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Cuando barrer es un acto de poesía

El Museo Reina Sofía repasa en una exposición la trayectoria de la artista Eulalia Valldosera desde 1990 hasta la actualidad

ISABEL LAFONT Madrid 27 FEB 2009 - 19:06 CET
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La carrera de Eulalia Valldosera (Vilafranca del Penedés, Barcelona, 1963) comenzó a finales de los ochenta. Por entonces, lo que se llevaba era una vuelta a la pintura, pero ella eligió nadar contra la corriente, sustituyó el pincel por la escoba, puso su propio cuerpo al servicio de su arte y rebuscó en el universo de lo femenino para encontrar su propio lenguaje. Hasta el 20 de abril, el Museo Reina Sofía recorre los pasos de la artista en una exposición que culmina con un proyecto realizado específicamente para la institución, Dependencias.

Varios hitos marcan esa exploración. El ombligo del mundo, un proyecto iniciado en 1990 pero que se prolongó durante más de una década, marca la ruptura de Valldosera con la pintura y su compromiso con un tipo de creación que tiene como base la performance, la implicación del cuerpo de la artista y la interacción con el público. "Al barrer el suelo de colillas en El ombligo del mundo convertí la escoba en pincel. Una imagen desaparecía y aparecía otra nueva, los restos de la acción acumulados en un círculo de desechos, un círculo centrado en un cuadrado a modo de mandala meditativo. Un punto, una huella, un hueco por el que habían desaparecido siglos de pintura, de culto a la imagen, al objeto", explica la propia artista.

En Vendajes (1992) usa su imagen contrapuesta a una imagen filmada. La instalación Envases (1996) es un homenaje a la madre a partir de botes de detergente, un material que después usará en sus series de Botellas interactivas (Forever living products). El periodo (2006), una instalación lumínica en la que el espectador debe empujar un cochecito de bebé, usa la referencia al ciclo femenino como metáfora de la rutina, de los gestos reiterados, del calendario, del paso del tiempo. Son pasos previos de un recorrido que culmina con Dependencias, una instalación que vuelve a mezclar la imagen fílmica con la participación de un público que, una vez más, debe participar empujando unos carritos de supermercado que proyectan diversos planos grabados en travelling.

Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, da las claves para entender la obra de Valldosera: crea un lenguaje para quienes no tienen voz propia, en este caso la mujer; utiliza el cuerpo pero lo abre a la experiencia cinematográfica y demanda la participación del espectador; rompe la dicotomía entre lo público y lo privado, que tradicionalmente separaba también el mundo masculino del femenino, respectivamente; ejerce una sutil crítica al mercado al usar productos de consumo para obligar a pensar; y da una vuelta de tuerca al ready-made, al darle un contenido emocional. "Es un arte que nos permite mirar de manera más crítica la realidad", concluye Nuria Enguita, comisaria de la exposición.

La artista, que desarrolló parte de su carrera en Ámsterdam y Berlín, se considera "hija de un cruce de culturas". ¿Existe un arte hecho por mujeres distinto del arte hecho por hombres? Para Valldosera, la respuesta parece ser afirmativa: "Mi última aportación es tan femenina... Cada vez tomo más conciencia de esto. Yo no he tenido ejemplos que seguir y me siento como rompiendo toda una tradición. En la generación de los noventa, la mía, gran parte de las aportaciones más interesantes las han realizado mujeres porque tenemos mucho material que utilizar. Somos herederas de un silencio y poder dar voz a ese silencio da una riqueza tremenda".

 
 

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