Hamlet ilumina a Juan Diego Botto

El actor y director, junto a José Coronado y Nieve de Medina, pone en pie al público en el Festival de Almagro con un príncipe de Dinamarca airado y cabreado

ROSANA TORRES Almagro 17 JUL 2008 - 00:15 CET

El Hamlet español del siglo XXI ha nacido. Ya no es el joven romántico y atormentado (a veces interpretado por sexagenarios actores) que se arrastra por los rincones de palacio llorando el asesinato de su padre a manos de su propio hermano. Ahora es un joven profundamente cabreado, airado, que no está dispuesto a permitir que el culpable se vaya de rositas y que responde a actitudes psicológicas del hombre rabiosamente actual. Ese príncipe de Dinamarca ha llegado al teatro contemporáneo marcando una nueva era de la mano del actor y director Juan Diego Botto, quien el pasado martes cosechó el éxito más importante de su carrera profesional con el estreno de Hamlet, de William Shakespeare en el Festival de Teatro Clásico de Almagro, junto a otros actores como José Coronado, Nieve de Medina, Marta Etura, Luis Hostalot y Juan Carlos Vellido, entre otros.

El montaje estará en la Antigua Universidad Renacentista hasta el sábado día 19, horas antes de la clausura de esta muestra cuya recta final ha estado marcada rotundamente por la presencia de Shakespeare, autor que suele competir en los festivales de teatro clásico con Lope de Vega. Además del Hamlet de Botto, se ha visto esta semana el de Jaroslaw Bielski, quien también ha apostado por un príncipe de Dinamarca joven y alejado de los estereotipos de galán. Y tras los Shakespeares que se vieron la semana pasada del siempre impecable Declan Donnellan (hoy estrena en Madrid su impresionante Troilo y Crésida) han desfilado hasta ayer los de los directores Helena Pimenta, Mariano de Paco y Vanessa Martínez, todos ellos muy bien recibidos por un público que en esta muestra, y al menos entre semana, es muy exigente.

El Hamlet de Botto es muy distinto a todos los que se recuerdan en escena e incluso en cine. No es un joven romántico y atormentado que sufre por las esquinas, calavera en mano. Su príncipe está cabreado, indignado y no quiere venganza, quiere que se sepa la verdad: "He afrontado un Hamlet así porque su actitud creo que tiene que ver con esa sensación que provoca la postergación de la justicia", dice al tiempo que recuerda que una de las primeras imágenes del espectáculo es la de una gran tela sobre la que hay un padre inmenso junto a un Hamlet pequeño. "Es un padre al que siente que nunca va a alcanzar, frente al que Hamlet se siente indefenso mientras a su alrededor todo es caos y dolor, pero también un Hamlet que sobre todo no oculta su profundo cabreo ante la postergación de la justicia, no hay que olvidar que cuando ésta llega es tras cinco actos y de manera accidental, personalmente creo que es algo así como el sentimiento que uno debe tener cuando nunca termina de conseguir que se meta en la cárcel al responsable de la muerte de su padre, que encima es el que le ha robado el trono". Y llegados a este punto es inevitable sacar a colación que en la vida real Juan Diego Botto esta es la hora que no ha encontrado a los asesinos de su padre ni el cadáver de este, el actor Diego Fernando Botto, desaparecido en Argentina en 1977, dos años después de que naciera el también hijo de la directora y actriz Cristina Rota.

Pero Botto deja claro que nunca ha necesitado vengarse de los asesinos de su padre, que aún hoy, si viven, están sueltos. "Nunca hablo de venganza, sino de justicia; no hay que olvidar que nadie soporta la opresión de los tiranos, la lentitud de la justicia". No tiene claro que su historia personal sea la que ha empujado a los brazos de Hamlet: "Puede que haya algo hay en el fondo, pero lo que me ha empujado es que es un texto soberbio, infinito, salpicado de temas profundos sobre los que el espectador debe reflexionar; otra cosa es que a lo mejor en lo más intimo hay algo en Hamlet que está en mí y que a lo largo de mi vida muchas veces he pensado 'esto es como en Hamlet", además los que hemos pasado por terapias largas no paramos de hacer asociaciones con un montón de cosas y por supuesto Hamlet sale más de una vez".

Pero lo cierto es que este Hamlet sí le ha provocado una obsesión: "Que se entienda, que se entienda, que se entienda....., además la primera obligación del arte es no aburrir y que provoque una reflexión".

Juan Diego Botto se subió a un escenario por primera vez en el Centro Dramático Nacional, que dirigía Lluis Pasqual, para trabajar como actor en Alesio, de García May y bajo la dirección de Pere Planella. Tenía 12 años y una carita que aparentaba ocho. Desde entonces no ha parado de trabajar, unas veces como una hormiguita, dándole que te pego, sin parar, y afrontando su trabajo día a día, laboriosamente; otras como un minero, con jornadas duras, largas y en condiciones de tremenda precariedad; y otras como una mosca cojonera, moviéndose incansablemente y dando el turre, sobre todo a sí mismo, hasta que alcanza su objetivo tal y como lo ha imaginado y deseado. Y además no se ha limitado a ejercer la profesión de actor tanto en teatro, su auténtico maná, como en cine o televisión; sino que también se ha sumergido en el trabajo de guionista, director, dramaturgo y autor teatral. Y, por ahora, no le va mal.

