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Llámame Brooklyn

Eduardo Lago consiguió con esta obra el Premio Nadal 2006. Narra una historia de amor y amistad y refleja desde las primeras décadas del siglo XX, cuando en Estados Unidos se vive la agitación por la condena a muerte de Sacco y Vanzetti, hasta el año 2010, pasando por la guerra civil española o los años en que Nueva York era el lugar de cita de las vanguardias literarias y artísticas.

Brooklyn Heights, 17 de abril de 1992

Ayer por la mañana enterramos a Gal. Tenía que ser así, como en uno de sus poemas favoritos, en un cementerio al borde del mar, barrido a todas horas por el viento, donde el griterío de las gaviotas se confunde con el rumor incesante de las olas. Desde su tumba se domina el Atlántico, bellísimo y normalmente violento, aunque justo ayer estaba en calma y la planicie azul del océano se perdía más allá de donde alcanza la vista. Todo encaja; el lugar donde Gal Ackerman estaba destinado a descansar para siempre lo descubrió él mismo.

Cementerio Danés, decía el rótulo que había visto infinidad de veces al pasar por Fenners Point en autobús, camino de Deauville, cuando iba a ver a Louise Lamarque. Un día, yendo con ella, al divisar la señal, le pidió que detuviera el coche. Se adentraron juntos por el camino de tierra que atraviesa la arboleda hasta llegar a un claro situado casi al borde mismo del acantilado. El cementerio estaba allí, minúsculo, oculto a todas horas a los ojos humanos. Fue Louise quien me explicó, mucho después, que se había erigido para dar reposo a los restos de un grupo de náufragos daneses, tripulantes de un mercante que al parecer transportaba un cargamento de trigo.

Gal nunca le había dicho nada al respecto, pero lo cierto es que cuando Frank llamó a Louise para comunicarle la noticia de su muerte, lo primero que le vino a la cabeza fue que tenían que enterrarlo en Fenners Point. A Frank le gustó mucho la idea. Gal le había hablado del Cementerio Danés más de una vez. Gracias a sus conexiones, al cabo de cuarenta y ocho horas, obraba en poder del gallego un permiso que autorizaba el sepelio. Acudimos sólo los más íntimos, aunque por la tarde se pasó mucha más gente por el Oakland. Gal Ackerman no tenía familia. Su padre, Ben,murió en el 66 y su madre, Lucía Hollander, en el 79. Nadia Orlov no hizo acto de presencia, por supuesto.

Su pista se había perdido hacía años y no había manera de saber si estaba viva o muerta, aunque quienes conocíamos bien a Gal sentimos en todo momento algo semejante a su

presencia. Como dijo Frank, si aún anda por ahí, tarde o temprano le llegará la noticia. El entierro fue muy sencillo, como hubiera querido Gal. Nadie rezó por él, a menos que el alboroto de las gaviotas que volaban por encima de nuestras cabezas fuera una forma de plegaria. Louise leyó en voz alta unos fragmentos del poema de Valéry, eso fue todo.

Cuando los obreros que había contratado Víctor cubrieron el féretro y plantaron la lápida, la comitiva regresó a Brooklyn Heights. Frank puso una nota en la puerta del

Oakland, anunciando que aquella noche había barra libre para honrar la memoria de Gal Ackerman. No paró de venir gente hasta muy entrada la noche. A Gal le hubiera encantado ver aquello, como también le gustará descansar para siempre en Fenners Point, al borde de un acantilado, en compañía de unos cuantos marineros daneses, buenos bebedores sin la menor duda, como si en realidad no hubiera dejado el Oakland del todo.

