'Narcoarte': la evidencia de un mal a punta de brochazos

Pintar la violencia del narcotráfico parece una tendencia nueva, pero los artistas plásticos llevan haciéndolo mucho antes de que la narcoviolencia fuera primera página en los periódicos

EVA SÁIZ Madrid 25 AGO 2010 - 18:10 CET

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Un cuerpo tendido de costado, con las manos atadas a la espalda y una venda que le cubre los ojos. Podría tratarse de la última víctima de la violencia del narcotráfico en Culiacán, al norte de México. Pero es un cuadro de la serie Paisajes del pintor Lenin Márquez Salazar. Su obra se enmarca dentro de una corriente artística que se ha dado en llamar narcoarte.

Un término equívoco con el que no se sienten cómodos la mayoría de los artistas cuya obra pretende definir. "La palabra parece una simpática mofa con la que encasillarnos. Yo soy un pintor social. Lo que pinto es una ficción basada en mi realidad. Soy consecuencia de una decadencia que sucede en mi país", dice, contundente, Ricardo Delgado Herbert, artista de Tamaulipas, otra localidad asolada por la violencia narco. Cualquier definición de una corriente nunca concita unanimidades y si a ello se añade que todo lo relacionado con el narco es controvertido, la polémica es comprensible. Pero es innegable que la amplia presencia del narcotráfico en México ha incorporado cambios al lenguaje, se habla de narcocorridos, narcomoda, narcoliteratura... La vitalidad del prefijo es signo inequívoco de su uso.

El narcoarte puede parecer una nueva tendencia, pero los temas que aborda, la muerte, la violencia, la frontera... siempre han estado presentes en todas las formas de expresión de la cultura mexicana

La preocupación por no justificar la violencia es una constante en todos los artistas, sobre todo ahora que el narcoarteestá de moda y hay muchos oportunistas que se han subido a está corriente para legitimar sus obras

Tanto si la búsqueda o la finalidad es más estética que ética, lo cierto es que el narcoarte, su fenómeno, es el resultado de una descomposición social

El narcoarte persigue adentrarse en los miedos de una sociedad y generar crítica y reflexión y, por qué no, provocar al espectador

El narcoarte puede parecer una nueva tendencia, pero los temas que aborda, la muerte, la violencia, la frontera... siempre han estado presentes en todas las formas de expresión de la cultura mexicana. La escritora Lolita Bosch es muy clara a este respecto: "Los corridos ya hablaban de esto en el XIX y también del narco. Pero el narco de antes ayudaba al pobre, se enfrentaba a la corrupción, luchaba contra la injusticia, por eso se le ensalzaba, como se hacía con todo el que se oponía a la opresión. Eso se ha acabado". La crónica, un género muy extendido en el norte de México, también daba cuenta de las injusticias. Al igual que la ficción de las novelas de escritores como Sergio González Rodríguez o Elmer Mendoza, éstas últimas siempre basadas en la realidad fronteriza de su ciudad, Culiacán. "Lo que ocurre es que ahora se ha mezclado el mundo del narcotráfico que lo permeabiliza todo", explica Bosch.

El arte también se ha encargado de retratar la sociedad y cuando ésta se ha teñido de la violencia del narco, también la ha pintado. Es un error, por tanto, considerar el narcoarte como un fenómeno nuevo, aislado o surgido al pairo de una cierta "cultura" del narco. Su cometido sigue siendo el de proyectar y denunciar la realidad mexicana, como ya hacían los muralistas mexicanos, como Rivera o Siqueiros.

Este es el denominador común que subyace en las obras de Gustavo Monroy, Lenin Márquez Salazar, Ricardo Delgado Herbert u Omar Rodríguez-Graham, pese a tener estilos muy diferentes. Monroy dibuja cabezas cortadas. Precisamente su obra La Última Cena mexicana se está exponiendo estos días en el Museo de Arte Moderno de Ciudad de México, dentro de la exposición Bella y Torcida. "El arte debe ser una expresión de la realidad y cuando ésta está plagada de violencia, debe ser un grito de hartazgo. Yo no pinto cabezas decapitadas porque me interese vender, o porque esté de moda. Las pinto porque estoy harto de verlas en las calles de mi ciudad, y me da vergüenza ver cómo mi país se desmorona".

En las obras de Márquez Salazar nunca hay sangre. "Trato de ser sutil, pero el mensaje ya está ahí con un cuerpo tirado en el paisaje, amarrado de manos, eso ya es violento. El arte es una herramienta que me sirve para contar lo que veo. Yo cuento lo que pasa a través de mi pintura, como otros lo hacen a través de la música, la palabra... Delgado Herbert pinta a capos de la droga con toda la estética narco: "En mis cuadros jamás represento a un narcotraficante hiperrealista, lo que me interesa es reflejar lo que veo, pintando el monstruo que cada ser humano podemos portar confrontándonos en el espejo de la realidad. Mis aspiraciones se enfocan en trabajar, analizar y denunciar con el arte lo que me afecta, tanto a mí como a mi sociedad". Omar Rodríguez-Graham tiene una obra muy visual. Él se apoya en una realidad preñada de violencia para "extraer de ella la belleza. Ese es el reto, intentar descontextualizarla, aunque evidentemente el pintor no puede escapar de sus circunstancias".

