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El hijo esquivo de Bill Viola

El videoartista Reynold Reynolds presenta en Gijón un resumen de su carrera

La obra de Bill Viola apabulla. Tanto, que las genialidades de este videoartista han marcado todo un género y provocado reacciones enfrentadas. Incluso podría parecer que detrás de él, la nada. Por supuesto es mentira, pero la sola mención del nombre de Viola provoca, por ejemplo, un respingo en Reynold Reynolds (Alaska, 1966). El videoartista estadounidense está en Gijón presentando un ciclo sobre su carrera y una exposición donde pueden verse, hasta el martes, cuatro obras: Seven days till Sunday (1998), Sugar (2005), Secret life (2008) y Secret machine (2009).

"Yo soy artista y mi medio es el cine". Y por ello cree que sus trabajos deben verse en museos. "En realidad, últimamente he visto mis obras proyectadas en muchas salas. Pero los públicos de un centro de arte y de un cine no tienen nada que ver, y sus reacciones, diametralmente opuestas. Es muy interesante para mí asistir a sus respuestas. Me alimento de esas contestaciones". Entonces, ¿qué cree que es más importante para entender y disfrutar de sus películas, verlas rodeados de más público o en la intimidad de la sala oscura de un museo? "Me gusta imaginar que mi espectador ideal las ve en solitario. Cuando estás con más gente, las reacciones se contaminan; cuando estás solo, tus sentimientos son tuyos. En las salas piensas más en el entretenimiento; delante de una obra de arte, dejas que fluya más tu corazón".

Es lógico que Reynolds sea purista en este aspecto. Sus trabajos reflexionan mucho sobre el tiempo: "Me interesa mucho ese concepto". No hace falta recalcarlo: jugando con la experimentación, con un imaginario que ha hecho propio -es hipnótica su utilización del cuerpo humano y no para hablar precisamente de la carne-. "Las imágenes son meras propagadoras de sensaciones. Busco llegar al nivel más profundo de mi posible público. Y es cierto que la figura humana es importante en esta transmisión, aunque creo que la aproximación es lo fundamental".

Curioso cambio de carrera para alguien que se licenció en Físicas: "Mi abuela me pagó la Universidad siempre que fuera de ciencias. En cuanto me licencié, salté al arte. Aún recuerdo la sensación de pánico que sentí porque cambié radicalmente toda mi vida. En muy poco tiempo tomé muchas decisiones claves. Espero haber acertado [risas, y serán la única de la entrevista]. En la manera en que trabajo, en cómo experimento está claro que soy un científico. Me gusta ser este extraño cruce, esta curiosidad científica con esta provocación artística".

Algunos directores comerciales confiesan cierta impotencia con el medio, que a veces les alberga la sensación de no poder llegar más lejos. ¿Sienten lo mismo los videoartistas? "Hay límites claro, cualquier herramienta los tiene. Pero yo los uso para expandir mi obra. Creo que en el fondo lo importante no es el cine sino la imaginación humana, y tenemos tantas posibilidades... A mí me parece que la pintura es más constreñida. Pero puede que esos cineastas sufran porque deben subordinarse a un guión. Yo ahí voy completamente libre". No será un 'storyteller', un contador de historias, pero desde luego es un provocador de sensaciones. "Quiero que quede clara la diferencia entre imágenes y sensaciones. En mi obra están ligadas, sin embargo mi inspiración arranca de mi imaginación, y ahí son imágenes, y después produzco la obra, que a veces provoca sensaciones diferentes a las que yo había previsto". Llega el momento de preguntarle por Bill Viola. Su nombre provoca un salto en Reynolds. "Bueno, ahí está. En algún momento he rehuido seguir un camino ya trabajado por él, algunas imágenes que de repente recordé pertenecían a algún filme suyo". Pues ahí dejaremos al padre del videoarte.