Exigencia estética y compromiso ético

El escritor José Saramago, fallecido a los 87 años en Lanzarote, fue poeta antes que novelista y antes que poeta, pobre

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS Madrid 18 JUN 2010 - 21:41 CET

PEDRO WALTER

José Saramago era el más hispano de los escritores portugueses contemporáneos. En eso, aunque sin cambiar de lengua, seguía una larga línea que incluye a autores clásicos como Jorge de Montemayor o Gil Vicente. De un verso de este último, precisamente, había sacado el premio Nobel el título de la novela en la que trabajaba hasta que la enfermedad lo dejó sin fuerzas. Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, de la que llevaba escritas unas 30 páginas, es una reflexión sobre el tráfico de armas a través de la historia de un empleado de una fábrica de armamento.

No obstante, su próximo libro, que publicará Alfaguara , su editorial española, será José Saramago en sus palabras un autorretrato intelectual y político del escritor a través de estractos de entrevistas y conferencias. Fernando Gómez Aguilera ha sido el encargado de ordenar los temas en voces como Lisboa, Pesimismo, Dios, No, Iberismo, Lanzarote o Muerte. Además, el director portugués Miguel Mendes estrenará a finales de julio el documental José y Pilar (unión ibérica), producida por Pedro Almodóvar y Fernando Meirelles. Este último dirigió hace dos años A ciegas, la adaptación cinematográfica protagonizada por Julianne Moore de la novela Ensayo sobre la ceguera.

José Saramago fue un árbol con muchas ramas. De entrada, fue poeta antes que novelista de éxito y antes que poeta, pobre. Si se suma el periodismo a esos otros tres factores (pobreza, poesía y novela) se entiende la fusión entre preocupación social y exigencia estética que ha marcado la obra del único premio Nobel de la lengua portuguesa hasta hoy. En 1998, el máximo galardón literario del planeta reconoció a un hijo de campesinos sin tierra que había nacido en 1922 en Azinhaga, Ribatejo, a 100 kilómetros al norte de Lisboa. Tenía tres años cuando su familia emigró a la capital, donde las penurias rurales se tornaron en penurias de ciudad. Así, el futuro escritor se formó en la biblioteca pública de su barrio mientras trabajaba en un taller tras abandonar la escuela para ayudar a mantener la casa.

Las pequeñas memorias es el título que Saramago puso al relato de una infancia que siempre tuvo un pie en la aldea de la que había emigrado. Levantado del suelo (1980), por su parte, cuenta las peripecias de varias generaciones de campesinos del Alentejo. No fue su primera novela pero sí la que supuso su primera consagración después de que Manual de pintura y caligrafía rompiera en 1977 un silencio de casi 30 años. Eran los que habían pasado desde la aparición de Tierra de pecado, su verdadero estreno como novelista. En esas tres décadas Saramago había trabajado como administrativo y empleado de seguros; se había casado y divorciado, publicado tres libros de poemas, ingresado en el Partido Comunista —clandestino durante la dictadura de Salazar— y, sobre todo, consagrado como periodista.

En 1982 publicó Memorial del convento y dos años más tarde, El año de la muerte de Ricardo Reis. Esas dos novelas multiplicaron la fama internacional de Saramago. A los lectores desconcertados por la intensidad poética, la mezcla de voces y la ausencia de marcas convencionales en los diálogos en sus escritura soía darle siempre un mismo consejo: "Lea el libro en voz alta". Funcionaba.

A partir de entonces, la actividad del escritor se vuelve frenética: novelas, diarios, obras de teatro y hasta un blog. Tras la fábula iberista La balsa de piedra (1986), en la que España y Portugal se desgajan literalmente del continente europeo, llegaron Historia del cerco de Lisboa (1989) y El Evangelio según Jesucristo (1991). Su visión heterodoxa levantó una polémica que arreció cuando el gobierno portugués se negó a presentar el libro al Premio Literario Europeo. Herido por aquel gesto, Saramago se instaló en Lanzarote con Pilar del Río, su segunda esposa y nueva traductora, que tomaba el relevo de Basilio Losada. Una polémica similar estalló el año pasado cuando se publicó Caín, considerada hiriente por la jerarquía católica lusa.

La publicación en 1995 de Ensayo sobre la ceguera abrió una nueva etapa en la obra de José Saramago. Novelas como La caverna, El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez o Las intermitencias de la muerte llevan al terreno narrativo reflexiones sobre el consumo, la sociedad de masas o el sistema democrático. Muchas de ellas parecen nacidas de una pregunta: "¿Qué pasaría si?". Si la gente votase masivamente en blanco, si alguien decidiese vivir al margen del capitalismo, si la gente dejase de morir. Cosas, Saramago lo sabía, que sólo suceden en la imaginación de un escritor de novelas.

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