, a los aztecas, a los mayas, a los toltecas, a todos.

PABLO CASACUBERTA. La palabra latinoamericano la inventaron los franceses para invadir México. Cuando algún genio del marketing francés se preguntó, ¿qué hacemos para invadir México y que suene más o menos razonable?, dijeron, "¡Ah, somos latinos!". Antes nadie pensaba en la latinidad de Latinoamérica, me parece que esas categorías tienen algo insultante, el hecho de ser escuchado como latinoamericano tiene algo insultante.

LAURA RESTREPO. Otra cosa interesante es el ojo de lo latino y lo latinoamericano según los ojos de los estadounidenses, porque lo latino es como una realidad latinoamericana comprendida desde Estados Unidos.

J. VILLORO. Por eso me pregunto ¿por qué se puede entender así, no? autor puertorriqueño que escribe en inglés en Estados Unidos es un autor latino.

P. CASACUBERTA. Esto en Estados Unidos es aún más insultante porque el énfasis no está en la cultura de origen, sino en la etnia, es una separación étnica.

LUCRECIA MARTEL. Yo coincido en que la identidad no se busca. Pero la identidad se reconoce o, mejor dicho, el talento se abre paso en la clase media; no se abre paso cuando estás en condiciones de pobreza, nuestro continente tiene más del 60% de su gente en esa situación. Una vez, navegando por el delta del Paraná, que queda a 30 kilómetros de Buenos Aires, entrevisté a una niña de 16 años que vivía en una familia de 16 hermanos en la más absoluta pobreza. Ella me dijo que escribía cuentos. Yo le dije, "¡qué bien! ¿y qué estás escribiendo?". Me dijo: "No, ahora estoy rescribiendo algunas cosas que he leído".

P. CASACUBERTA. Una carencia de esa concepción escueta de lo que es la cultura, de que la cultura no incluye los conceptos generales de una sociedad, lo que termina haciendo que pase, es que solo consigas manifestaciones muy particulares como cultura válida y el resto lo consideres simplemente ese ruido de fondo cuando no lo es.

J. VILLORO. Hemos hablado de la noción de pertenencia y de que inevitablemente aunque el escritor latinoamericano no se conciba a sí mismo a partir de un "autoexotismo", es de un lugar y convoca ciertas coordenadas específicas. A pesar de que exista esta sensación de pertenencia, yo creo que esto no necesariamente implica que nosotros entendamos el lugar al que pertenecemos. Pienso en lo que acaba de decir Lucrecia. El hecho de escribir del lugar de donde tu eres, no implica que lo comprendas del todo y muchas veces escribes precisamente por eso, porque hay un desafío de comprensión que solo a través del trabajo con la historia se va esclareciendo hasta cierto punto.

En ese sentido, cuando alguien te pregunta, tu que eres mexicano me podrías decir ¿qué pasa en tu país?. Los mexicanos solemos estar tan perdidos como otra persona respecto a nuestra realidad, que a nosotros mismos nos parece muchas veces incomprensible. México tiene 20 millones de mexicanos en Estados Unidos, 62 grupos indígenas, 40 millones de pobres -14 millones de ellos en pobreza extrema-. Evidentemente hay muchos Méxicos y la mayoría de ellos no se expresa. Ahora bien, a mí me parece complejo asumir que desde el mirador donde yo estoy puedo hablar de todos los demás grupos. Durante mucho tiempo se ha intentado este ejercicio de darle voz a quienes no la tienen. Muchas veces ha sido un intento patrimonial o patriarcal de dotar de un discurso a quienes no lo tienen, pero si lo adquirieran ese no sería su discurso, eso a mi me parece bastante peligroso. Cuando escribo, lo hago reconociendo esas limitaciones, pues hay muchas cosas que no conozco y que me resultan extrañas. Siendo mexicano, muchas veces me siento extraterrestre en cosas que debería conocer y no comprendo.

L. MARTEL. Yo tengo asumido dentro de la narrativa cinematográfica esa posición. Hablo de la clase social a la que pertenezco porque siento que es un universo que se separa tanto en la concepción del espacio y el tiempo, de las otras gentes que tengo en términos de espacio a 20 metros de mi casa. Es muy distinto cuando tienes 23 años y probablemente a esa edad te den un tiro en la calle, a cuando tienes un horizonte en el que a los 65 años puedes hacer una película; son dos vidas paralelas completamente diferentes. Pero me parece que ya no es suficiente o por lo menos eso siento yo.

P. CASACUBERTA. Hay algo en lo que vos decís que me llama la atención, porque a mi lo que más me sorprendió de La Cienaga es la forma en que esa alienación de las clases se hace muy patente, está muy narrada, muy bien planteada, te hace pensar más en ese problemas de las clases que ninguna otra película argentina que haya visto.

L. MARTEL. Pero no es suficiente. En esa película genero un montón de trabajo sobre racismo que no existía como tema. Pero una vez que decimos ¡qué bien la película! estamos en el terreno de los que no pertenecemos al problema. Es muy raro el fenómeno, digo esto porque aunque me siento conforme con mi trabajo, siento que no es suficiente. Siento que hay un trabajo de los intelectuales en Latinoamérica que no estamos cumpliendo.

L. RESTREPO. Estoy completamente de acuerdo contigo. El continente no es uno, son todas sus clases sociales, inclusive más que todos sus países donde veo yo las fronteras mucho más móviles. Además, es todos sus tiempos. He estado en Nariño, al sur de Colombia, para realizar una serie de reportajes sobre grupos indígenas que están reivindicando el derecho a la tierra utilizando el acta de propiedad que les dio la corona española. Lo están haciendo para evitar el desplazamiento forzado al que están sometidos. Entonces, fíjense en la yuxtaposición de tiempos, son comunidades indígenas que han sido desplazadas por los que cultivan amapola para el narcotráfico y quieren recuperar sus tierras echando mano de la concesión que les hizo la corona española en el siglo XVII. Entonces somos también nuestros tiempos. Ahora, sobre desde qué punto de vista hablamos, yo creo que ahí lo único que vale es la libertad.

Así como se puede escribir de un cruzado, de una monja o de una prostituta y te ponen detrás de todos ellos, también vale escribir de la clase social que se te dé la gana. La voz que te salga siempre va a ser la tuya, pero eso no nos impide movernos. Hay casos interesantes. En Colombia, por ejemplo, está Alfredo Molano quien se ha dedicado a recorrer todas las "Colombias" secretas que, además son la mayoría, la de los "raspachines de hoja de coca" o la de los "paras", y de una forma muy particular escribe en primera persona cada uno de sus relatos. Nadie en Colombia habla como Molano, es un lenguaje absolutamente poético y propio de él. Sin embargo, la cultura tiene también que repercutir para el otro lado. Hoy en día tú hablas con los "raspachines" y ellos te hablan encantados porque ellos creen que hablan como Molano. El lenguaje de Molano ha sido también apropiado, a pesar de que es un intelectual de clase media, pues esos sectores no tenían nombre, no eran nadie, están en la clandestinidad y no tenían un lenguaje propio y hoy en día lo reivindican. Entonces pienso que ahí también hay como esa libertad que no solamente es lo que tu tomas sino que lo dejas ahí para quien quiera escarbar, es una experiencia.

Mañana. ¿Compromiso social o compromiso con la obra?

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