Con esta metodología ha afrontado su mayor reto profesional. Un Hamlet que ha tenido el valor, y el insinúa que quizá la inconsciencia, de afrontar como dramaturgo, junto a Borja Ortiz de Gondra, como director y como actor en el papel de príncipe de Dinamarca, aunque en su montaje este último cometido lo alterna con su primo Alejandro Botto y los espectadores puede optar por ver un trabajo u otro. Juan Diego Botto, encarnado en este personaje universal se enfrentó por primera vez al público la noche del pasado martes en el prestigiado festival manchego.

Su Hamlet fue recibido y acogido como pocas veces se ha visto en este festival. El público, puesto en pie, agradecía calurosamente el trabajo visto en absoluto silencio y recogimiento, tanto a él como al resto de su equipo. Y él sabía que había gustado porque eso los del oficio lo notan: "Estoy tan contento...., como director la reacción que uno tiene ante la respuesta del público es más racional, pero como actor es más emotivo, lo vives desde las entrañas porque cuando sientes un silencio tan concentrado notas que eso es lo que más te alimenta; además, después de tanta entrega en escena, se está muy desnudo y unos aplausos así son muy de agradecer". Como también agradeció la incorporación al montaje de unos espontáneos murciélagos que revolotearon alrededor de la tumba de Ofelia en la escena del cementerio: "Cuando les vi pasar pensé ¡qué maravilla!", dice el actor quien días atrás también se congratuló de que mientras ensayaba en el escenario una paloma evacuó su excremento encima de él, algo que interpretó como un símbolo de buena suerte; quizá debido al famoso ¡mierda! que se le dice a la gente de teatro frente a un estreno, cuya costumbre viene de desear que haya muchos excrementos en la puerta del teatro la noche del estreno, porque significaba que habían acudido muchos coches de caballos al mismo y eso siempre era mucho público y de muchísimo postín.

Botto, antes de esta experiencia hamletiana, se ha acercado antes a Shakespeare una vez y media. Una con Coriolano, bajo la dirección de Eusebio Lázaro y media con Rosencrantz y Guilderstein han muerto, obra de Tom Stoppard que transitaba por territorios hamletianos.

Ahora su responsabilidad en el montaje es mucha y lo sabe: "Hemos pretendido hacer una versión dinámica, concisa, tratando en todo momento de que el espectáculo se comprenda con facilidad y rescatando todo lo que de humor tiene", dice el actor-director quien también destaca que en la dramaturgia realizada han querido subrayar dos aspectos: "el poder y la familia, dos temas que están en todas las obras de este autor, pero de manera muy notable en esta donde se ve desde el primer acto como la corrupción llega a todos", y añade sobre su trabajo, "no he tenido nunca la sensación de hacer un clásico, toda la modernidad está en el trabajo de los actores y apoyada en su talento; todos claboran a que en el escenario no haya algo apolillado sino algo vivo", dice este actor obsesionado con Hamlet desde que leyó el texto con 15 años y comprendió que había muchas víctimas en esta función: "El propio Hamlet y todos los demás van siendo triturados por esta rueda del poder, aunque los personajes femeninos son víctimas especiales, algo que hemos subrayado más en esta versión, porque ellas son espejos del propio Hamlet".

Para José Coronado, que siempre regresa al teatro, le vaya como le vaya en cine o televisión, este ha sido un viaje maravilloso: "Aparte de la belleza de la dramaturgia, que no tiene desperdicio, y del ritmo con que Juan ha montado la obra, la puesta en escena involucra al espectador y todo el que entra se siente súbdito del reino de Dinamarca, sin olvidar que para nosotros ha sido importante que el director sea un actor, ya que se nota, sabe donde hay que tocar y nos toca muy bien", dice mientras todos se ríen ante el comentario de Coronado al que añade Nieve de Medina: "Ha sido un regalo que me llamaran para este trabajo del que quiero la valentía, porque hay que tenerla para montar un Hamlet y haber hecho esa adaptación con Ortiz de Gondra; es la hora de los valientes, son unos ganadores".

Tanto Botto como el dramaturgo Ortiz de Gondra, que han contado con el escenógrafo Llorens Corbellá y el iluminador Felipe Gallego, estuvieron de acuerdo en utilizar la versión de Leandro Fernández de Moratín, la primera traducción que se hizo en español directamente desde el inglés en 1802 y que muchos consideran aún hoy no superada. Después de muchas discusiones, no han optado por el "existir o no existir" de este traductor, sino por el tradicional "ser o no ser" que siempre se espera de Hamlet.

El montaje más ambicioso del Centro de Nuevos Creadores que dirige Cristina Rota, inicia ahora una larga gira que pasará por el Teatro María Guerrero de Madrid a partir del 4 de diciembre.

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Juan Diego Botto / ULY MARTÍN

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