La entrega

Fenners Point, 14 de abril de 1994

¿Te das cuenta,Gal,del día que elegiste para morir? Conociéndote, dudo mucho que sea casualidad. Es el tipo de bromas que te gustaba gastar, convencido como estabas de que nadie se iba a dar cuenta, pero a mí no me la juegas. Por si acaso, he escogido la misma fecha que tú para traerte Brooklyn, así me podré reír contigo. Eras único, al irte tú desapareció toda una estirpe. La verdad es que me cuesta aceptar que ya no estés entre los vivos. Cada vez que pongo un pie en el Oakland, me da un vuelco el corazón, pensando que te voy a ver allí, sentado en una de las mesas. Tú,que tanto hablabas de la muerte, que tanto escribías sobre ella, por fin estás también del otro lado. Nunca había perdido a nadie tan cercano. Para mí es algo nuevo y no lo acabo de entender. Solías decir que los muertos no se van del todo, que de alguna manera siguen estando entre nosotros. Para mí la única verdad es que no estás.

Te has ido para siempre, Gal, lo demás no cuenta. Ya lo sé. Te conozco demasiado bien, no hace falta que me digas nada. No me he pasado tanto tiempo poniendo en orden tus escritos en vano. Ahora mismo, me parece oír con toda claridad tu voz, burlándote de mí: Si eso es lo que crees, ¿se puede saber qué demonios haces aquí, delante de mi tumba, hablándome como si estuvieras convencido de que de algún modo tus palabras llegan hasta mí? Vale, lo que tú digas, pero es que da la casualidad de que precisamente hoy, catorce de abril, se cumplen dos años del día de tu muerte… Por eso te decía antes que si lo de la fecha lo habías hecho a propósito. En todo caso, el aniversario de la Segunda República me parece un día perfecto para traerte el libro. Sí, sí, lo he terminado.

Aquí tienes tu novela, Gal: Brooklyn. La dejaré aquí contigo, en la hornacina que mandó hacer Frank por encargo de Louise. Para que te haga compañía, como cuentan que hacían los egipcios.

Perdona lo trillado de la ocurrencia, pero cuando la vi de lejos, al entrar, sola, haciendo frente a todas las demás, tu lápida me hizo pensar en una página en blanco. Es la única que no tiene una cruz y el caso es que me gusta mucho así, sin epitafio, sólo con tus iniciales y las dos fechas, como si fuera una marca de agua en una hoja de papel: G A 1937-1992

Estaba cantado que tenías que acabar como los personajes de tu libro. Ahora que he conseguido terminarlo, no tengo ni la más remota idea de lo que voy a hacer con mi vida. Me doy cuenta de que es hora de cambiar de aires. Me pasa un poco como a ti, que no me encuentro a gusto en ningún sitio. Sin saber muy bien por qué, llega un día en que se apodera de mí esta sensación de agobio y la única manera de atajarlo es escapar.

De momento sigo en Brooklyn, en tu estudio, pero esto no puede durar. Aunque quién sabe. Para la gente como nosotros, de repente llega un día en que no es posible seguir huyendo.

A Louise Lamarque le pasó algo parecido con su casa de Chelsea. Allí está desde hace más de veinte años, hablando con sus muertos, como te gustaba hacer a ti, aunque a ella la salva la pintura, que es lo que debiera haberte ocurrido a ti con Brooklyn. Por cierto, que aparte de Frank, ella es la única persona que ha visto la novela terminada. Tres lectores, no está mal. Nunca lo habíamos hablado, pero estoy seguro de que a ti te habría gustado.

Louise. Te debo mi amistad con ella. Fue tu ausencia lo que nos vinculó con tanta fuerza. Nos conocimos el día de tu entierro. Me habías hablado tanto de ella que cuando la tuve delante de mí me dio un escalofrío. Era exactamente tal y como me la había imaginado: una mujer de edad, alta, elegante, misteriosa. Aquel día llevaba un traje negro, muy sencillo, y la cara oculta tras un velo. Así que usted es Néstor, dijo cuando Frank nos presentó, dándome la mano y se descubrió.

Tenía el rostro acuchillado de arrugas y la mirada dura. En aquella ocasión apenas pudimos hablar. Ella había llegado a la funeraria con muchísimo retraso y Frank estaba impaciente porque las limousines tenían que haber salido ya hacia Fenners Point. Luego tendréis tiempo, dijo, y la acompañó a la capilla ardiente para que pudiera estar un momento a solas contigo antes de que sellaran tu ataúd.

