Crítica:CLÁSICA

Tres mil conciertos

El concierto del sábado hizo el número 3.000 desde que, en 1943, iniciara su andadura la Orquesta de Valencia (denominada, hasta 1990, Orquesta Municipal). Un largo camino, no siempre fácil ni siempre con los mismos resultados. Pero, a día de hoy, el balance resulta indudablemente positivo, al menos para quienes la comenzamos a oír al final de los sesenta y hemos podido observar su trayectoria.

En este aniversario, sin embargo, la agrupación del Palau no tuvo su velada más exitosa. En primer lugar, por el programa elegido. El Concierto para violín de Elgar es una obra tan hermosa como frágil, y su belleza parece evaporarse si solista, batuta y orquesta no tienen de ella una compenetrada y sólida imagen que transmitir. Siendo la primera vez que la orquesta afrontaba esta partitura, y recién llegada de la gira por Alemania, no se dieron tales condicionantes. Aunque sonaran las notas correctas, la partitura resultó superficial y carente de unas líneas que la cohesionaran y le dieran emoción. Guy Braunstein, uno de los tres concertinos de la Filarmónica de Berlín, tampoco pareció tener su mejor día, especialmente en los pasajes en staccato y notas dobles, donde el sonido de su instrumento perdió bastante calidad. También es cierto que, durante las últimas semanas, han desfilado por la misma sala violinistas excepcionales, que han puesto el listón muy alto para sus colegas (Leonidas Kavakos el 27 de febrero, y Janine Jansen el 8 del mismo mes). Esta última coincidió con Braunstein en la elección del bis: la Sarabande de la Partita núm. 2 de Bach.

ORQUESTA DE VALENCIA

Director: Yaron Traub. Violín: Guy Braunstein. Coral Catedralicia de Valencia. Obras de Elgar y Holst. Palau de la Música. Valencia, 6 de marzo de 2010.

El programa se completó con Los Planetas, de Gustav Holst. Obra más espectacular que interesante, obtuvo de la orquesta una lectura menos insegura y, en algunos de los números, más inspirada. Gustaron, sobre todo, los dos primeros: Marte, donde Traub desplegó una gran energía, y Venus, con delicados reguladores hacia el pianissimo. Los cobres, que ya se habían lucido en el concierto de Elgar, tuvieron aquí un destacadísimo papel, sin que se les fuera del sitio una sola nota. Pero ni el conjunto de la agrupación ni la batuta consiguieron conmover al oyente como tantas otras veces han hecho. El coro, que interviene brevemente al final, hubiera debido trabajar mejor la afinación del fragmento.

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