Pero es fácil que este rol del artista como cronista de una sociedad violenta se confunda con la apología de la brutalidad narco. Es el caso de Teresa Margolles, cuyas obras, y en especial la que presentó en 2009 en la Bienal de Venecia, han suscitado gran controversia entre algunos críticos. La artista expuso unas telas con barro y sangre recogidos de lugares en los que se había ajusticiado a víctimas de la violencia del narcotráfico. Esta sangre goteaba e inundaba unas estancias en las que familiares de esas víctimas la recogían con una fregona. Por la ciudad de Venecia dispuso hilanderas que en paños, también ensangrentados, bordaban narcomensajes con hilo de oro. Igualmente polémica fue la intervención que realizó para la exposición Narcochic/Narcochoc la primera dedicada a la narcocultura realizada en 2004 en el Museo de Artes Modestes de Sètes (al sureste de Francia).Presentó unas tarjetas para cortar cocaína con representaciones de cadáveres muertos por sobredosis encima.

Para muchos, Margolles no es más que una oportunista que lo único que refleja es fascinación por el mundo del narco y en ningún caso busca la crítica o la denuncia creativa. Pero lo cierto es que Margolles lleva mostrando la injusticia social mexicana antes de que la crudeza del narcotráfico inundara las primeras páginas de los periódicos, como el resto de los artistas citados en este artículo. Para el escritor Sergio González Rodríguez "la estupenda propuesta de Margolles en la Bienal invita a reflexionar, a apreciar la realidad de los modos alternos. Ésta es también la función del arte".

La preocupación por no justificar la violencia es una constante en todos los artistas, sobre todo ahora que el narcoarte, como la narcoliteratura o los narcocorridos, está de actualidad y hay muchos oportunistas que se han subido a está corriente con la intención de legitimar sus obras. Pero lo innegable es que el narcoarte está de moda. La exposición en Francia, un ciclo de conferencias sobre la narcocultura en la Caixa en Barcelona, la Bienal de Venecia...

El problema entonces surge cuando hay que discernir cuánto de compresión por la denuncia o mera crónica de una realidad y cuánto de morbo y de fascinación subyace detrás del interés del público por este movimiento. Márquez Salazar se muestra perplejo y de hecho reflexiona sobre este fenómeno en su serie Estamos de moda. Monroy es bastante más crítico. "Cuando en la pasarela de Milán desfilan modelos bañados en sangre, se está anulando la violencia. Cuando la violencia se convierte en moda y en tendencia, se genera otro tipo de violencia, la violencia de las corrientes. En las librerías por cada diez libros de narcoliteratura hay dos de poesía, debería ser al revés". Sin embargo, como opina Bosch, "Sí existe cierta fascinación inevitable por el mundo del narco. Lo que no hay es admiración. Pero se trata de una admiración producto de una pobreza enorme".

La moda banaliza la violencia, pero los pintores se niegan a querer enviar un mensaje moral a través de sus obras. Lo más importante, lo esencial, es resolver el cuadro, el enfoque pictórico, plástico, después viene el significado que en ningún momento pretende ser aleccionador. "El rol social del artista es ser directo y no mostrar maquillaje. Si existiera un sentido moral en le narcoarte yo no sería pintor, sería simplemente un adulador u otra cosa que no cumpliera el cometido de cuestionar y decir con seriedad lo que plasmo", sentencia Delgado Herbert.

Tanto si la búsqueda o la finalidad es más estética que ética, lo cierto es que el narcoarte, su fenómeno, es el resultado de una descomposición social. Los artistas pintan una descripción del momento en el que están viviendo, independientemente de la forma más o menos directa, más o menos figurativa, con el que la plasmen, y utilizan esa estética para reconstruir una realidad. El narcoarte persigue adentrarse en los miedos de una sociedad y generar crítica y reflexión y, por qué no, provocar al espectador. Su obra no es oportunista u obscena. Parafraseando a Octavio Paz, lo obsceno es la realidad en la que habitan sus creadores".

Narco viene del griego narké y significa sueño. Lamentablemente el narcoarte no se ocupa de temas oníricos, pero sí se interesa en reflexionar sobre la violencia, en contar lo que la realidad no puede. Más allá de las modas porque, como dice Delgado Herbert: "El narco no provoca una moda, provoca violencia, la estética provoca un gusto dentro de su cultura y el narcoarte es su denuncia".

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