Hacía un día perfecto de luz y de calor y soplaba una ligera brisa.

Cuando terminó la ceremonia, al salir del cementerio, me pidió que me sentara a su lado durante el trayecto de vuelta. Estábamos los dos solos en el espacio enorme de la limousine. Delante, separados de nosotros por una mampara de cristal ahumado, iban Frank Otero y Víctor Báez. Primero estuvimos un rato muy largo sin hablar. Los acantilados quedaban a la izquierda de la carretera y la mirada se nos iba involuntariamente en dirección al mar. De vez en cuando los árboles ocultaban la vista del océano. Cuando por fin el camino se apartó de la costa, Louise miró hacia el frente y sin levantar el velo dijo en voz muy baja: No es que me haya cogido de sorpresa, todos sabíamos que iba a pasar en cualquier momento, pero yo ya no tengo fuerzas. Soy demasiado vieja para encajar golpes así.

¿Cuántos muertos tienes tú?

No estaba seguro de lo que quería decir y no contesté.

En mi caso han sido tres, continuó. No es que sean muchos, pero no es cuestión de número. Es lo difícil que resulta soportar el peso de su ausencia a medida que va pasando el tiempo. A mi madre no la cuento, murió cuando yo tenía apenas unos meses, y no conservo ningún recuerdo de ella. La primera muerte que me hizo daño de verdad fue la de mi padre, cuando yo tenía catorce años. Estuve a punto de enloquecer. ¿Tus padres viven?

Contesté que sí y ella asintió.

Al principio no entendí qué había pasado. Me negaba a la evidencia. No aceptaba que mi padre me hubiera abandonado. Cuando al cabo de mucho tiempo logré hacerme a la idea, algo cambió en mí. ¿Cómo explicarlo? Llevaba más de un año sufriendo y de repente, sin que yo me diera cuenta, el dolor se había transformado en otra cosa. Rabia, furia, no sé bien qué… si no era odio se le parecía mucho. Quería hacerle pagar por haberse ido de mi lado.

Entonces alzó la redecilla y por segunda vez pude observar su rostro. Tenía los ojos de un color azul claro, extrañamente frío. Sacó del bolso una cajetilla de Camel y la alargó hacia mí.

¿Fumas?

Le dije que no, pero ella no movió la mano de donde la tenía.

Tardé unos segundos en reaccionar. Cogí el paquete.

Dentro encontré un mechero de plástico. Saqué un cigarrillo, se lo ofrecí y le di fuego. Louise bajó un poco el cristal de la ventanilla y lanzando una bocanada de humo hacia el exterior me preguntó, con voz casi inaudible:

¿Estoy hablando demasiado?

Con un movimiento de cabeza, le di a entender que no.

La siguiente muerte fue aún peor. No sé si Gal te habrá hablado de Marguerite. Fue mi compañera durante más de diez años…

Aunque era prácticamente imposible apurarlo más, todavía le dio una calada al cigarrillo antes de arrojarlo por la rendija de la ventanilla. La colilla se estrelló contra un muro invisible, dejando un reguero de chispas en el aire. Louise se guardó el paquete de tabaco en el bolso y bajó la redecilla del sombrero. Tenía las puntas de los dedos amarillas de nicotina.

Gal era mi mejor amigo, por no decir el único, quiero decir amigo de verdad. Nos conocíamos desde hace casi treinta años… Chasqueó la lengua, haciendo una mueca que no supe cómo interpretar. Su muerte es una señal, de eso estoy segura. Siento que se ha desequilibrado para siempre el fiel de la balanza.

Siguió un largo silencio que interrumpió Frank, descorriendo la mampara de cristal. Anunció que estábamos a punto de llegar y le preguntó a Louise si quería tomar algo con nosotros en el Oakland, a lo que contestó que quería estar sola. Otero le indicó a Víctor que la llevara a Manhattan.

Cuando nos despedimos me retuvo la mano con fuerza: Pásese algún día por mi estudio a la caída de la tarde, dijo.

