Un vacío de 10 minutos

El cuarto toro de la tarde propinó una voltereta al torero navarro, Francisco Marco, nada más recibirlo con el capote

JOSÉ LUIS MERINO Pamplona 9 JUL 2010 - 01:12 CET

En la tarde de ayer se enhebró un vacío de 10 minutos. Así se quedó la plaza, después de que las mulillas se llevaran al desolladero al cuarto de la tarde. Ese toro propinó una voltereta al torero navarro, Francisco Marco, nada más recibirlo con el capote. Fue un golpetazo tremendo. Seco. Cayó a la arena como un pelele. Inerte. Se lo llevaron a la enfermería. Como quiera que perdió el conocimiento, fue trasladado a un hospital cercano, para hacerle una exploración clínica.

Al tener que matar ese toro Sergio Aguilar, sufrió durante esa exigua faena un puntazo en la mano derecha, por lo que pasó a la enfermería. De igual modo, también visitó el ámbito enfermeril el otro diestro, Morenito de Aranda, por una luxación acaecida al matar a su primero, tercero de la tarde. Malo sería que el ganadero Cebada Gago se pusiera a pavonearse creyendo que sus toros se comen a los niños crudos. Nada de eso. Los toros corridos ayer no valían nada. Eran material descastado. Además, el segundo fue un manso-cobardón de tomo y lomo.

Esos toros no embestían, porque no eran bravos. Esos toros topaban, que no es lo mismo. Pasó que ayer a la tarde parece que a los tres toreros los miró un hombre con tres ojos. Apúntese, señor ganadero, un fracaso de cierta sutilidad. Y dé gracias a que hubo un torero, Morenito de Aranda, con una cabeza privilegiada, que supo llevar embebido a un boboncito, como el tercero, con el añadido de descorchar unos buenos aromas toreros. Del mismo modo, también trató de hacer embestir a su segundo, un bovino con vocación de soldado de artillería con puntillas rosas.

En su primer toro, el que abría plaza, Francisco Marco estuvo voluntarioso. Es triste tener que torear al año una corrida y no saber si saldrá alguna más. Es la parte dura de la fiesta, que siempre corresponde a los toreros modestos. Maldita sea.

Sergio Aguilar, además de pechar con el cobardón primero y matar como pudo al que mandó a enfermería a Marco, se midió con su segundo, que hizo de sexto, y ahí estuvo anodino y pegapasista, trallazo por aquí, trallazo por allá.

Resumo diciendo que la tarde quiso parecerse a la cita de Heráclito, "todas las cosas las timonea el rayo"; sin embargo, la tarde, mirándola con la lupa de una cierta verdad (nunca la verdad completa, porque solo nos cabe poseer unos céntimos de la verdad), no pasó de ser una docena de copos de nieve forrados de algodón (salvo el temple exquisito proveniente de un joven de Aranda de Duero).

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