Creo que tenemos mucho de que hablar. Aunque hoy no le haya dado pruebas de ello, le prometo que también sé escuchar.

Subrayó sus palabras con una carcajada seca. Era la primera vez que la oía reírse, y había algo en su manera de hacerlo que me resultaba extrañamente familiar.

Desde entonces acudo con cierta asiduidad a su caserón de Chelsea. Prácticamente siempre tiene invitados: coleccionistas, críticos de arte, músicos, poetas y sobre todo artistas jóvenes que sienten una intensa admiración por su obra. Al final,

Jacques, su ayudante, se las arregla para que se vaya todo el mundo y nos deja a solas. Me suele hablar del trabajo que ha ultimado durante el día, como hacía contigo. Tiene muchísimo talento y me cuesta creer que el mundo haya tardado tanto en reconocerlo, pero lo más asombroso es su indiferencia.

Le trae completamente sin cuidado lo que se piense de ella. Jacques dice que sigue siendo la misma de siempre. La primera vez que la fui a ver, uno de los invitados, un escultor muy joven, dijo algo en francés que no entendí muy bien, aunque sí lo suficiente como para darme cuenta de que era una alusión a su fama. Louise soltó una carcajada idéntica a la que se le escapó cuando nos despedimos a la vuelta de Fenners Point.

La risa de Louise es grave, cavernosa, de fumadora, como su voz. Aplastó la colilla contra el cenicero y repitió la frase que le había dicho el chico, que observaba su reacción desconcertado.

Entonces, de repente, Gal, entendí lo que os unía. Louise se burla de las cosas que preocupan a la mayoría de la gente, igual que solías hacer tú. Le importa un bledo que al final de su vida haya recaído sobre ella una atención que jamás había buscado. Los dos despreciabais por igual los modos del mundo. Por eso había dicho que tu muerte desequilibraba la balanza. La habías dejado sola, Gal.

Si no tiene ganas de hablar, me propone que tomemos el té en la biblioteca. Observando su rostro arrugado, viéndola encender un Camel sin filtro con la colilla de otro, he aprendido a reconocer en ella la misma fuerza interior que tenías tú. No sabría qué nombre darle, más que desprecio o indiferencia es una forma de dignidad que le sirve para defenderse no sé muy bien de qué. En ti había visto muchas veces esa misma fuerza, extraña pero positiva, cargada de una vitalidad casi violenta. Los dos necesitabais la proximidad del peligro, aunque ella es mucho menos vulnerable. Cuando Louise se siente acorralada, se encierra en sí misma; tú, sin embargo, enloquecías y no dejabas de revolverte hasta conseguir hacerte daño, cuanto más mejor.

En la biblioteca hay un retrato en el que supo captar uno de los raros momentos en que tu espíritu se encontraba en calma. Te va a parecer una asociación descabellada, pero ese retrato me recuerda una de las cosas más hermosas que has escrito: me refiero a la semblanza de Lérmontov. Una tarde, en el Oakland,me hablaste de él, y cuando confesé que no lo conocía te escandalizaste. ¿Qué no sabes quién es Lérmontov? me preguntaste, asombrado. Te parecía imposible.

El poeta ruso, dijiste, bajando la voz, y te quedaste pensando. Era uno de esos silencios tan tuyos en los que era casi visible la forma de tus pensamientos. En seguida añadiste: Murió a los 27 años, en un duelo. El zar lo había desterrado, y toda la gente de la localidad donde se había refugiado acudió al sepelio. Cuando te volví a ver, al día siguiente, habías escrito una bellísima semblanza de su vida. Me la diste, sin guardarte una copia para ti. Ahora la tiene Louise. Se la regalé la segunda vez que la fui a ver, después de que se hubo ido el resto de los invitados. Me llevó a la biblioteca, se sentó en el sillón de cuero rojo y encendió un cigarrillo. Cuando terminó de leer, dijo: Está muy bien, pero no es Lérmontov. La miré extrañado y pregunté.

¿Entonces quién? Gal, dijo, divertida, Gal, ¿quién si no? Aunque lo más seguro es que él no se diera ni cuenta. Me reí con ella.Tenía toda la razón, eras tú. Cuando me la quiso devolver le dije que se la quedara.

A medida que va pasando el tiempo estoy cada vez más convencido de que siempre habías previsto que las cosas iban a ocurrir así. No te hacía mucho caso cuando me decías que nunca serías capaz de terminar el Cuaderno de Brooklyn, como llamabas muchas veces a tu novela, pero me insististe tanto, a tu manera, sin decir nada concreto, que cuando me quise dar cuenta habíamos cerrado un trato. No me entiendas mal, haber empleado así estos dos últimos años ha sido tan importante para mí que mi existencia ha dado un vuelco. Pero también es verdad que al principio lo repentino de tu muerte me hizo sentir que había caído en una trampa. Al no estar tú, no podía echarme atrás y la carga se me hizo insoportable.

¿Terminar yo tu libro? Me sentía incapaz, pero no tenía elección. Estaba atado. Me costó resolverme a empezar y cuando por fin lo hice, me di cuenta de que había mucho adelantado. Casi a cada paso me encontraba indicaciones que me permitían ver con claridad por dónde seguir. En cierto modo era como tenerte siempre ahí, señalándome el camino. Y no eran sólo tus anotaciones. Muchas veces, de manera fortuita, recordaba retazos de conversaciones. ¿Sabes lo primero que me vino a la cabeza, antes de tocar nada, en el momento de tomar posesión del Archivo? (Frank y yo bautizamos así tu estudio, en homenaje a Ben).

Al verme rodeado de tus papeles, de pronto me acordé del día que me hablaste de la última voluntad de Kafka. Había entregado su vida a la escritura y al sentir que la muerte se le echaba encima, le pidió a su mejor amigo, Max Brod, que destruyera sus escritos.

Es una anécdota manida, añadiste, pero no por eso deja de ser impresionante. Virgilio también hizo algo parecido. Naturalmente sólo tenemos conocimiento de los casos en que los amigos desobedecieron. ¿Cuántos habrá que, por el contrario, respetaron la voluntad del muerto? ¿Cuántos kafkas y virgilios habrán desaparecido sin dejar rastro de su paso por la tierra?

La pregunta me hizo pensar en otra de tus anécdotas favoritas.Tenía la esperanza de que la hubieras escrito para poder incluirla en el Cuaderno, pero no la encontré entre tus papeles. Me refiero a la historia del poeta inglés que escribía sus composiciones en papel de arroz. ¿Te acuerdas de cuando me la contaste por primera vez? Fue casi al principio, una mañana que vine de Chicago y fui directamente del aeropuerto al Oakland. Me estaba separando de Diana y no me atrevía a pasar por casa. Todavía no nos conocíamos bien, aunque ya me habías hablado de Brooklyn, el libro que te llevaba tanto tiempo rondando en la cabeza. No recuerdo a santo de qué me hablaste de un aristócrata inglés que escribía poemas en papel de fumar, después liaba un cigarrillo y antes de encenderlo decía: Lo interesante es crearlos.

Lo leí en una entrevista con Lezama Lima, aclaraste. La anécdota, como las de la muerte de Kafka y de Virgilio, surgió más de una vez en nuestras conversaciones y siempre me llevaba a hacerme la misma pregunta: ¿Y tú por qué escribías, Gal? Un día que íbamos camino del gimnasio de Jimmy Castellano a ver un combate de Víctor, te la solté a bocajarro. Te encogiste de hombros y aceleraste el paso. Estábamos a una manzana del Luna Bowl, y Cletus, el portero, te había reconocido y te hacía señas desde lejos. Resuelto a conseguir una respuesta, te corté el paso y te espeté, apremiante: Me has oído perfectamente, Gal. ¿Por qué escribes? Torciste el gesto y esperaste a que me apartara. Te pedí perdón y jamás volví a sacar el tema, pero a ti no se te olvidó.